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¿Cuál es la ganancia, señor Putin?, por Gregorio Salazar

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Van dos meses desde la bárbara invasión de Rusia a Ucrania y desde entonces el mundo está cambiando a una velocidad y en unas dimensiones que no sospechábamos ni habíamos presenciado tan de cerca y crudamente la gran mayoría de quienes hoy habitamos el planeta.

Para colmo, tampoco veníamos de un período de relativa quietud. Dos años de estragos de una pandemia con sus más de seis millones de víctimas fatales rodeó nuestra cotidianidad con la proximidad de la muerte; se multiplicaron las más dolorosas despedidas y el impacto económico trajo nuevos y hondos retrocesos en las condiciones de vida de la gente.

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Siempre podrá establecerse cualquier parangón de crueldad con las guerras o las invasiones a las que se lanzaron en el período de postguerra de la segunda mitad del siglo XX las grandes potencias de Occidente. Y eso a algunos les basta para encontrar atenuantes y/o una justificación definitiva al genocidio de Putin en Ucrania.

Es más que evidente que no estamos frente al intento de derrocamiento de un gobierno o de lograr su neutralidad regional. Tampoco de una acción defensiva contra una amenaza esclavista ni destinada a una neutralización militar, y mucho menos a una gesta libertadora encabezada por un nuevo adalid de la paz llamado Vladimir Putin.

Putin, zar de la ignominia, no acepta la existencia de Ucrania como país libre, soberano, independiente. «No es un país genuino», ha dicho. Si no lo puede someter, sojuzgarlo o anexarlo a su nuevo imperio lo reducirá a cenizas, demolerá con un diluvio de fuego misilístico su planta física, su infraestructura industrial y sus zonas residenciales. Lo dejará sin mar y sin campos cultivables.

Que quien allí quede aferrado al suelo patrio no tenga techo donde vivir, ni en qué trabajar ni qué comer, ni futuro en cual soñar. Que  las familias ucranianas deambulen entre chatarra militar desventrada y oxidada y por sobre las cavernas abiertas por el impacto de los obuses.

Quien pretenda entrometerse, bien porque quiera seguir los pasos de Ucrania para unirse a la Unión Europea y a la OTAN, o ya porque apoye militarmente a la nación invadida o pretenda desestabilizar la economía rusa «tiene que entender las consecuencias». Las espantosas consecuencias.

Putin ha hecho de las amenazas desembozadas y la exhibición de su poderío militar —misiles intercontinentales incluidos— el eje de la estrategia el Estado y se muestra dispuesto a todo. Su gran chantaje al orbe. Difícilmente le bastará para que la economía de su país, el 2% apenas de la global, resista el aislamiento por el que marchará, cada vez más dependiente de China.

El contexto económico ofrece una clave para entender la visión geopolítica de Putin, el mundo en que vive. Para la Europa acostumbrada al suministro seguro del petróleo, gas y carbón ruso, por una parte, y colocando empresas, préstamos y empleos en territorio moscovita, esa interdependencia suponía la mejor garantía de relaciones amistosas, pacíficas y perdurables. Que fueran bienes y servicios los que cruzaran las fronteras en ambos sentidos y no soldadescas invasoras.

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Para Putin, por el contrario, esa interdependencia debía operar tras la invasión como la consideración paralizante o inhibidora de sanciones cuando Europa hiciera el inventario del impacto de la pérdida del suministro energético, la escasez de granos o fertilizantes, el cierre de sus empresas en Moscú y las consecuencias de una inflación que ya había tomado vuelo al impulso de la pandemia.

Los analistas internacionales hablaron desde el comienzo de la guerra del surgimiento de un nuevo mundo, con bloques distintos de poder y del funcionamiento de la economía global, esa de donde se busca execrar a Rusia, al menos mientras la lidere Putin. Hundimiento económico, retroceso social,  aislamiento diplomático y la reunificación de quienes declaró sus enemigos, ahora rearmados y en alerta ante sus planes expansionistas. Siendo ese el balance, ¿cuál es la ganancia, señor Putin?

Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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