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El túnel nuestro de cada día, por Simón García

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Es jueves y tengo, como cada semana, que imaginar lo qué leerán en el artículo que publicará TalCual el domingo. Escribir me hace pensar en política. Debo descifrar las acciones de otros, formarme una idea de la situación y valorar responsablemente tendencias, evitando dictar cátedra.

En vez de juzgar, jugar a ser cronista. Echar un cuento cuyo final lo deciden unos actores fuera del cuento. Los análisis no siempre descifran la estructura de la realidad. A veces el deseo sustituye la explicación, para satisfacción de quienes se contentan con reafirmar sus visiones.

Me he hecho conservador. Pienso despacio, no solo por buscar distancia, sino porque miro mucho y hago poco. Me detengo en una línea de tiempo en la que se marcan errores y derrotas de una historia de involución de Venezuela. La dibujó en materia económica el maestro Hugo Batista. Pero falta teoría explicativa sobre el cambio de valores, el abandono de la ley, los agujeros de la desigualdad o la molicie que deshizo la intelectualidad orgánica de la democracia.

En Venezuela hay política sin pedagogía. Ya no hay maestros ( los dirigentes se mantienen sin obra, sin logros o sin una vida personal ejemplar) y hacer política es más retador y riesgoso por la prescindencia casi absoluta de democracia. El autoritarismo no solo restringe derechos y asfixia la republica sino que se empeña a fondo en descomponer a las fuerzas de cambio, dividirlas y anular su conciencia.

La gente se desinteresa de la política porque la política no se interesa en la gente. Afincada en una lucha de poder, se desvincula de las brazadas de una mayoría para sobrevivir más allá de la bolsa Clap. El juicio moral de una franjita artificialmente politizada considera indignidad ocuparse, como sea, de llevar el pan a la casa.

El agüamiento de la política habla de lo que somos y hemos dejado de ser como sociedad en las últimas cuatro décadas. La degradación de los partidos es la forma específica de ese proceso en el que la política perdió idealidad y dejó de ser un mecanismo de agregación de intereses y solución de conflictos por medios que hacen mejores a las personas y a la comunidad.

Los partidos no tienen consistencia porque no expresan una causa de país. En toda época, construir un partido ha exigido sacrificios, una entrega con alma y corazón para levantarlo a pulso de numerosos dirigentes. Es visible que esta prueba no la están dando cúpulas partidistas que viven en un anillo de privilegios.

Hay muchos otros factores que intervienen en la pérdida de nuestra democracia y el declive de nuestros partidos. Uno de ellos apunta al extravío de una oligarquía partidista que se concentró en defender su estatus y se ha hecho dique de la renovación. No han tenido mejor destino estrellas del relevo que sucumbieron por endeblez ética.

Somos prisioneros del túnel que cavamos. El primer deber es salir de él. Una proeza que una mitad del país intenta y la otra mitad, con cierta fe recóndita, espera que ocurra.

Hay que inventar, entre muchos y distintos, ese modo de salir del aglomerado de crisis que nos paraliza. Hay que traspasar lo convencional y ofrecer una idea, asomar un elemento de estrategia alternativa o ayudar a reaprender la democracia para realizarla en espacios libres del control del gobierno y de la desvariada lucha por delimitar parcelas cuando necesitamos un horizonte común. Y si es con el apoyo de los partidos y la rectificación de sus dirigentes, mejor.

Simón García es analista político. Cofundador del MAS.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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