Las situaciones en las que se plantea el divorcio como alternativa plausible, pueden analizarse según las cuatro combinaciones que existen entre los pares antagónicos “conveniente-inconveniente”, “evitable-inevitable”. Si visualizamos estos pares en filas y columnas, podemos identificar el cuadrante “conveniente-evitable” en el que la pareja o uno de ellos, es infeliz en la relación pero, por razones económicas, presión social, dependencia psicológica, etc., no pueden romper el vínculo.

Por su parte, el cuadrante “inconveniente-evitable” agrupa a las uniones bien avenidas que enfrentan dificultades transitorias que pueden superarse con relativa facilidad.

Los casos “inconveniente-inevitable” (frecuentes en las telenovelas, inhabituales en la vida real) se refieren a circunstancias cuyo paradigma es el de la pareja que se ama tiernamente y se complementa a la perfección, pero que bajo el embate de un destino cruel, o de aviesas manipulaciones de villanos desalmados, se ven compelidos al injusto castigo de la separación.

Finalmente tenemos las situaciones “conveniente-inevitable” en las que contumaces desencuentros por “incompatibilidad de caracteres”, encuentran lógico y fatal desenlace en la ruptura. Esta semana, con el llamado de Capriles a la participación electoral, se concretó un divorcio bajo estas características.

Se produjo el saludable deslinde entre la oposición democrática, constitucional y electoral; y la oposición que apuesta impenitentemente a tirar la parada, que confunde excitación estéril con pasión perseverante y que vive en el mundo onírico del irracionalismo heroico.

Los divorcios suelen ser traumáticos. En estos momentos la oposición está impactada por la onda expansiva del cisma de credos que llegaron a un punto de imposible coexistencia. El vacío, el desconcierto, la tristeza y la frustración que la separación deja tras de sí, encuentra alivio perverso en la descalificación y el señalamiento de culpas. Cada quien pretende atraer simpatías asumiendo el rol de víctima: soy el guardián de la fe verdadera, el traidor, el apóstata despreciable, es el otro.

Afortunadamente sabemos que con el paso del tiempo las pasiones encuentran sosiego, regresa la calma y con ella la sindéresis (de la entropía a la homeostasis, diríamos desde la perspectiva sistémica). Si no hay daños psicológicos graves, las parejas rotas terminan encontrando modos de entendimiento; algunas incluso reinciden.

A pesar de la tediosa y agresiva reiteración de argumentos sordos sobre la pertinencia de votar o no el 6D (vaya forma de hacer catarsis), el divorcio de esta semana no es consecuencia de esa circunstancial divergencia de opiniones. Su causa, como ya hemos señalado, es más estructural y profunda.

Era necesario liberar la presión de la procesión que iba por dentro; era necesario terminar con la farsa de la unidad fingida para no quedar mal frente a esos buenos señores que nos apoyan tanto.

En fin, el divorcio fue conveniente e inevitable para recomponer a la oposición y para echar las bases de una estrategia política coherente, anclada en la realidad, que pondere sensatamente las relaciones de poder y que se proyecte con firmeza hacia un porvenir de paz, progreso y libertad.

TAL CUAL

 

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