Abel García Roure, creador de ‘La línea invisible’, participa en un seminario de terrorismo y narrativa y trabaja en un documental sobre la primera muerta por terrorismo en el País Vasco

LUIS ALEMANY

Alguien hace una pregunta con las cortesías propias del lenguaje judicial y le contesta una voz (un varón joven, aparentemente desafiante pero con un matiz inseguro en su dicción) que dice «lo siento mucho, señoría, pero no aceptamos la autoridad de este tribunal fascista», y entonces empieza a cantar Eusko gudariak y lo que sigue es un barullo incomprensible que dura unos segundos y después todo parece serenarse pero otra voz vuelve con la canción, Eusko gudariak gara / Euskadi askatzeko,… «Somos los guerreros vascos / para liberar Euskadi, / Estamos dispuestos a dar / nuestra sangre por ella». Y vuelta con el caos.

El sonido es precario porque la grabadora había entrado clandestinamente en la sala, pero tiene la suficiente nitidez como para estremecer a cualquiera que lo escuche. Quienes hablan y cantan y piden silencio a gritos son los participantes en el Proceso de Burgos de 1970 y quien quiera escucharlo sólo tiene que buscar el podcast de la serie La línea invisible, de Movistar +. ¿La línea invisible tiene un podcast? Sí, y es para la serie como el capítulo de notas al final de un libro académico. En vez de estar dramatizado, se basa en entrevistas con supervivientes de los primeros años de ETA.

«Gorka Landaburu dice que convendría leer el libro de ETA antes de darlo por cerrado», explica Abel García Roure, creador de la idea de La línea invisible. «Y la gran zona de incertidumbre sigue siendo su origen. El terrorismo tiene que ver con la construcción de un relato. Deconstruirlo desde el principio es exigible: encontrar las connotaciones y significados, explorar en dilemas éticos, no dar nada por sabido…».

Hoy mismo, García Roure participa en Soria en un seminario del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo sobre narrativas en torno al terrorismo. ¿Cómo elegir enfoque? ¿Cómo representar los casos personales? ¿Cómo hacer juicios morales en conflictos duraderos en los que la violencia circula de una dirección a la contraria? ¿Cómo asumir visiones romantizadas como la de ETA en sus comienzos? ¿Cómo considerar la reacción de una sociedad para la que el concepto de terrorismo era nuevo? ¿Qué hacer con las personas que optaron por un bando por una razón moral y, sin saber cómo, se vieron un día en el lado malo de la violencia?

De eso, más o menos, iba La línea invisible, más que de la crónica de los hechos. «Pero el rigor con los hechos es fundamental para nosotros», dice García Roure.

Volvamos al podcast. El detalle de que la voz del acusado suene un poco frágil, como de crío que quiere pasar por un adulto, ¿a qué guionista se le podría haber ocurrido? A ninguno. Después de escuchar material así, la pregunta obvia es por qué gastar energía en crear una serie de ficción dramatizada cuando la realidad es tan estremecedora.

«Yo vengo del cine documental, pero no ignoro que la fición tiene ventajas evidentes. Permite sintetizar muy bien problemas y perspectivas complejas», explica García Roure. «Cuando contratamos la serie, la condición que tuvimos muy clara es que la narración tenía que ser muy sobria, que no podíamos llenarla de los elementos propios de un género». Nada de tramas amorosas, ni de trucos melodramáticos que enganchen a los espectadores.

«El otro motivo para hacer una ficción es que existe muy poco material audiovisual para sostener un documental», explica García Roure. Por faltar, no sólo faltan filmaciones y fotografías sino que ni siquiera existe un libro que sea una historia más o menos de referencia para contar el principio de ETA. «Hay visiones parciales, sobre todo escritas desde el nacionalismo; no diría que sean sesgadas pero sí que son de parte. Está el libro de Gregorio Morán, Españoles que dejaron de serlo (Planeta), que habla de esos años entre otra mucha información… Y hay material deshilachado por aquí y por allí».

De modo que no extraña que existan historias aún inciertas en las que indagar, como la de Begoña Urroz, la niña de un año y medio que murió el 27 de junio de 1960 por una maleta bomba fabricada con ácido sulfúrico, mezcla de clorato de potasio y azúcar que explotó en la consigna de la estación de Amara, en San Sebastián. ¿Fue la primera muerte del terrorismo nacionalista vasco? ¿O debe ser apuntada al DRIL, Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación?

Después de la primera temporada, quizá no la última, de La línea invisible, García Roure trabaja en un documental sobre la muerte de Begoña Urroz, un trabajo del que sólo explica que tiene un planteamiento «detectivesco».

Mientras llega ese trabajo, el cineasta da na pista sobre otra serie que, desde la dicción, aborda con buen ojo el terrorismo: Califato.

EL MUNDO DE ESPAÑA

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