Somos lo que elegimos. No estamos condenados a correr detrás de la roca que vuelve a caer. Podemos parar. Revisar la marcha extraviada por el peso de los errores. La primera elección es inevitable: romper, sin distracciones, con la política insurreccional.

Elegir una estrategia para volver a los procesos electorales mirando más allá de ellos y pensando en reconstruir país. Afortunadamente esta opción toma cuerpo en los militantes del G4 y es alentada públicamente por dirigentes del equipo Guaidó como José Guerra, Américo De Grazia, Luis Florido. Enrique Márquez admitió su responsabilidad y pidió perdón a los venezolanos. También están dando su vuelta en «u», con prudencia, Capriles, Henry Ramos y Rosales.

Hay que elegir, con mucho empeño y tolerancia, por sanar la fractura que se produjo desde el lanzamiento de la candidatura de Falcón en el 2018 y recomponer la oposición débilmente existente.

El recurso de apoderarse de las luchas democráticas, segregando autoritariamente a los que tienen diferencias en el cómo, no debe repetirse.

Hay que elegir a favor de un punto final a la destrucción de la oposición por obra de ella misma.

Hay que elegir entre una oposición monolítica y con dueños o una oposición plural en su funcionamiento y focalizada en sus metas, donde tengan asiento nuevos actores. Al menos tres puntos de encuentro pueden explorarse:

1) Fortalecer el liderazgo de Guaidó como figura que impulse el cambio de estrategia, la unidad interna y la negociación con el régimen, como lo pide la comunidad internacional.

2) Desarrollar una lucha común por mayores garantías democráticas para el país y las elecciones.

3) Volver a la lucha social con propósito de reorganizar fuerzas y atender con prioridad la defensa de las condiciones de vida de la gente.

 

 

Hay que elegir por conquistar garantías que contribuyan a hacer creíble el ejercicio del voto. Se trata de llegar a unas elecciones presidenciales libres, sin repetir el error de poner como inicio lo que debe ser su resultado final. Es inútil reintroducir cualquier forma disfrazada del «Maduro vete ya», para entenderse con quien ejerce el poder real.

Hay que elegir un nuevo lenguaje para la oposición que se aparte del diccionario de las agresiones, del sectarismo y la hegemonía de una parte para favorecer un programa de objetivos políticos y un plan de luchas sociales concurrentes.

Hay que elegir por la unidad plural ante un adversario autoritario, débil, pero que ha salido exitoso en su confrontación con la oposición.

Esta unidad puede forjarse en torno a la participación en las elecciones de gobernadores y alcaldes y las garantías para llegar a una elección presidencial en otras condiciones. El gobierno, que responde a una lógica contraria a la democracia y el mercado, no va a desistir de su proyecto, pero sí se puede contener y vencer su autoritarismo electoral.

Hay que elegir por candidatos representativos de la sociedad regional que puedan recibir el apoyo de toda la oposición. Rehuir el patriotismo partidista que presiona por un reparto de los candidatos entre las dos principales coaliciones de partido. La catástrofe sería de espanto si las fracciones opositoras concurren enfrentadas.

Hay que elegir por un discurso que inspire emociones positivas, que levante un relato regional, por sustituir el marco de polarización nacional por proyectos de desarrollo regional sustentables, con puntos muy básicos de defensa de los derechos de la gente pisoteada por el régimen y expresando la geopolítica interna a cada región.

Hay que elegir la esperanza, la causa de las reivindicaciones del país y la alegría de luchar entre todos para triunfar.

Simón García es analista político. Cofundador del MAS.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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