No es de extrañar que Maduro, como presidente, concentre un rechazo muy alto, según Datanálisis. Es el castigo pasivo por su responsabilidad en la crisis que destruye al país. El costo a su lealtad fanática a un modelo cuyo éxito depende de extinguir la democracia y la economía “burguesas”. La pequeña venganza del que no puede ir al mercado o no tiene gas para cocinar.

Pero, que el principal dirigente de la oposición sea objeto de una desaprobación similar, no es un mensaje arrojado al mar en una botella. Nos debe preocupar a todos, porque significa que no hay una figura democrática alternativa y, en consecuencia, hay que pensar por qué no y cómo tenerla.

Voces de la oposición —donde la verdad parece condenada a construirse dificultosamente— sugieren que, en vez de cambiar al líder, se cambie aquella política opositora que se está derritiendo a los ojos de todos. Pero la mayoría del liderazgo actúa al revés: debilitar al líder y moverse, sin asumirlo, hacia un viraje político.

Esa supuesta protección a Guaidó, mientras se ejecuta sin debate una vuelta de espalda a la línea insurreccional, es la peor manera de reducir el desmoronamiento reputacional de todos.

Altos dirigentes del G4, con una inteligencia instintiva y conservadora, no quieren reconocer errores para evadir responsabilidades. Desvían indiscriminadamente sus ataques hacia quienes optan por volver al voto. Denuncian a un pequeño sector —que no es toda «la mesita»— que llama a votar sin diferenciarse del régimen. Se niegan a dar pasos claros para que la participación electoral no se confunda con una concesión al poder.

Prefieren seguir criminalizando a la oposición que retorna al voto y sustituir la batalla de las ideas por la guerra civil de las descalificaciones.

La solicitud hecha públicamente a Guaidó para que encabece el proceso para llevar al terreno electoral el propósito de transitar, progresivamente, del autoritarismo a la democracia, es tiroteado desde dos lados. El que exige cumplir con la formalidad ritual de hacerle primero un reclamo a Maduro, al margen de su eficacia. Y el que grita por la ingenuidad de darle oxígeno a un líder cuyos errores lo inhabilitan, según ellos, para rectificar.

Son actitudes que bloquean la posibilidad de establecer un consenso mínimo de la oposición en torno a una política transicional viable. Cierran el camino para darle piso real y referencia social a la crisis de la oposición y las vulnerabilidades/limitaciones de la misma democracia.

Para creer de nuevo en una democracia inexistente hay que pasar por la experiencia concreta de ir a las elecciones de gobernadores y alcaldes, construyendo una nueva relación entre partidos y sociedad civil. Generando espacios para combinar una política cívica de defensa del derecho a la vida con una política partidista para contender por un poder que reconstruya a Venezuela y unifique a los venezolanos.

El descredito de la democracia no puede provenir de los demócratas.

No es cierto que mientras más crisis y calamidades sufra una sociedad, más aumentará la fuerza de la oposición. Tampoco que seguir jugando con falsas expectativas, nos permitirá dejar atrás el ciclo autoritario.

Creer en la democracia es oír a los ciudadanos. Y empeñados en anularnos entre nosotros mismos, hace rato que no lo estamos haciendo.

Simón García es analista político. Cofundador del MAS.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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