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Bailando sobre El Titanic, por Fernando Mires

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En qué se reconoce a un buen analista político? Diría, a través de tres características. La primera, en no apartarse de los hechos tal como ellos se presentan. La segunda, saber establecer conexiones entre esos hechos pero no de acuerdo a la imaginación sino al accionar y al discurso de los actores (nada de escribir para lucirse). La tercera razón, la más evidente: el uso de la objetividad, lo que no significa no tomar partido pues eso es imposible. Tomar partido no quiere decir falsificar la realidad o acomodar a los hechos a una determinada línea.

De acuerdo a las tres razones expuestas, afirmo que la politóloga rusa Tatiana Stanovaya es una excelente analista política. Cumple al menos con los tres requisitos. Además, como pocos, ha sabido descifrar los objetivos que persigue Vladimir Putin en su guerra a Ucrania. Para no perder tiempo, pasaré directamente a resumir –y a comentar – su último artículo publicado en The New York Times.

El objetivo más pequeño y alcanzable, digamos, el más inmediato para Putin, es su expansión territorial hacia el interior de Ucrania la que continuará hasta que las condiciones lo permitan, afirma Stanovaya. Ya ha logrado apoderarse de las regiones de Donetsk y Luhanks, pero sin duda seguirá avanzando. Lo hemos leído recientemente en las declaraciones de Lavrov y Medvedev. El primero anunció que la geografía es ahora diferente y Rusia continuará su expansión hacia las regiones de Jerson y Zaporiya. El segundo, en su papel de «policía malo», dijo que el Kremlin piensa borrar a Ucrania del mapa mundi. Para alcanzar sus asesinos objetivos, Putin cuenta con las debilidades del bloque occidental.

Putin sabe que ni Washington ni la UE estarán dispuestos a cruzar la línea roja de un enfrentamiento directo que, sin duda, culminaría en una guerra atómica de consecuencias imprevisibles. Así mantiene a Occidente bajo chantaje. De ahí, es nuestra opinión, el carácter genocida que ha otorgado a su guerra en Ucrania. Si Ucrania no cae bajo su dominio, no podrá alcanzar sus objetivos que, siendo más importantes para él que Ucrania, pasan por Ucrania. Se la va a jugar entonces, aunque el mundo se horrorice, por ocupar toda Ucrania. Su victoria no será tal si no obliga al gobierno de Ucrania a capitular, dice Stanovaya, y agrega: «En un nivel práctico, la capitulación significaría que Kyiv acepta las demandas rusas que podrían resumirse como la «desucranización» y la «rusificación» del país” (….) «El objetivo, en definitiva, sería privar a Ucrania del derecho a construir su propia nación. El gobierno sería reemplazado, las élites purgadas y la cooperación con Occidente, anulada».

Para dominar a toda Ucrania, Putin cree contar con el tiempo a su favor: espera, aduce Stanovaya, que la élite política ucraniana se dividirá agotada por una guerra sin salida, y probablemente Zelenski será derribado por su propio pueblo (para el efecto Putin está movilizando numerosos servicios de espionaje en Ucrania).

Y si no es así, se agrega aquí, será sacado del poder por las tropas rusas. Lo mejor para Putin sería, por supuesto, que Kyiv caiga por sí solo. Así su victoria sería militar y política a la vez.

Según Stayonava, después de la toma de Ucrania, Putin intentará su objetivo primordial: construir lo que él llama «un nuevo orden internacional». Stanovaya opina que ese objetivo fue descubierto por Putin en el curso de la guerra a Ucrania. Aquí no estamos muy seguros. No podemos olvidar que Putin fue siempre revanchista y profundamente antioccidental. Nunca ha ocultado su propósito de reconstruir el antiguo imperio zarista con medios estalinistas y con agregados putinistas, y en las invasiones anteriores perpetradas en Chechenia, Georgia, Siria, Crimea, más la anexión virtual de Bielorrusia, ha perseguido ese propósito imperial. Si además analizamos su política internacional antes de la invasión a Ucrania, no podemos obviar la enorme cantidad de dictaduras y autocracias a las que Putin ha ofrecido ayuda.

Putin, en efecto, tiene muchos aliados y un hinterland semi-islamista y antioccidental al que cree controlar tanto económica y militarmente en el Caúcaso y en Asia Central.

En lo que sí podríamos concordar con Stanovaya es que, en el curso de la guerra a Ucrania, Putin dejó de concebir el nacimiento de un nuevo orden mundial como visión utópica para convertirlo en una posibilidad visible y real. También tiene razón Stanovaya cuando destaca que Putin no piensa destruir a Occidente solo mediante la vía militar, sino también echando mano a recursos políticos. Según la autora rusa, para Putin hay, en efecto, dos occidentes: uno malo y otro bueno. En sus palabras: «El mal Occidente está representado por las élites políticas tradicionales que actualmente gobiernan los países occidentales. (…..) «El buen Occidente consiste en europeos y estadounidenses comunes que, según él, quieren tener relaciones normales con Rusia, y empresas que están ansiosas por beneficiarse de una estrecha cooperación con sus homólogos rusos».

En palabras más cortas, los aliados interoccidentales de Putin serían fundamentalmente dos: las empresas económicas dependientes del gas natural, las que de hecho son todavía sus clientes, y los gobiernos y movimientos antidemocráticos de Europa y de los EE UU, sobre todo de ultraderecha (aunque también los hay de izquierda, como Podemos de España, entre varios otros). En síntesis: Putin busca convertirse en el mesías de la desdemocratización del Occidente político. En cierto modo, para muchos ya lo es.

De modo sutil Tatiana Stanovaya intenta presentarnos los proyectos de Putin como «fantasías». Pero como el artículo también está escrito para personas inteligentes, es posible percibir de inmediato que las fantasías de Putin no son tan fantásticas. Sobre todo si se tiene en cuenta que Stanovaya dejó dos grandes potenciales aliados adicionales de Putin al margen de sus comentarios: uno es China y el otro es el mundo islámico. El primero no es por cierto un aliado muy seguro, aunque por ser una dictadura, la camarilla china empatiza más con Putin que con ese molesto Occidente cuyos políticos hablan de cosas tan improductivas como libertad, democracia y derechos humanos. El mundo islámico en cambio puede llegar a ser un aliado mucho más fiel de Putin en la construcción de su tétrico nuevo orden mundial (que, dicho de paso, entusiasma mucho a los plumarios antidemocráticos de América Latina)

No debemos olvidar que la iglesia ortodoxa rusa de la que Putin es fiel acólito, en su dogmatismo, en sus estructuras despóticas, y sobre todo en su odio sexual a Occidente, está mucho más cerca de la teología islámica que del cristianismo occidental, también vigente en Ucrania. El del monje Kirill es un cristianismo medieval que no vivió nunca una reforma, ni una ilustración, ni una democracia. Es un cristianismo inquisitorial rezagado en las ruinas de Bizancio y hoy reaparecido en las cúpulas del Kremlin. Es también el cristianismo militar e imperial de Vladimir Putin. En breve, es un cristianismo sin Cristo.

*Lea también: Vladimir Padrino López, por Alexis Alzuru

No es exageración afirmar que la democracia se encuentra amenazada a nivel mundial, tanto interna como externamente. Esa democracia que a fines del siglo XX, después de la caída de las dictaduras del sur europeo, de las del cono sur latinoaamericano, y del fin del mundo comunista, parecía emerger victoriosa, hoy se encuentra arrinconada por dos potencias mundiales, por religiones ultraconservadoras, por empresarios antipolíticos, por populismos de izquierda y de derecha. Democracia condenada por Putin, si no a desaparecer, a vivir arrinconada en solo algunos países. Puede que no sea así, pero las condiciones para que así sea, ya están dándose. Eso es lo que no nos quiso decir directamente, tal vez para no echarnos a perder el día, Tatiana Stanovaya.

Pero el día después de haber leído el artículo que aquí comento, Putin viajó a Teherán a encontrarse con sus homólogos turcos e iraníes. El tema de la reunión fue Siria. Más bien, así lo veo, fue un tema-pretexto. Mirando con detención la foto de los tres autócratas, parecíamos más bien asistir a la confirmación de un nuevo «eje histórico» formado por el rusismo religioso-imperial de Putin, el Irán fundamentalista y teocrático de Raisi y el occidente antidemocrático y semi-islámico de Erdogan, todavía con un pie en la OTAN.

Hoy, mientras termino de escribir este artículo, Italia está siendo sumida en una de sus acostumbradas crisis políticas, pero en estos momentos, muy fatal.

Si ascienden al poder las fuerzas de Meloni-Salvini-Berlusconi, Putin podría lograr en Roma lo que no logró con la derrota de Le Pen en París: el inicio del «aniquilamiento político de Europa» que según el escritor Michel Houellebecq iba a comenzar en Francia.

Houellebecq, en su última novela -para mí una de las mejores -“Aniquilamiento”, suelta un pensamiento que no tiene nada que ver con el argumento del libro (es su buena costumbre). Afirma Houellebecq que la primera guerra mundial fue un caos donde los soldados de diversas naciones se mataban en millones sin saber por qué. En cambio, dice, la segunda guerra fue librada por los aliados de un modo heroico pues ellos sabían que había que darlo todo para que no se impusiera el mal sobre la tierra, representado en la figura endemoniada de Hitler. La lectura de ese párrafo fue suficiente para dejar el libro a un lado y comenzar a pensar en esta que podría ser (¿o ya es?) la tercera guerra mundial.

¿Es esta guerra del siglo XXI heroica pero irracional? Para los ucranios –contradiciendo aquí a Habermas que nos habla de tiempos post–heroicos– no lo es. Para los demócratas de Ucrania, la que libran es una guerra plena de racionalidad: se trata nada menos que de sobrevivir como nación. Por eso mismo, además de racional, es heroica.

Siguiendo a Kant, quien escribió sendos tomos sobre la razón pura y sobre la razón práctica, habría también dos tipos de heroísmo: el heroísmo puro, que no sirve para nada (fue el de la primera guerra mundial) y el heroísmo práctico. En la vida cotidiana, heroísmo práctico es por ejemplo el de un padre que se arroja al agua a salvar la vida de su hijo que no sabe nadar, o el de un bombero que libera a una anciana de las llamas de un incendio. En la vida histórica, heroísmo práctico fue impedir que Hitler se hiciera de toda Europa. Heroísmo práctico es también para los ucranios impedir que Putin los convierta en ciudadanos rusos de segunda clase.

¿Y para el resto de Occidente? Para sus gobiernos esta guerra no es irracional, como fue la primera guerra mundial. A fin de cuentas se trata de impedir el avance de un imperio antidemocrático, y eso, desde el punto de vista democrático, nunca podrá ser irracional. Pero tampoco es (todavía) una guerra heroica. En otras palabras, hay en Occidente un deseo de democracia, pero no hay una mística democrática. Nadie quiere interrumpir su modo de vida, nadie quiere limitar un poco el uso excesivo de energía, nadie quiere perder sus vacaciones, nadie quiere pensar si hay una conexión entre determinados partidos políticos por lo que siempre han votado, con los dineros de Putin, pese a que algunas pruebas ya son más que evidentes.

Al llegar a este punto no puedo sino recordar una frase que leí hace tiempo, ya no me acuerdo dónde. Esa frase decía: “El Titanic se hundía y los pasajeros querían seguir bailando”.

Referencia: Tatiana Stanovaya – Putin cree que va ganando

Putin cree que va ganando – The New York Times (nytimes.com)

Fernando Mires es (Prof. Dr.), Historiador y Cientista Político, Escritor, con incursiones en literatura, filosofía y fútbol. Fundador de la revista POLIS,  Político, 

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