A altas horas de la noche, todo un pueblo reclamaba un cadáver, el de Aníbal Vásquez, un querido comerciante de 45 años. Al final, los militares que custodiaban el cuerpo cedieron y lo entregaron envuelto en plástico para que lo entierren de una forma que ya es común en Cariaco: de madrugada, y con los dolientes llorando detrás de las rejas del cementerio

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