Resulta inútil seguir una rutina tóxica frente a los resultados del 6 y el 12 de diciembre. Los dirigentes que actúan en un país en disolución, en vez de admitir el mal momento nacional y reflexionar sobre los modos para superarlo juntos, no deben enterrar sus neuronas y sacar a relucir espadas de cartón.

Es mortal continuar impidiendo el debate crítico. El foco no puede seguir siendo el obsesivo intento de despedazar a los opositores que no pertenecen a nuestra tribu. Es espantoso ver todavía reyertas sobre los números de participación el 6 y el 12, con la tísica ilusión que el fracaso es solo del otro.

Para no enardecer a los amigos que reclaman que los primeros tiros deben apuntar siempre hacia el gobierno, hay que recalcar que sufrimos la más destructiva aglomeración de crisis en todo el planeta.

El brutal fracaso de Maduro se revela en combinar la inflación más alta y el salario más bajo con la mayor pérdida de PIB en el mundo. Una calculada tragedia social que obliga a la población a concentrarse en ganarle al hambre, antes de ocuparse en ajustar cuentas con el régimen que la genera.

El origen del descalabro no está en las sanciones. La desnaturalización de las instituciones, la anulación de derechos constitucionales y la liquidación de la economía ocurrieron antes. La causa primera está en la imposición de un modelo económico institucional anacrónico, gestionado por una élite gubernamental indiferente a la situación de la población. Lo prueba la comparación entre el salario mínimo mensual de gobiernos con similar inspiración al de Maduro: Cuba $ 82; Nicaragua, $ 122 y Bolivia, $ 308. El de Venezuela es humillante.

Podría decirse que la abstención sirvió como la mejor opción para rechazar al gobierno y no avalar los desatinos estratégicos de fracciones opositoras encerradas en una burbuja de vocación Disney por el poder.

 

La ausencia de alternativas confiables trasvasó la tenaz resistencia al autoritarismo de la sociedad hacia la abstención, como rabia sin destino o desafiliación con el compromiso democrático, ante unos actores políticos que manejan una Constitución de plastilina y no encarnan una oposición radical y transparente.

Puede ser pausa en la lucha, refugio ante abusos del poder, táctica para eludir una derrota o justificación “principista” de abandono de uno de sus tableros, pero es difícil dejar de intuir que la abstención no es resistencia.

Para que el descontento sea la materia prima de una conducta de cambio, requiere de una causa que inspire, de una ruta que indique estaciones y objetivos, de unos conductores que organicen la confianza entre la gente, de unos medios compatibles con los fines y una convicción centrada en acumular victorias democráticas. Hoy, la oposición no tiene estos requisitos en regla y no da señales de que se disponga a zafarse de la derrota hincada en su cuello.

La respuesta desesperada de echar por la borda a los dirigentes no nos aleja del naufragio, porque lo primero es cambiar la estrategia. Y si esto no ocurre con la urgencia debida, la sociedad que no se ha dejado doblegar por un poderoso y sofisticado sistema de opresión, tenderá a movilizar actores no directamente partidistas para defender los intereses peculiares de cada sociedad regional.

La participación, masiva y concertada desde la gente, en las elecciones regionales puede ser la oportunidad para mostrar el valor de la resistencia social y abrir formas de un nuevo entendimiento de país.

Simón García es Analista Político. Cofundador del MAS.

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