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Comunidad warao de Bolívar denuncia violencia y extorsión de la FANB

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Cuando Cruz María Nay escuchó los disparos de la Armada Bolivariana su primera reacción fue tirarse en el suelo de la curiara en la que iban más de cinco tripulantes. Vio cómo otros compañeros se lanzaban de la embarcación para huir de las balas.

No había terminado de agacharse cuando sintió que una bala le rozó la frente. Se asustó tanto ante la idea de que le hubiese atravesado la cabeza que no sintió cuando otra bala le rozó y abrió la palma de su mano izquierda.

La muchacha de 16 años se desmayó y cuando abrió los ojos ya estaba en la orilla del río Orinoco con los compañeros indígenas que fueron a rescatarla a ella, y a los demás heridos.

Nay fue una de las cuatro víctimas del ataque de los militares la mañana del jueves 3 de febrero. Cuando los indígenas vieron que la Armada llevaba consigo las curiaras -que aseguran son de su propiedad- navegaron en otra embarcación para cortar las cabuyas con las que la Armada arrastraba los botes.

Lo lograron. Las embarcaciones se soltaron, aunque una se hundió, pero no salieron ilesos: Las balas alcanzaron a tres adolescentes de 12, 13 y 16 años, y un adulto de 24 años. Los funcionarios también dispararon al motor de la curiara que acudió a rescatar a los baleados.

“Queríamos recuperar nuestras curiaras porque se las estaban llevando. Nosotros cortamos las cabuyas y ellos comenzaron a disparar, primero al motor de la curiara, que quedó inservible”, narró la muchacha, quien todavía llora cuando relata lo sucedido.

Los indígenas informaron que dos menores de edad, una niña y un niño, están desaparecidos desde entonces. Correo del Caroní intentó contactar a sus padres para confirmar el hecho, pero no estaban presentes en la comunidad.

“Están disparando a matar”

“Es que en lo que yo vi que el guardia le sacó el seguro al arma, yo dije: ‘Nada, nos mataron aquí, están disparando a matar”, expresó Juan Carlos Valenzuela, joven de 24 años que recibió un disparo en el pie derecho.

Juan Carlos Valenzuela recibió un balazo en el pie derecho. El pescador y recolector de chatarra asegura que militares dispararon de cerca
Tres horas después llegó la ambulancia y los heridos fueron trasladados al Hospital Uyapar. El personal sanitario recibió a los baleados con las manos vacías: No había guantes, suturas, gasas, agujas, ni anestesia. La asistencia de organizaciones no gubernamentales fue clave para la atención de las víctimas del ataque.

“Yo lo dejé así porque no tenemos dinero”, dijo Nay. Relató que le hicieron la cura en la mano, pero no le agarraron puntos en la herida por falta de insumos. Espera que el vendaje y las curas sean suficientes para que la herida no se infecte y cicatrice.

La parroquia Nuestra Señora de Coromoto liderada por el padre José Gregorio Salazar logró canalizar donativos para los lesionados y se encargó de los traslados para hacer las tomografías. La Fundación Amigos de Cambalache también apoyó con insumos. Los afectados no se sienten respaldados por la concejalía indígena.

Greniel Acosta, niño de 12 años, recibió un balazo en el costado derecho. Lo operaron el lunes, y este martes en la tarde le dieron de alta, confirmó el párroco. A Darilina Jiménez, de 13 años, le dispararon en la pierna izquierda, y otra bala -o la misma- le rozó la pierna derecha. Tumbada en la hamaca comenta que el tiro no iba dirigido a ella, sino al motor de la curiara.

Sigue leyendo en Correo del Caroní.

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