Las penurias endémicas de las democracias latinoamericanas están forzando una reflexión a la que le está llegando su momento impostergable. La pregunta de fondo es: ¿cuáles son los factores que precipitan las crisis cíclicas de colapso institucional, violencia y enfrentamiento social que amenazan la existencia misma de la democracia y la posibilidad de construir espacios de crecimiento para nuestros pueblos? Las respuestas que se han asomado entre quienes nos consideramos defensores de la democracia y la libertad —hay que reconocerlo— han sido un tanto complacientes e incompletas.

Se le atribuye exclusivamente a la conspiración de los agentes internacionales del comunismo autoritario, frecuentemente en alianza con el narco-crimen organizado, una constante labor de zapa de la institucionalidad democrática. Poca duda cabe de que esta alianza juega un rol importante y que, además, hay un intento constante y focalizado por apropiarse del lenguaje de la esperanza de los pueblos, de la utopía posible, señalando la desigualdad, la pobreza, la discriminación y la exclusión como ocasionados por las élites gobernantes.

Una mirada retrospectiva al caso venezolano indica con toda claridad que, si bien es cierto que los 40 años de democracia —desde la caída de Pérez Jiménez en 1958, hasta la victoria de Hugo Chávez en 1998, la mal llamada «IV República» por el chavismo— fueron los mejores años de crecimiento económico y social de la república, no es menos cierto que en ese tiempo también se acumuló el resentimiento y la frustración de una parte importante de la población por la corrupción y el crecimiento de la exclusión social.

Es innegable que las señales rojas sobre los peligros que acechaban a la democracia estaban encendidas a la vista de todos, pero nuestro liderazgo político, social y empresarial no solamente las ignoró, sino que en una medida importante escogió abrirle una oportunidad de poder a Hugo Chávez y su proyecto de V República.

Chávez le dio vocería política, primeramente, a la frustración de la clase media y, posteriormente, al resentimiento de los excluidos. La pregunta queda en el aire de manera penetrante: ¿cuánto fue obra de los asaltantes de la democracia y cuánta responsabilidad tienen quienes estaban obligados a defenderla?

Pero la historia no termina ahí: en Argentina regresaron los peronistas con los Kirchner y sus herederos a la cabeza; en Bolivia regresó el partido de Evo Morales; en Perú todo parece indicar que triunfará Pedro Castillo, frente a una candidata que de ninguna manera representa las virtudes y valores democráticos, pero que parecía un freno frente a la amenaza de los progres. Chile está en riesgo de caer en un abismo de confrontación social; Ecuador está sujeto a vaivenes importantes. Buena parte de Centroamérica, probablemente con la excepción de Costa Rica, padece profundas fluctuaciones en el orden social y económico, y convive con el régimen autoritario de Ortega y su esposa en Nicaragua. Cuba está en manos del régimen de los Castro desde hace más de 60 años, y México se encuentra en una difícil encrucijada con la irrupción de Morena y López Obrador. Son tantos los ejemplos de esta montaña rusa de fluctuaciones en los caminos de nuestras naciones que la reflexión sobre la fragilidad de la democracia en nuestros países es ineludible.

 

 

 

Hace unos días tuve el privilegio de asistir a una extraordinaria Tertulia del Centro Político con el Dr. Edgar Jiménez como ponente, con el tema: Latinoamérica polarizada. Un análisis de la región después de las elecciones del Perú y México. Con voz serena de catedrático, el expositor destacó algunas de las razones principales por las cuales importantes sectores de nuestra gente siguen apoyando la agenda populista de reto a la democracia, que termina, con monótona frecuencia, por convertirse en práctica represiva. Entre los dos males mayores están la pobreza y la exclusión, frecuentemente caminando de la mano.

Que el chavismo y sus variantes, el Foro de Sao Pablo o el Foro de Puebla, desarrollen una operación demagógica descomunal de apropiación del lenguaje de la esperanza ya no debería sorprender a nadie. La pregunta verdadera de fondo es porqué nuestros liderazgos democráticos y la ciudadanía en su conjunto no terminan por entender que es vital desarrollar una práctica real y objetiva para corregir las causas de la pobreza y la exclusión. De otro modo, siempre estará presente el germen del apoyo al populismo autoritario, presto a vulnerar la democracia y, en la práctica, las posibilidades reales de desarrollo y bienestar de nuestros pueblos.

A la pobreza y la exclusión se le unen otros factores muy importantes: la desarticulación de la práctica política, las verdades fabricadas en las redes sociales, la ausencia de comunicación entre las generaciones que crecieron en democracia y los jóvenes que solamente han conocido su deterioro.

Otro elemento muy significativo es el control de las élites económicas, políticas y empresariales de buena parte de la riqueza de nuestras naciones, sin que exista una estrategia real de hacer crecer la economía, diversificarla y crear oportunidades para las mayorías, sin recurrir a los esquemas —también populistas pero de signo contrario— de simple redistribución del ingreso. En fin, una suma de responsabilidades que conforman la otra cara de la moneda del acoso al que las variantes del chavismo someten a nuestras democracias.

Los unos no defienden adecuadamente y los otros atacan sin misericordia en los puntos neurálgicos. Ello nos lleva a una reflexión compleja y trascendente: defendernos del chavismo y sus variantes significa no solamente reaccionar a sus agresiones, sino minar su base de seguidores, con políticas públicas avanzadas y acciones del sector privado para reducir la brecha de pobreza y desigualdad. Pensando mejor y más creativamente sobre nuestras propias naciones, usando la educación, la ciencia y la tecnología para generar oportunidades.

Pensar en estos temas coincide, quizás por accidente o por premonición, con que releo con angustia la obra maestra de Edgar Allan Poe, El pozo y el péndulo. Un condenado por la Inquisición española, sujeto a caer en un pozo infinito en el medio de un cuarto oscuro, asediado por un péndulo que gravita sobre el prisionero y desciende lentamente sobre su cuerpo. Así estamos los demócratas, aparentemente indefensos frente al asedio de los sectores autoritarios y el crimen organizado que conspiran inteligentemente para apoderarse de nuestras naciones. Un combate desigual que debemos repensar.

Al final del relato de Poe la Inquisición cae en manos de sus enemigos, las tropas francesas del general Lasalle entran a Toledo, y su mano salva al prisionero.

Trato de entender la moraleja de la historia y cómo se conecta con mis reflexiones. Pareciera que defendernos del chavismo y sus mutaciones implica mucho más que reconocer su maldad, y que la realidad nos está llevando a que es igualmente necesario reconocer las debilidades y carencias de la democracia para poder defenderla efectivamente de sus enemigos, sabiendo que ningún general Lasalle vendrá a nuestro rescate.

Vladimiro Mujica  es Doctor en Química. Profesor emérito de la UCV y actualmente en Arizona State University. Activista en ONG.

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