El oficio de la política es el arte de lo posible, como señala el manido adagio. Aunque somos un animal simbólico, porque construimos nuestra percepción del mundo a partir del intercambio de códigos simbólicos, la acción política fatalmente desemboca de bruces con el principio de realidad. En la medida que te despegas de dicho principio, empiezas a cabalgar sobre la fantasía y el dislate.

A pesar de que durante los últimos años se ha hecho hincapié, y con razón, en la necesidad de construir un relato, de desarrollar una narrativa que inspire y movilice, la acción política no puede prescindir por mucho tiempo del contacto con el ser humano concreto, lejano a las abstracciones filosóficas, con su carne, sus necesidades materiales y espirituales, y con las condiciones en que se desarrolla su vida. Esta es una idea clave para comprender la cartografía que abrió a partir del 5 de enero.

Dos narrativas de poder coexisten, como expresión del más reciente episodio de una disputa por la legitimidad iniciada en 2017.

El régimen autoritario impuso, con unas elecciones manipuladas, una Asamblea Nacional donde tiene mayoría absoluta. Un Parlamento donde el psiquiatra Jorge Rodríguez, experto en explotar discursivamente los miedos de sus adversarios, mostró la dirección en la que el régimen pretende moverse. Es probable que veamos un recrudecimiento de la persecución contra la oposición política que ha sido desplazada del control parlamentario. Maduro y Rodríguez desplegarán sus recursos para desaparecer todo rastro del sector que lideró a la oposición desde 2006.

Del otro lado, las fuerzas opositoras parecen debilitadas, desplazadas y descoordinadas, habiendo perdido claridad estratégica. La decisión de declarar la continuidad de la Asamblea Nacional electa en 2015, a través de la Comisión Delegada, reformando el Estatuto de Transición, y prorrogando la Presidencia interina de Juan Guaidó, ha generado disensos internos. El voto salvado de AD y la separación de varios diputados de esta decisión, evidencian la existencia de un mar de fondo relacionado con el aislamiento progresivo de las élites políticas.

La gran diferencia es que el régimen autoritario de Maduro cuenta con el poder fáctico, el apoyo de la Fuerza Armada, el control de los instrumentos del Estado, de sus aparatos de represión y del aparato administrativo. Esta diferencia es trascendental, porque permite hacer el gran diagnóstico: el autoritarismo se ha consolidado y Nicolás Maduro, como un sobreviviente de la política, ha fortalecido su posición, sobre todo dentro del movimiento chavista.

Bajo esta disputa entre las élites políticas se encuentra la sociedad venezolana, dividida entre los cinco millones que se han regado por el mundo entero y los otros veinticinco millones que viven sometidos a una emergencia humanitaria continuada, a un retroceso en los servicios públicos y con la progresiva desaparición de los signos de modernidad que caracterizaron nuestro siglo XX.

 

ciedad venezolana no es homogénea. A lo largo de estas dos décadas de confrontación política y de destrucción institucional se han modificado las redes que le otorgan dinamismo. La conflictividad social que reaparece, una y otra vez, revela la existencia de un repertorio de prácticas de lucha, locales, regionales y nacionales, que se activan alrededor de temas como la inseguridad, el agua, las medicinas, la búsqueda de combustible, y una multitud de temas que reflejan la incapacidad del gobierno chavista para presentar una mínima gestión pública.

Acá toca revertir el aislamiento del sector superior de las élites políticas. Las encuestas señalan que existe una viva vocación de lucha en los venezolanos, una disposición para la movilización.

Pero la conexión imprescindible entre dirigencia y sociedad está debilitada. ¿Quién construye esa conexión? ¿A través de qué mecanismos se fortalece? ¿En qué ocasiones se densifican estos vínculos?

De nuestra historia podemos extraer importantes aprendizajes. El pueblo venezolano, al momento de morir Juan Vicente Gómez, se encontraba mayoritariamente sometido a condiciones de vida miserables. Enorme era la separación entre las élites políticas y los campesinos, obreros y empleados que conformaban la sociedad venezolana.

Desde 1936 empezó a desplegarse un mensaje y, alrededor de ese mensaje, se fue constituyendo una inmensa red de organizaciones sociales y políticas, sindicatos, partidos políticos, una Federación Campesina, asociaciones de empleados, colegios profesionales.

Mensaje y organización. Se fue nacionalizando la idea de democracia, la lucha por el voto universal, directo y secreto, que completaría la construcción de la república, que debía ser democrática. Las elecciones presidenciales de 1941 fueron ocasión estelar para fortalecer y densificar esta red. La candidatura simbólica de Rómulo Gallegos no fue concebida para ganar, sino para colocar un mensaje en cada rincón y dejar un legado organizativo presto a activarse.

La destrucción del valor transformacional del voto popular es la consecuencia más nociva del dominio chavista del poder. El retorno a la ruta democratizadora de Venezuela pasa por su recuperación.

Los procesos electorales, incluso en condiciones injustas, son ocasión para articular la agenda social, presente en lo local, con un mensaje democrático que tenga expresiones concretas en el liderazgo y que fortalezca consigo la organización de la sociedad.

Por su propia historia, el chavismo no puede prescindir del hecho electoral, única fuente de legitimidad aceptada, tanto por sus bases, como por los actores esenciales en su sostenimiento fáctico: los militares.

Inevitablemente la coyuntura electoral de las regionales se presentará, el régimen hará lo posible por evitar la participación de una alternativa competitiva que pueda retarlo.

Maduro sigue necesitando algún tipo de normalización de su relación con la comunidad internacional que hoy le es adversa, lo que abre la posibilidad de intercambiar algunas sanciones por una apertura y una liberalización de la vida política y social, que puede expresarse en condiciones medianamente competitivas para las elecciones regionales.

La construcción de un movimiento social y político democratizador de Venezuela, que sea transversal y popular, implicaría nuevamente vincular las necesidades y exigencias de la sociedad, partiendo de lo local, con un mensaje democrático inclusivo distinto, que fortalezca organizativamente la capacidad de los venezolanos de luchar por su democracia.

Hoy no están dadas las condiciones, pero estas se construyen a través de una acción colectiva coordinada que obligue al poder a abrirse. Este puede ser el inicio de un nuevo ciclo político en Venezuela, que deje atrás esta oscura coyuntura.

Ysrrael Camero es Historiador-UCV. Máster en Sociedades Históricas y Formas políticas en Europa, en la Universitat Rovira i Virgili.

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