MADRID.- Música, baile y diálogos con chispa son el condimento de «Explota, Explota» que, con música de Raffaella Carrà exprime espíritu positivo y buen humor, un plus que la película traslada a un vestuario de intensos colores que exhibe una buena dosis de «alegría de vivir».

A pesar de que la película se desarrolla en una España «donde impera la censura», es un musical con canciones de la artista y presentadora italiana y con esa base «era imposible hacerlo sobrio», ha explicado a Efe este miércoles la española Cristina Rodríguez, diseñadora de vestuario de la película.

«Queríamos que fuese una película que contagiara la alegría de vivir. Que al salir del cine te apeteciera tomar algo y lanzarte a bailar», ha añadido. «Aunque ahora no se pueda, eso era lo que pensábamos cuando la rodamos», antes de que se desatara la pandemia.

La película de Nacho Álvarez (Uruguay, 1986), cuenta la historia de María (Ingrid García Asensio), que tras dejar a su novio en el altar de una iglesia en Roma, viaja hasta Madrid para descubrir qué quiere hacer con su vida y cumplir un sueño: ser bailarina.

A partir de ahí, en el Madrid de los 70, con la televisión como el medio de comunicación en el que conseguir su objetivo, se desarrolla una divertida historia en la que la música es tan protagonista como sus personajes, hasta convertirse en hilo narrativo.

Unos protagonistas que tanto en sus actuaciones ante las cámaras de televisión como en su vida diaria optan por un vestuario lleno de colores intensos como la gabardina amarillo limón de la protagonista; el azul intenso de la falda y la cesta de su amiga Amparo (Verónica Echégui), el verde de su «trench» y el potente rojo del suéter de Pablo (Fernando Guallar).

Un vestuario que recuerda la estética colorista de «La la land» o de «Mamma Mia», con la frescura de prendas que nos devuelven a unas imágenes de televisión en las que los brillos en el vestuario eran indispensables en toda actuación que se preciara, en una época en la que la alegría de vivir se transmitía por los tonos intensos de la ropa.

Rodríguez, nominada cinco veces al premio Goya como Mejor Diseñadora de Vestuario, señala que la intención era que la película fuera también «divertida a nivel estético», con códigos que empatizaran con la historia, por lo que la cinta juega a ensamblar el vestuario con los elementos decorativos.

Una razón por la que la diseñadora de vestuario ha elegido los mismos tejidos e incluso estampados tanto en los textiles de la casa como en el prendas de las protagonistas, de manera que en ocasiones se empastan los colores, porque «en definitiva, cada uno de nosotros utiliza la gama cromática con la que también ha decorado su hogar».

Un trabajo minucioso, realizado secuencia a secuencia, en el que se han tenido muy en cuenta los escenarios. «En el madrileño parque de El Retiro resaltan los estampados florales mientras que en los bares me decanté por tonos marrones», explica satisfecha del resultado.

Confeccionar y elegir un vestuario con el que los actores pudieran bailar ha sido todo un reto. «Tenía que ser ropa de calle, pero flexible, cómoda», con la que se pudieran llevar a cabo las coreografías, pero también debían de ser diseños «muy contemporáneos». Aunque estén vinculados a los años 70, no están lejos de la estética actual, «a la gente le va a apetecer vestirse así».

Y se reafirma en que no vivimos muy alejados estéticamente de aquella época, pero tampoco en otras vertientes. «Ahora también tenemos censura, otra, pero la hay», y añade que su intención era lograr una imagen «internacional, con la que la que todo el mundo se identifique, ya la vean en Boston o en cualquier ciudad del mundo».

Cristina Rodríguez concluye mostrando su admiración por la artista italiana y su estética. «Raffaella Carrà fue una moderna, muy transgresora. Solo hay que ver cómo se movía, cómo bailaba, el vestuario ceñido que lucía ante las cámaras. Ahora sería una ‘trapera’ (señala en alusión a la música trap)».

EFE

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