La función de un analista político es difícil. Antes de analizar un evento ya han surgido otros, de similar o mayor relieve. Los acontecimientos se resisten a su fijación y se bifurcan incesantemente de un día para otro.

La realidad política es cambiante e inestable. Las versiones son múltiples y se van diseminando a la velocidad de la mejor banda ancha, en recuentos que suelen desfigurar el hecho inicial, como en esas novelas donde cada testigo tiene un relato distinto sobre el mismo crimen.

La política, parafraseando la aspiración del poeta Lautréamont, se va convirtiendo en una ficción hecha por todos.

Los actores principales siguen su guion sin importarles su aislamiento social en una burbuja de lucha por el poder.

El país presiente lo que va a ocurrir, pero nadie atiende sus advertencias, como cuando de muchachos, en la escena del filme donde el sheriff abre cuidadosamente la puerta, todos gritábamos: ¡cuidado, detrás de ti, te va a disparar! Una algarabía redundante en uno y otro matiné.

Si uno hace una captación simple, toma más confiable que posteriores elaboraciones del actual cuadro político, podría indicar que:

1) Nuestro país continúa disolviéndose y perdiendo siglo XXI.

2) El poder autocrático se afianza, no por fuerte sino porque no encuentra suficiente resistencia para no hacerlo.

3) En la oposición, la guerra civil de las descalificaciones sustituye a la batalla por las ideas.

4) Las élites alejan a los ciudadanos, que ocupados en bregarse su subsistencia, terminan por refugiarse en el desencanto con los políticos y la indiferencia respecto al destino del país.

En conclusión, un gobierno altamente destructor de la democracia y el mercado, sigue incrustando su modelo contra la sociedad y las reacciones de toda la fragmentada oposición patina en los mismos errores.

La epidemia de extravío del sentido común nos lleva, sin luz visible en el túnel, a un Maduro de larga duración.

¿Podremos comenzar a cambiar la dirección de nuestra tragedia?

El viraje inevitable exige responsabilidad con los errores y desmenuzar sus causas. Examinar lo que estuvo bien hecho y sistematizar las pautas de acierto. Apuntamos unas incompletas sugerencias para fortalecer esas pautas y regresar a la lógica espontánea del sentido común:

  1. Polarizar positivamente al país y reducir la polarización tóxica, (Maryhen Jiménez dixit), en la oposición.
  2. Parar el ataque indiscriminado a la reputación de los dirigentes y partidos democráticos, evaluar apropiadamente sus desempeños. El blanco es la recuperación de la democracia, no la destrucción de sus defensores y promotores.
  3. Detener en nuestra prédica la destrucción de la cultura democrática a través de la artificial disociación del voto (se vota, pero no se elige); el traslado de la fuente de legitimidad electoral de los votantes al convocante o su falta de eficacia por anulaciones posteriores del poder como lo hace con una huelga o una manifestación.
  4. Defender los valores de la democracia practicándola en todas las instancias, eventos y oportunidades. Prefigurar la democracia antes de salir del autoritarismo.
  5. Procurar la unidad de la oposición y la unificación de los venezolanos. Generar condiciones unitarias es dialogar, respetar la disidencia, construir acuerdos.
  6. El primer paso hacia la democracia es luchar por rescatar el valor del voto votando.

Simón García es analista político. Cofundador del MAS.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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