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El riesgo de la oposición en Venezuela, por Ángel Monagas

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La política a pesar de las muchas definiciones que de ella existen, no es más que la guerra por medios no violentos desde el punto de vista físico. Esta es la adecuada a los efectos.

De la guerra, obra de Carl von Clausewitz, fue un clásico de la estrategia militar muy consultado por los estudiosos de la politología desde el siglo XIX hasta bien avanzado el XX. Por ese motivo, las ciencias políticas se apropiaron del vocabulario de los ejércitos para extender a ese campo el empleo de algunos términos, como el muy recurrente de vanguardia. Su definición de «la guerra como continuación de la política se convirtió en lugar común» señala la estudiosa Graziella Pogolotti.

Otros hablan en su definición de engaños, de dominios y son válidos igualmente. Sin embargo, a mi juicio, utilizarla como sustituto de un combate cuerpo a cuerpo es lo mejor. El riesgo es un combate, no es perder. No es morir. Desde que se acepta la guerra, eso va incluido.

Si se acepta ser político es porque se tiene vocación por el poder, por el triunfo o por el botín, como los conquistadores. De lo contrario, sería una pérdida de tiempo.

Los políticos son guerreros que todos los días se preparan para la batalla. En política la paz no existe de manera permanente, mucho más en estos nuevos tiempos.

Las elecciones, los hechos, son los campos y las fechas de las batallas.

Por ello es importante aprender. Leer sobre las guerras pasadas, empezando por el primer guerrero Jesús el nazareno, quien vino a imponer su reino y lo logró, al costo de su propia vida.

No entro en temas teológicos, quizá algunos dirán que lo construido por él tardó muchísimo en producir beneficios, más de 300 años antes de que Constantino entendiera que la derrota era una realidad inminente.

*Lea también: México, el trapo rojo del G4, por Alexis A. Alzuru

Inteligentemente se conjugaron en un «diálogo», ahora que está de moda, dos posturas, las creencias paganas se unieron a las cristianas y nació el catolicismo. Santos, adoraciones, diezmos, ofrendas…

Napoleón decía que el ejército camina sobre sus estómagos. En cristiano latinoamericano podemos inferir como que «amor con hambre no dura», o más al estilo venezolano, «billete mata a galán».

Todo en la guerra es efímero como el poder mismo. Lo importante es diferenciar, es construir, dejar legados y en tiempos modernos quizá por ello el concepto de «líder» se ha transformado.

El populismo no puede seguir siendo el norte. Antes decíamos que CAP, Chávez y Fidel fueron líderes. Lloraron por ellos, pasaron hambre por ellos, pero votaron por ellos. Las nuevas generaciones millennials, la generación Z, entre otras, no piensan igual y nuestros «carcamanes» políticos no lo entienden.

El gran riesgo que corre, y hasta padece en cierta forma nuestra oposición venezolana, es que no lo es, no lo ha sido en gran medida. Y eso es mortal, fulminante y fortalece al enemigo común: un régimen capaz de todo para mantener el poder que es su especialidad.

Una reciente encuesta señalaba que el 58% de la población no percibe válido el liderazgo opositor. Muchos no tenemos que hacer estudios de opinión para saberlo.

Cuando la oposición decidió —por lo menos el G4— participar en el proceso del 21N, lo hizo para sentar diferencias con los responsables de estos 23 años. Las hordas de Atila solo han impedido que la hierba crezca por donde pasan. Y ¿qué hace la oposición para demostrar que hay otra manera de hacer política? Absoluta y totalmente nada.

El populismo, como decía Bolívar, los llevó a cometer la peor de las miserias, «prometer lo que no estaban ciertos de cumplir».

Ya el G4 reconoció de pleno derecho a Nicolás. Guaidó, en un deslucido y minúsculo acto, se queda con un «chiripero» que él ha venido fortaleciendo, acercándose. Su drama es que es un ser inocuo. Agua tibia y los cristianos sabemos que no hay nada peor, que no ser ni frío ni caliente.

Los gobernadores, alcaldes, legisladores regionales y concejales prometieron villas y castillos. Hemos visto únicamente quejas, lloriqueos de cómo encontraron los aparatos gubernamentales. ¿Ellos creían que iban a recibir la Shell?

Ahora ¿por qué no le dijeron la verdad al pueblo? Gobernar con una cabeza de Estado como Maduro es como montarse en un autobús conducido por un ciego y borracho, por decir lo menos. Como ser operado por un cirujano con mal de Parkinson.

Una bolsa de comida, una beca en un país donde los profesionales ganan nueve bolívares, reparar y asfaltar, pintar y limpiar cañadas, eso lo hacen todos los gobernantes. Unos más y otros menos.

El problema es la gasolina, la inseguridad, el agua, la electricidad, el dinero no alcanza… ¿Ustedes pueden resolverlo en el aquí y ahora sociológico? No. No pueden. Solo hacen comparsa y juegan a un escenario improbable como el 2024.

Por ello perdieron el apoyo, el reconocimiento. Todos unidos no llegan al 10%. El chavismo-madurismo está peor, pero es que su problema no es de votos, de legitimidad, de popularidad, eso no les interesa, sino mantener el poder.

El riesgo de la oposición es que sigue siendo la otra versión del chavismo, a los ojos del pueblo. Su único interés es económico y mantener el protagonismo de un gobierno inexistente para hacer, no así para recibir.

No son oposición, sino que ocupan una posición.Ángel Monagas es abogado y comunicador.TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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