El coronel Assimi Goita, que combatió contra los yihadistas, asume el mando en Malí con una sublevación medida al milímetro

JOSÉ NARANJO

FOTO..El militar Assimi Goita, que encabeza el golpe de Estado en Malí, durante una rueda de prensa el pasado miércoles en Bamako.MALIK KONATE / AFP

“Me presento: soy el coronel Assimi Goita, presidente del Comité Nacional para la Salvación del Pueblo”. Con estas palabras se desvelaba el misterio de quién sería el nuevo líder de facto en Malí tras el golpe de estado de este martes y la dimisión forzada del presidente Ibrahim Boubacar Keita, todavía retenido por los putschistas. Oficial del Ejército de Tierra, de unos 40 años, Goita era hasta ahora el máximo responsable de las Fuerzas Especiales malienses con base en la turbulenta región central del país, con amplia experiencia de combate contra los yihadistas y con buenas conexiones internacionales. Sin embargo, solo es la cabeza visible de un golpe en el que poco se ha dejado a la improvisación.

La Comunidad Económica de Estados de África Occidental (Cedeao) insiste en pedir la liberación del presidente y el primer ministro e incluso que sean repuestos en sus cargos. Pese a ello, los presidentes de la región son conscientes de que si bien su primera demanda acabará lográndose, la segunda es poco menos que imposible. Una delegación de alto nivel negocia en Bamako con los golpistas cuestiones más realistas, como la hoja de ruta de la transición y quién será el hombre que lidere un proceso a la sudanesa, con el poder en manos de un consejo nacional integrado por civiles y militares, que desembocará en elecciones libres.

A Goita le rodea un cierto aura de héroe de guerra. Nada más conocerse su nombre comenzaron a circular informaciones en las redes sociales sobre su participación, en 2012, en la batalla de Tinzawatene contra los rebeldes tuaregs, en la que fue apresado por el Movimiento Nacional de Liberación del Azawad (MNLA). “Sí sabemos a ciencia cierta que estuvo en Boulikessi en 2019 y que combatió allí contra los yihadistas”, asegura el investigador Marc André Boisvert, experto en el Ejército de Malí. En este enfrentamiento, uno de los peores golpes sufridos por las Fuerzas Armadas de este país, los radicales lograron ocupar por unas horas un puesto militar y fallecieron unos 85 soldados.

Pero el presidente de la junta militar no actuó solo. La primera referencia de quiénes eran sus compañeros, la foto de familia de los golpistas, fue su aparición pública en un estudio televisivo menos de 24 horas después del comienzo de la asonada militar. Junto a Goita se encuentran otros cuatro oficiales, todos coroneles, Malick Diaw, Sadio Camara, Modibo Kolé e Ismael Wagué. Más o menos de idéntica edad, algunos de la misma promoción, amigos entre ellos, con historial guerrero y todos en la segunda línea de la estructura jerárquica del Ejército de Malí. No son los generales, pero están muy cerca del alto mando.

A diferencia del último y caótico golpe de Estado en Malí de 2012, en el que distintos cuerpos de las Fuerzas Armadas se enfrentaron entre sí, en esta ocasión no hubo ningún tipo de resistencia armada. No está claro aún si ello obedeció a la rápida detención de ciertos generales o si, por el contrario, la unanimidad era total y estos prefirieron dejar que fueran oficiales de menor grado quienes asumieran el riesgo de ponerse al frente de la asonada.

A juicio de Lori-Anne Theroux-Benoni, directora del Instituto de Estudios de Seguridad (ISS), este ha sido un golpe “bien ejecutado”. “Deja entrever que había una o varias cabezas pensantes detrás. Circulan muchos rumores sobre la connivencia de generales e incluso algunos nombres sin confirmar. Pero en todo caso no estamos hablando de amateurs, sino de personas con un profundo conocimiento de cómo funciona el Estado y la comunidad internacional”, señala.

Dos hechos confirman esta tesis. En primer lugar, Keita no solo se vio obligado a dimitir sino que fue forzado a firmar la disolución del Parlamento. Esto anulaba la posibilidad de que el presidente o el vicepresidente de la Asamblea Nacional asumieran el poder en caso de vacío, tal y como está previsto por ley. En segundo lugar, una vez que constataron la ausencia de resistencia interna y que tenían el poder en sus manos, los golpistas se apresuraron a tranquilizar a la comunidad internacional garantizando el respeto a los acuerdos y compromisos firmados y prometiendo un proceso de transición hacia la democracia mediante unas elecciones libres y transparentes.

“Estos golpistas no se parecen mucho a las generaciones anteriores de lobos solitarios”, asegura Bakary Sambe, director del Instituto Timbuktú y experto en el Sahel. “Se trata más bien de un grupo bien organizado que se desliza sobre la ola de una protesta popular. Queda por ver cuáles son sus vínculos con el movimiento popular 5 de junio (M5) y si cuentan con apoyo internacional o de ciertas potencias para sobrevivir ante la tanda de sanciones africanas y occidentales que se avecina”, avanza.

La lógica unanimidad de las condenas de los organismos internacionales, que no pueden mostrar fisuras, al menos formales, ante una ruptura tan flagrante del orden constitucional, contrasta con las muestras de euforia y la satisfacción general con la que la población maliense ha vivido este proceso. De hecho, golpistas y líderes del movimiento popular 5 de junio mantuvieron contactos previos al putsch, lo que no significa que hubiera coordinación. “No creo que estuvieran al corriente”, añade Theroux-Benoni, “de hecho el M5 tardó mucho en adoptar una posición oficial”, que resultó ser favorable al golpe. Según considera esta experta, la unidad de este heterogéneo movimiento se pondrá a prueba a partir de ahora dada la disparidad de ideologías y objetivos de sus miembros. “Solo les unía su demanda de dimisión del presidente Keita, pero este ya no está”.

Parecida opinión defiende Sambe. “Lo más duro de los golpes de Estado llega después de que sus protagonistas son aclamados como libertadores. Incluso los líderes del M5 se van a encontrar frente a la realidad de la gestión cotidiana del poder y de los problemas que ellos mismos han sacado a la luz durante los meses de manifestaciones. Ahora tendrán que encontrar soluciones sostenibles frente a una calle que tiene sus urgencias y no puede esperar más”, asegura el investigador.

Un ejército en proceso de reforma

En 2012, el Ejército de Malí se parecía más bien a una banda desorganizada de hombres armados que respondían a diferentes jefes sin demasiada coordinación entre sí. Había tantos uniformes distintos que la primera medida adoptada durante la intervención militar francesa fue coser unos escudos a la ropa para poder identificarlos y que no acabaran muriendo bajo fuego amigo. Pero las cosas han cambiado. “Se ha hecho un enorme trabajo de reforma de este ejército desde 2014 pero para que se produzca un cambio profundo hacen falta por lo menos 15 años, seis no es suficiente”, asegura Boisvert, quien acaba de presentar su tesis doctoral sobre las Fuerzas Armadas de Malí (FAMA).

El primer cambio es su número, ha pasado de 12.000 efectivos hace ocho años a los casi 25.000 de la actualidad. El nivel táctico y estratégico también ha mejorado y en ello la misión de formación de la Unión Europea (EUTM), en la que participan unos 200 soldados españoles, ha jugado un rol importante. “Sin embargo, hay un problema de doctrina militar, de filosofía, más profundo. Esto se manifiesta por ejemplo en el respeto de los Derechos Humanos. En una guerra asimétrica debes tener el apoyo de la población”, añade Boisvert. Las FAMA han sido señaladas, incluso en informes de Naciones Unidas, por haber cometido masacres y ejecuciones extrajudiciales. “Tiene que haber una justicia militar para que estas acciones sean castigadas. Y en el caso de Malí o no existe o no es eficaz”, añade el experto.

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