El experimento Guaidó pareciera ser la última carta de una oposición errática y bastante desconectada de la realidad. La soberbia, el sectarismo, el radicalismo exacerbado, el apego desmedido a los dictámenes internacionales e intervencionistas y, sobre todo, la distorsionada visión que han impuesto a troche y moche durante los últimos años, los ha enterrado en un foso oscuro, sin aparentes posibilidades de salida.

Y para variar, una nueva situación entra en escena, esta vez en la voz de Julio Borges, a propósito del destino de los fondos administrados por Guaidó, exigiendo, palabras más palabras menos, cuentas claras. Esta situación, pone en evidencia una vez más, la doble moral de este tipo de dirigentes y el fracaso rotundo de un estilo y una manera de hacer política que reproduce, tal cual, los vicios de la vieja política, sumergida siempre en el pantano de la corrupción. Más de lo mismo, pues.

Rectificar es de sabios, decían con insistencia nuestros abuelos y, más temprano que tarde, los esfuerzos de esa tendencia en picada de la oposición venezolana deben encaminarse en esa dirección, so pena de extinción.

Mientras tanto, se abren claras posibilidades para iniciar un proceso de posicionamiento de una política opositora distinta, sustentada en el pluralismo democrático, en el pensamiento convergente, en el disenso constructivo. El diseño de una estrategia que facilite en diálogo, el entendimiento y la unidad entre diferentes actores políticos intelectuales, culturales, educativos, gremiales y comunitarios resulta impostergable en los actuales momentos.

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Se trata, en efecto, de volver a la política, de volver al juego democrático de volver al voto, como lo vienen expresando hace cierto tiempo algunos factores políticos modo moderado y, en la actualidad, intelectuales, escritores, académicos por vía de un documento de reciente circulación: “Volver al voto”. Pertinente, por demás, como aporte para la construcción de un relato con autonomía de vuelo, perfil propio y como un paso de avance en el deslinde con las posiciones ultra radicales y fuera de foco que se instalaron en la mentalidad de muchos en el país.

Hay que volver, entonces, al centro y a la esencia de la dinámica política, pero con la adopción de nuevas miradas y narrativas, nuevos referentes de análisis y contenidos discursivos, nuevas metodologías de relacionamiento y de vinculación social.

En otras palabras: hay que elevar y dignificar el estatus de la política y hacer de ella una práctica y un oficio noble y de profunda trascendencia social.

Hace falta, para ello, dirigentes a la altura de los retos y las circunstancias. Gente íntegra y honesta, capaz de encarnar un liderazgo reflexivo, empático y transformacional, más pedagógico que teórico y en comunión directa y dialógica con la gran mayoría de venezolanos arruinados, empobrecidos más que nunca, sobre todo, sin ningún tipo de protección social, echados al abandono por el combo maléfico Estado-Gobierno, pero con la esperanza y el sentimiento de cambio a flor de piel.

De eso se trata, pues, de recuperar el tejido político y social, más allá del inmediatismo y de los fines estrictamente electoreros. y así avanzar en la construcción de una alternativa política con visión estratégica, para desplazar a quienes han convertido el país en una en una chatarra oxidada y descolorida a la vista de todos.

Un gran reto por delante para reinventar y dignificar la política. Ojalá, entonces, que esta oportunidad sea aprovechada al máximo y se convierta en un punto de partida favorable, en una victoria temprana de las diversas fuerzas y voluntades partidistas y no partidistas, llamadas a construir y consolidar un espacio de lucha y resistencia, con miras a la reconstrucción ética y moral de la nación.

Nelson Oyarzábal es Antropólogo. Posgrado en Comunicación y Educación UCV Gerente y consultor de programas sociales y culturales- Profesor Universitario.

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