Carvajal: La hora de la verdad, por Gregorio Salazar

Ni cirugías, ni pelucas, ni disfraces, ni siquiera el cambio de identidad. Ninguna de las conocidas artimañas de los capos del narcotráfico le valió al otrora poderoso operador militar del régimen chavista para burlar a quienes desde hacía dos años seguían su rastro. Para el general Hugo Carvajal llegó el momento de verse cara a cara con la verdad y nada más que la verdad.

Lo hará ante la Fiscalía de Nueva York para responder por una ristra de menudos cargos que le hace el Departamento del Tesoro, entre otros: narcotráfico y tráfico de armas a favor de las guerrillas de las FARC, terrorismo, violación de derechos humanos y concierto para delinquir.

Sobran las razones para creer que en manos de la justicia norteamericana Carvajal vale muchísimo más que el negociante Alex Saab, preso en Sudáfrica, por quien tan fieramente se ha batido en su defensa el régimen de Nicolás Maduro.

Desde el 4 de febrero de 1992 cuando se unió a la intentona golpista de Chávez hasta este 9 de septiembre cuando lo detiene la policía española, la vida del mayor general Hugo Carvajal ha recorrido en paralelo el auge y caída de la llamada revolución bolivariana.

Carvajal fue uno de los operadores fundamentales para la instauración del proyecto militarista de Chávez, como lo evidencian sus siete años al frente de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (2004-2011), cuando el régimen trataba de recuperarse del golpe del 11A, y reciclado luego por Maduro, quien apenas llegado a la presidencia lo colocó por diez meses en el mismo cargo entre abril del 2013 y enero del 2014.

Si se agrega que para el período legislativo 2016-2021 fue electo diputado de la AN en las filas del llamado Bloque de la Patria, bien puede afirmarse que Carvajal reunía las condiciones de eficiencia e incondicionalidad para permanecer en las entrañas del “proyecto bolivariano” por todo el tiempo que este prevaleciera. Hasta el dos mil siempre, como de manera conservadora lo acarician sus delirantes jefes.

 

 

Carvajal fue integrado a la mismísima médula del poder y en él se consolidó y ascendió al mismo tiempo que lo hacía la “revolución bolivariana”. Seguramente por sus méritos golpistas del 4-F, desde la misma arrancada Chávez lo ascendió a coronel y lo envió a la Dgcim. En el 2004 ya era General de Brigada y pasó a retiro en 2012 como mayor general y el pecho constelado de las más altas condecoraciones.

Pero la trama de la revolución y sus actores es una sola. Y finalmente Carvajal quedó identificado como pieza clave de un régimen cuyos hechos le fueron mereciendo la calificación internacional de gobierno forajido. Esa realidad alcanzó al general monaguense cuando se disponía a disfrutar de una placentera ñapa post retiro militar en el consulado de la diminuta Aruba a comienzos del 2014.

De esa fecha viene la imagen que los venezolanos conservan del otrora poderoso general Carvajal, recién rescatado in extremis de una primera detención de la citada antilla: un sujeto de franelita roja, cariacontecido, con la mirada extraviada hacia los palcos del Teresa Carreño mientras sus copartidarios lo aclamaban y vitoreaban como un auténtico prócer revolucionario.

Ya dijimos que la trama de la revolución y sus actores es, forzosamente, una y la misma cosa. Por eso cada responsabilidad puede ser individualizada, como lo viene haciendo la comunidad internacional, seguramente lo hará la Corte Penal Internacional en los casos de lesa humanidad y lo harán los tribunales que juzgarán a Carvajal a Saab y a tantos otros detenidos. Realidad que no parecen ver quienes siguen vociferando por la eternidad de un régimen al que finalmente tampoco le valdrán pelucas ni cambios cosméticos. Tienen hoy un escenario y la oportunidad de rectificar a fondo y con presteza. Allí mismito: en tierras mexicanas.

Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.

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