Los dirigentes de un país o quienes aspiren a serlo, no pueden mostrar un déficit de reflexión y capacidad propositiva. La racionalidad, el interés por generar bienes comunes y la búsqueda de logros compartidos es la guía que los ciudadanos exigen a los políticos para que sigan transitando por la ruta pública. Los descontroles emocionales, imperio de nociva irreflexión, dinamitan la política.

El acuerdo para el acceso al Covax debe protegerse de la tentación de cada actor por sacar ventajas. Ante una iniciativa para salvar vidas, un buen negociador debe empeñarse en lograr ese objetivo por encima de los obstáculos  que se interpongan. No puede gritar que el otro patea la mesa y asestarle el golpe que la termine de derrumbar.

En esa materia, Maduro y Guaidó están esposados a su responsabilidad. Antes de jalar cada uno hacia su lado, deberían advertir que ciertamente son jefes, pero de dos minorías. Una jugada en falso aumentará la Venezuela que no se siente parte de ninguna de ellas. Borde del abismo en el que ambos sean percibidas como igualmente nocivos para el país.

La verdad es que los dos lados —y un tercero que aún no tiene rostros— tienen que complementarse en función del país. Las acusaciones entre ellos deben ser sustituidas por propuestas mutuas para resolver las trancas. Siempre, uno podrá afirmar del otro, lo que dijo Demóstenes de Filipo en su discurso sobre la alianza entre Atenas y Olinto: «No hay ninguno de los que han tenido trato con él que no haya salido engañado».  Pero si aseguramos vacunar a seis millones de venezolanos, el triunfo será de todos.

 

 

Hay que amarrarse a la mesa y continuar buscando alternativas. Hay que avanzar sobre nuestra  propensión al desacuerdo y los estragos de un ADN loco que parece que solo escribió en su estructura el principio de contradicción de la muy extendida y poco entendida dialéctica. Hay que ejercer sensatez porque negociar un entendimiento entre venezolanos es la opción que nos queda para salir del hoyo. Así lo pide la comunidad internacional.

Ante las dificultades de las élites políticas para concertar su acuerdo, hemos presenciado un desempeño hasta ahora más fecundo de Fedecámaras con el plan de vacunación financiado por las empresas que puedan hacerlo. El vacío de los partidos es llenado por la emergencia de actores de la sociedad civil.

Afortunadamente, la cúpula empresarial distingue entre una política cívica dirigida a lograr calidad de vida en una sociedad mejor y la política partidista destinada a luchar por el cambio político y la conquista del poder. La Fedecámaras de hoy está muy lejos de confundir este compromiso de país con acciones para derrocar al gobierno.

La oposición debe comprende que el modelo económico y la concepción de la democracia que aplicó el Pacto de Puntofijo ya no sirve para un país que requiere otras fórmulas para pertenecer al exigente siglo XXI.

Se necesitan nuevas preguntas y buscar respuestas desde una transición que solo será posible si hay entendimientos.

Al país le irá mejor cuando asuma que dividirse es derrotarse por partes y cuando el gobierno se convenza de que un autoritarismo pueden prolongarse por más tiempo del deseado, pero no será perpetuo.

Simón García es analista político. Cofundador del MAS.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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