Mientras nuestra atención deambula en temas geopolíticos mundiales, en Venezuela muere nuestra gente de hambre. Si, a escasos kilómetros de Miraflores -el centro del poder- con una pareja de abuelos se concreta el más trágico episodio de lo que veníamos alertando por meses en nuestros recorridos por las distintas latitudes de la geografía nacional: La desnutrición acaba con nuestra sociedad. 

Pese a haber recibido la mayor bonanza de toda nuestra historia, producto de la renta petrolera, el modelo socialista iniciado por Hugo Chávez y secundado por Nicolás Maduro, hoy solo representa miseria, hambre, desigualdad.

Mientras jerarcas rojos y sus testaferros son sancionados por grandes fortunas amasadas en territorios lejanos y al margen de la ley, una generación de venezolano ve comprometido su desarrollo intelectual por las terribles condiciones socioeconómicas en las que han dejado al país.

Ya lo advirtió Encovi, nos asemejamos cada vez más a países de África. Ya no se trata de un drama que afecta solo a niños de la Sierra de Perijá de Zulia, de Piacoa en Delta Amacuro o de San Fernando de Atabapo en Amazonas; lo vemos en las calles de nuestra capital: niños con serias marcas de desnutrición.

Ante este panorama desolador, lo hemos repetido anteriormente: Solo buscando espacios de diálogo y acercamientos pondremos un freno a este flagelo que no se detiene. El hambre no espera por los tiempos de la política, ni se acaba con las elecciones.

Es urgente reactivar el aparato productivo nacional, generar fuentes de empleo y aplicar serias políticas que pongan un alto a la hiperinflación que tiene a tantos venezolanos hurgando en la basura.
TAL CUAL

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