Soy una gota que no pude irme con la ola. Solitaria me quedé en la playa danzando y riendo, en un lugar precario, donde mi vivir es penoso y mi destino morir bajo este sol que incendia. A veces grito a ver si vuelve la brisa y yo pueda ser otra vez agua, que regresa juguetona al vaso cristalino de la existencia. A veces lloro mirando la gran bóveda, buscando con mis lágrimas formar un rio que desemboque en el océano. Necesito lluvia, lluvia bendita que baje desde las estrellas para que mi alma entonces reverdecida, en esta aridez no muera. 

Cuando no era más que esta gota triste era mar, mar impetuoso cargado de ámbar y de algas, entonces sonreía poderosa y en mi bravura arrastraba arena y formaba médanos y castillos en la orilla mojada. Cuando era mar, generosa daba de beber a la vida la sopa primigenia, alimentaba albatros y moluscos, brotaban de mi vientre corales y cardúmenes, prosperaban los hombres arrastrando sus navíos y fabricando muelles. 

Pero un día yo también quise refrescarme en la arena y el mar enfurecido se recogió violento y me quedé atrapada en las manos de un niño formando un pequeño charco que entre sus dedos se escapaba, y caí en el cuenco de una roca milenaria, de donde bebieron las gaviotas hasta verme reducida a gota, que día tras día y rato tras rato se hacía menos grande y más insignificante. Luego el viento desparramó en el aire mis últimas moléculas y caí a la tierra seca y fui escarcha evaporada por el sol, que gime y que llora herida de melancolía, contemplando el infinito y muriendo, muriendo mientras el océano se hace silencio.

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