Veo el contenido de una bolsa de mercado que mi hija acaba de dejar en la cocina y, de improviso, me quedo detenido ante él como  frente a un prodigio. Es, sin embargo, lo más elemental de los productos del campo que deberían encontrarse en cualquier hogar venezolano: frescos trozos de auyama, ocumo, apio, ñame, yuca, pero también hay brócolis, hortalizas y un manojo de fragante cilantro.

Pensaba en los esfuerzos, las inmensas dificultades que han debido superar quienes las sembraron, la cultivaron y las cosecharon y los escollos que debieron sortear para hacerlas llegar, desde remotos lugares de la geografía nacional, a la mesa de una familia venezolana: escasez de insumos, vías deplorables, escasez de gasolina y matraca uniformada e inclemente.

Siempre será admirable, en cualquier tiempo y lugar, la labor de quienes se dedican desde el agro u otro ramo a proveer de alimentos a los habitantes de las ciudades, pero cuando esto se hace en un país en escombros y quienes lo dominan están empeñados en arrasar todo brote de vida o retoño existencial, la actividad productiva toma dimensiones de auténtica proeza.

No faltará algún insensato quien, en nombre de la cúpula que aún no renuncia a sus pretensiones de perpetuación, diga que todo cuanto llega a los hogares venezolanas es gracias a sus clamorosas, espectaculares victorias sobre sus adversarios, etiquetados y estigmatizados una y otra vez como los grandes enemigos del bien común, de toda posibilidad de futuro de bienestar para los venezolanos.

 

 

Sabemos de sobra que no es así, quien produce sobrevive a pesar de ellos. La vacua verborrea revolucionaria solo dejó una antología de peregrinos dislates que ya nadie recuerda, entre ellos, marchitados cultivos hidropónicos y los conucos balconeros con sus cosechas de fruncidos ajíes y entecos cebollines que nunca serán vistos en los banquetes de Miraflores.

Mientras tanto, y por citar un caso, ante la impasibilidad de los jerarcas del régimen, sordo a las súplicas de los productores, la plaga conocida como Diaphorina arrasaba con centenares de miles de hectáreas sembradas de naranjas que otrora fueron blasón de orgullo para estados de eficiente agroindustria como Carabobo y Yaracuy.

Ni un litro de plaguicida fueron capaces de importar los ministros rojos mientras esas plantaciones se fueron secando o tuvieron que ser incineradas para tratar de evitar la expansión. La producción de cítricos está en casi cero.

Aguas abajo, en la producción de jugos —sin azúcar o sustituida por químicos— no hay ni polietileno para los envases ni repuestos ni combustible para los tractores o los camiones del transporte. 21 años después vemos a los capitostes expropiadores de siempre acudiendo a los organismos empresariales diciendo que quieren colocar el interés de la economía y la gente sobre lo político.

Pero, no queremos quedarnos en esta rutinaria enunciación de males, que todos conocemos y padecemos a diario. Lo que el pueblo venezolano está demandando, cada vez con mayor convencimiento y angustia, es la necesidad de un mínimo de acuerdos que garanticen las mínimas condiciones de vida y eviten la inviabilidad de Venezuela por un período de tiempo inimaginable.

Si estas dos décadas de gran tragedia nacional que se abrió paso al impulso de los eventos golpistas de 1992 —y que ahora se agiganta en medio de la mortandad que deja una pandemia— no es capaz de unirnos como pueblo, ¿qué entonces lo hará? Si no hay un liderazgo que se empeñe a fondo, contra todos los escollos, en impulsar vías de negociación y acuerdos, ¿cuándo surgirá? Si algo lo reclama es el enorme costo en vidas que ya nadie se atreve ya a pronosticar en medio de este trágico y monumental derrumbe.

Gregorio Salazar es Periodista. Exsecretario general del SNTP.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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