Por Thaitir Calderón

Al menos cinco fronteras deben cruzar los caminantes venezolanos que buscan llegar a suelo chileno a lo largo de una travesía inhumana que los deja sin aliento.

A 3.700 metros de altura, en la frontera norte de chile con Bolivia, los venezolanos cada vez más marginados son parte de un gigantesco grupo de personas que salió de su país buscando protección y mejor nivel de vida.

«Caminantes de ida y vuelta», un estudio exhaustivo sobre la realidad de los migrantes realizado por el Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello, y coordinado por la socióloga Ligia Bolívar, refleja cómo ha sido este éxodo en tiempos de pandemia.

Se trata de una investigación que relata como en un principio de la pandemia por el Covid-19 un grupo de los migrantes decidió regresar a Venezuela, pero meses más tarde partían de nuevo tras constatar que las condiciones en su país eran peores a todo lo que habían dejado atrás.

Bolívar explicó para 800 noticias que durante la pandemia se observaron dos movimientos. Uno menor de personas que regresaron a Venezuela al no encontrar redes de apoyo institucionales ni familiares en los países receptores y durante ese tiempo se vieron en la necesidad de volver.

«Estamos hablando (en este caso) de cuando mucho 150 mil personas, las cifras no son significativas, aunque el drama humano que pasaron si lo es por las condiciones en las que fueron recibidos, criminalizados etc.”, manifestó la socióloga.

El otro movimiento es mucho mayor y ha sido el flujo de quienes unos meses después decidieron lanzarse de nuevo a la travesía de ser caminantes.

“Ese flujo ha sido mucho mayor en la medida de que lo que estamos viendo en los recorridos que he hecho. Son grupos familiares completos y, de acuerdo a las conversaciones con otras personas que también están haciendo monitoreo de la situación, incluso acompañados de vecinos”, aseguró Bolívar.

Explicó que contra todo pronóstico se trata de familias enteras las que hoy emprenden este duro camino, pero se enfrentan a un obstáculo que crece día tras día: la militarización de las fronteras y el riesgo de ser expulsados de países hermanos que ven en la migración venezolana un problema de grandes dimensiones y que no ha tenido la respuesta adecuada.

Un hecho muy grave ocurrió hace más de dos semanas con la expulsión de 86 ciudadanos venezolanos desde Chile, a quienes se les negó el derecho de ser tratados como lo que son: refugiados. Sin embargo, no fue sino hasta este viernes 26 de febrero cuando la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, mostró su preocupación al respecto.

«La militarización de las fronteras es especialmente preocupante en el contexto del movimiento sin precedentes de venezolanos, con 5.28 millones de personas que presuntamente habrían salido de su país este año. Estas cuestiones incluyen señalamientos preocupantes de que están siendo expulsadas sin la debida evaluación de sus necesidades de protección», expresó Bachelet durante el 46° periodo de sesiones del Consejo de DDHH de la ONU.

Los migrantes sobreviven a la buena de Dios. Al menos dos de ellos han perdido la vida en el último mes, soportando bajas temperaturas, hambre y el desconsuelo de no ser bien recibidos.

Bolívar opina que las estrategias implementadas por países como Perú, Chile y Ecuador son medidas de corte represivo que no toman en cuenta las necesidades de protección internacional de los migrantes.

A la defensora de los Derechos Humanos le llama la atención que durante ya dos años que tiene el llamado Proceso de Quito, convocado para la creación de corredores humanitarios, tarjetas de identidad única y otras estrategias de protección al migrante, esto aún no se haya logrado, lo que contrasta con el rápido despliegue militar en las fronteras durante el último mes.

“En menos de un mes se pusieron rápidamente de acuerdo Chile, Perú y Ecuador y Colombia para implementar una respuesta militarizada en las fronteras en rechazo al flujo de personas provenientes de Venezuela. Esto es completamente contrario a los convenios internacionales no solamente en materia de derechos humanos sino también por supuesto en el tema de refugio porque, repito, se trata no de migrantes voluntarios sino por necesidad de protección y a personas que salen por necesidad de protección no se les pueden cerrar las puertas”, afirmó.

Con respecto a las condiciones en las que sobreviven los migrantes asegura que son de mucha precariedad y aunque algunos han llegado a caer en la mendicidad, buscan la manera de rebuscarse, vendiendo artículos que no agreguen mucho peso a su ya difícil carga, por ejemplo la venta de caramelos que les puede proporcionar recursos extra.

No obstante, siempre es complicado y en el tiempo de pandemia ha sido más duro. Antes había puestos de asistencia y apoyo a lo largo de la ruta, donde se podían hidratar, asear y descansar, pero eso ya no existe y el recorrido se ha hecho más complicado.

Los caminantes están siendo afectados por circunstancias relacionadas también con la pandemia, como por ejemplo el hecho de que es más difícil que les den una cola o un aventón, como le llaman en algunos países, porque los transportistas también tienen miedo del contagio.

Lo mismo sucede con los comerciantes y vecinos de los centros poblados donde van llegando, quienes a lo mejor antes se acercaban y les ofrecían comidas y bebidas y ahora no lo hacen con tanta frecuencia.

 

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