El país sabe que lo correcto es votar, que lo procedente es el diálogo, que esas son las herramientas y procedimientos de la paz y la democracia.

El proceso electoral que llevó a la elección de los nuevos parlamentarios el pasado 6 de diciembre de 2020 permitió constatar que en partidos que se declararon abstencionistas para las elecciones presidenciales celebradas en mayo de 2018, como lo habían hecho en elecciones anteriores, explotaron serios conflictos internos por el reclamo de sus bases a participar, dejar atrás el abstencionismo, el desconocimiento de las instituciones y postular candidatos a la Asamblea Nacional. Por ese debate se dividieron.

El país percibió como un abuso el privilegio que exigía una élite que se cree predestinada a seguir ejerciendo como diputados, aunque nadie los elija. Se presentaban como diputados perpetuos. Continúan llamándose la Asamblea Nacional legítima después de habérseles vencido el período de cinco años que la Constitución establece.

Millones de venezolanos despertaron en los últimos meses y vienen de regreso. Se han percatado de la perversidad que la abstención envolvía. Se pretendió resolver nuestras diferencias no consultando al pueblo, con el voto, sino a la brava, con violencia, con injerencia extranjera, con invasiones militares.

El Estado ha perdido casi toda capacidad de respuesta como consecuencia de la liquidación del comercio internacional que el bloqueo solicitado por esas élites ha causado. Los esfuerzos por rectificar errores de recientes políticas económicas se ven ahogados por el aislacionismo internacional solicitado por los mismos promotores de la abstención y del desconocimiento de las instituciones.

Pero todo tiene su final. No hay partido político en el que dirigentes medios y locales no quieran participar en las venideras elecciones para gobernadores y alcaldes. Es el derecho de los pueblos de escoger sus gobernantes. Es la certeza de haber sido engañados al hacerles creer que, absteniéndose, cruzados de brazos, podían cambiar el rumbo del país. Es la vergüenza de haber contribuido al continuismo. Es la autocrítica sincera y el cambio de rumbo.

Las cúpulas de algunas de esas organizaciones siguen presionando e intimidando a sus miembros para que sirvan de nuevo a sus estrategias abstencionistas y a los mandatos de intereses extranjeros de los cuales depende el modus vivendi de esos cogollos. Esta vez no pareciera que podrán contener el legítimo derecho de esos activistas a promover sus tesis en parroquias y municipios para desde alcaldías y gobernaciones materializar sus proyectos.Ya se están discutiendo alianzas entre partidos, programas y ofertas electorales, candidaturas y estrategias de campaña. Los cogollos de la abstención intentan frenar y negar esa realidad.

Organizaciones no Gubernamentales han propuesto candidatos para que sean considerados por las comisiones que en la Asamblea Nacional decidirán sobre los nuevos rectores del Consejo Nacional Electoral.

Intelectuales comprometidos con el país llaman al botón a Guaidó, a quien antes respaldaron, para que dé un paso al frente, abandone la ruta equivocada, reconozca las instituciones y llame a votar.El país sabe que lo correcto es votar, que lo procedente es el diálogo, que esas son las herramientas y procedimientos de la paz y la democracia. Las aventuras, las fantasías, los llamados irresponsables y antipatrióticos a invasiones militares y a bloqueo económico hoy son repudiados y son parte de un episodio vergonzoso. Las masas desesperadas que se hicieron eco de esos llamados saben que fueron utilizadas para proyectos inviables y lesivos al país.

Quienes desde siempre hemos promovido y defendido la participación y el voto vemos con respeto este proceso de rectificación y de reencuentro en la consulta popular. Atrás quedarán quienes creen que por ser consentidos y financiados por potencias extranjeras van a salirse con la suya, quienes creen que sus ambiciones y proyectos de clase van primero que Venezuela.

EL UNIVERSAL

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