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Asaltos a la democracia, por Paulina Gamus 

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El 5 de julio de 2017, cuando la Asamblea Nacional de Venezuela celebraba la sesión solemne con motivo de los 206 años de la Declaración de Independencia, una turba de maleantes (Colectivos) liderada por dos periodistas afectos al chavismo, uno de ellos Oswaldo Rivero conductor del escatológico programa en VTV «Zurda Conducta» y con la complicidad de la Guardia Nacional que custodiaba la sede del parlamento, ingresó al recinto con armas de fuego y objetos contundentes. Golpearon a los diputados y despojaron a los periodistas de sus instrumentos de trabajo. Como consecuencia de tales desmanes, resultaron heridos los diputados Américo de Grazia, Armando Armas, Juan Guaidó, Luis Padilla, Nora Bracho y José Regnault. Fueron lesionados además nueve empleados de la Asamblea y algunos periodistas.

El único antecedente venezolano de este abominable suceso, fue el asalto al Congreso perpetrado el 24 de enero de 1848 por partidarios del presidente José Tadeo Monagas a quien el parlamento se proponía enjuiciar. La violencia en ese entonces cobró la vida de los parlamentarios Santos Michelena, Francisco Argote, José Antonio Salas y Juan García.

Regresemos al atentado contra la Asamblea en julio 2017, el mismo fue repudiado –aunque haya sido de la boca para afuera– por Nicolás Maduro, por el ministro Padrino López y por el Defensor del Pueblo Tarek Wililiam Saab quien prometió iniciar una investigación cuyas conclusiones permanecen en la oscuridad de los tiempos.

Hechos como los narrados parecen propios solo de países caribeños, bananeros, subdesarrollados, con democracias nunca consolidadas, tambaleantes. Parecían, porque el 6 de enero de 2022, una turba liderada por partidarios del electoralmente derrotado presidente Donald Trump, asaltó el Capitolio, sede del Congreso de los Estados Unidos de América, con el resultado trágico de cinco muertes. Este suceso ha sido quizá la herida

más profunda que ha recibido en toda su historia la que una vez fue una democracia señera en el mundo.

Lo más grave y dañino fue la evidente implicación de Trump en estos actos violentos por su empeño en desconocer el resultado electoral que dio el triunfo al candidato demócrata Joe Biden. De alli en adelante nada volvería a ser igual ni en los Estados Unidos y por lo que se ve, en ninguna parte.

Donald Trump logró envenenar para siempre la credibilidad de sus conciudadanos en la transparencia electoral. Logró además que grupos radicales fabricaran supuestas conspiraciones para imponer el comunismo en su país. Y aún más, logró extender sus maniobras infames a otros países.

Acaba de suceder en Brasil cuando seguidores del derrotado presidente Jair Bolsonaro, convencidos de que su triunfo le fue arrebatado por un fraude, invadieron armados las sedes de los tres poderes: el Congreso, el Palacio presidencial y el Tribunal Supremo. Los asaltantes destruyeron mobiliario y obras de arte, rompieron piezas de las fachadas acristaladas e inundaron el Congreso. Bolsonaro, quien curiosamente viajó a los Estados Unidos pocos días antes de estos sucesos, los condenó con sospechosa tibieza.

Lo que preocupa de esos hechos que parecen copiados uno del otro, es el apoyo que tanto Donald Trump como Jair Bolsonaro han logrado en una parte de la oposición venezolana. Cuando hablo de oposición me refiero a la gente común y corriente y no a la partidizada que ya uno no sabe si existe y si piensa.

La explicación de tal empatía es el proverbio árabe: «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Muchos creyeron que las bravuconadas de Trump contra Maduro tendrían como resultado una invasión armada del Imperio del Norte que lo sacaría de la presidencia casi a como a Manuel Noriega en Panamá. Eso no solo jamás ocurrió sino que nunca fue tan restrictivo el otorgamiento de visas a los venezolanos como en la era Trump. Sin omitir el daño que le hizo a la sociedad norteamericana al dividirla y radicalizarla, su apoyo a la venta de libre de armas ha ignorado las masacres en colegios y universidades que ha encontrado su rostro más monstruoso en un niño de 6 años de edad que disparó contra su maestra en una escuela de Virginia.

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El reciente espectáculo en la Cámara de Representantes del Congreso de los EEUU, en que un grupete de 21 miembros trumpistas obligó a repetir más de 15 veces la votación para elegir a su presidente, no termina con la accidentada elección. Ese grupete se ha erigido en el poder que manejará las decisiones legislativas y obstruirá todas las que no convengan a su Führer.

En cuanto al impresentable Jair Bolsonaro: machista, homófobo, militarista, destructor de la Amazonia y muchos etcéteras, el solo peligro de su reelección hizo que el corrupto Lula da Silva apareciera como el salvador de Brasil. Conclusión: no todos los enemigos de nuestros enemigos son dignos de nuestra amistad. Hay que saber separar la paja del trigo.

Paulina Gamus es abogada, parlamentaria de la democracia. 

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TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

 

Lo más grave y dañino fue la evidente implicación de Trump en estos actos violentos por su empeño en desconocer el resultado electoral que dio el triunfo al candidato demócrata Joe Biden. De alli en adelante nada volvería a ser igual ni en los Estados Unidos y por lo que se ve, en ninguna parte.

Donald Trump logró envenenar para siempre la credibilidad de sus conciudadanos en la transparencia electoral. Logró además que grupos radicales fabricaran supuestas conspiraciones para imponer el comunismo en su país. Y aún más, logró extender sus maniobras infames a otros países.

Acaba de suceder en Brasil cuando seguidores del derrotado presidente Jair Bolsonaro, convencidos de que su triunfo le fue arrebatado por un fraude, invadieron armados las sedes de los tres poderes: el Congreso, el Palacio presidencial y el Tribunal Supremo. Los asaltantes destruyeron mobiliario y obras de arte, rompieron piezas de las fachadas acristaladas e inundaron el Congreso. Bolsonaro, quien curiosamente viajó a los Estados Unidos pocos días antes de estos sucesos, los condenó con sospechosa tibieza.

Lo que preocupa de esos hechos que parecen copiados uno del otro, es el apoyo que tanto Donald Trump como Jair Bolsonaro han logrado en una parte de la oposición venezolana. Cuando hablo de oposición me refiero a la gente común y corriente y no a la partidizada que ya uno no sabe si existe y si piensa.

La explicación de tal empatía es el proverbio árabe: «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Muchos creyeron que las bravuconadas de Trump contra Maduro tendrían como resultado una invasión armada del Imperio del Norte que lo sacaría de la presidencia casi a como a Manuel Noriega en Panamá. Eso no solo jamás ocurrió sino que nunca fue tan restrictivo el otorgamiento de visas a los venezolanos como en la era Trump. Sin omitir el daño que le hizo a la sociedad norteamericana al dividirla y radicalizarla, su apoyo a la venta de libre de armas ha ignorado las masacres en colegios y universidades que ha encontrado su rostro más monstruoso en un niño de 6 años de edad que disparó contra su maestra en una escuela de Virginia.

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El reciente espectáculo en la Cámara de Representantes del Congreso de los EEUU, en que un grupete de 21 miembros trumpistas obligó a repetir más de 15 veces la votación para elegir a su presidente, no termina con la accidentada elección. Ese grupete se ha erigido en el poder que manejará las decisiones legislativas y obstruirá todas las que no convengan a su Führer.

En cuanto al impresentable Jair Bolsonaro: machista, homófobo, militarista, destructor de la Amazonia y muchos etcéteras, el solo peligro de su reelección hizo que el corrupto Lula da Silva apareciera como el salvador de Brasil. Conclusión: no todos los enemigos de nuestros enemigos son dignos de nuestra amistad. Hay que saber separar la paja del trigo.

Paulina Gamus es abogada, parlamentaria de la democracia. 

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