Se comprenderá que bajo el temporal que descarga su fuerza sobre la trémula línea fronteriza colombo-venezolana, librarse a debatir sobre las elecciones colombianas supondría que no reincidirán explosiones como las ocurridas en La Victoria, pueblo del municipio Páez, estado Apure. De lo contrario, cualquier consulta electoral podría ser severamente afectada. El caso es que no hay razones para descartar esa posibilidad. No creo que esté al alcance de los gobiernos  de Colombia y Venezuela revertir, regular o manipular fenómenos violentos de tal índole, una vez que toman cuerpo.

La anatomía de la violencia en la ardiente frontera es de una complejidad tal que su dinámica parece deslizarse hacia desenlaces avasallantes, dado que los actores se multiplican sin disponer de controles ideológicos o materiales para dominar intemperancias.

Al definir confrontaciones análogas a las que acabamos de vivir en el estado Apure, la OTAN acuñó la denominación de «guerra híbrida». La considero  pertinente con solo repasar la diversidad de sus actores y la propensión mutante que asomaron a las primeras. Semejante performance sugiere un caótico «todos contra todos». De allí que, tan pronto el Ejército venezolano enfrentaba a una facción guerrillera —quizá para favorecer a la facción disidente— cambiaba de  pelaje, al compás  de una flauta que interpreta el juego de las tendencias de las FARC envueltas en áspera pugna. Siendo Venezuela el teatro de aquellas luchas, se supone que el gobierno madurista o la FANB ejercerían el rol principal, pero no es eso lo que se apreció.

 

 

Si además de defender territorio intervenido por irregulares foráneos y encima proteger los derechos de los venezolanos agredidos sin provocar a nadie, las autoridades nacionales debieron convertir aquella legítima lucha en causa nacional, convocando  al soberano y con objetivos claros, no confusos. ¿Es eso lo que estamos presenciando? Para nada. Escuchamos la declaración de un vocero de las FARC, quien desde tierra venezolana, con el pecho inflado de patriótica y bolivariana solemnidad, declaró que su guerrilla defiende a los venezolanos. Y lo notable es que a falta de partidos o grupos en plan de dar la cara por nuestro país, el líder de las FARC espere ser recibido con esperanza agradecida, aunque ciertamente no abunden los dispuestos a defender la soberanía duramente maltrecha. Defenderla, no con la aburrida retórica del  imperialismo anglosajón, sino contra quienes se adueñan del territorio de Bolívar, Páez, Zamora, Andrés  Bello, Cecilio Acosta, Vargas y lo hacen con tal desparpajo que sin rubor en las mejillas se autoproclaman sus legítimos defensores.

Por eso creo que toda confrontación permite ganar espacios que sirvan para la democratización de la sociedad y el Estado. Ninguna lucha es desechable, todas ofrecen posibilidades en el conjunto de una estrategia global. El torneo electoral colombiano no puede ser tirado a la orilla.

La candidatura  de Gustavo Petro, cuya popularidad se mantiene alta, debería polarizar las opciones con el uribismo o con alguien presentado por un eventual frente unitario, seleccionado antes o después de la primera vuelta.

Por cierto, antes de la diabólica guerra híbrida de nuestros tormentos, el polémico expresidente parecía postular una candidatura no partidista, lo que daría vela al exalcalde de Barranquilla, el popular y efectivo Alejandro Char.

Conocí personalmente a Uribe en Madrid. Invitados él, Pedro Barnechea y yo a un foro convocado por la Fundación FAES. Se había postulado a la presidencia de su país, pero los sondeos lo colocaban en cuarto o quinto lugar. Con franqueza le pregunté si realmente esperaba vencer. Con un despiadado realismo me ratificó sus convicciones con la certeza con la que el gran Muhammad Ali anunciaba el round en que su rival caería. Me detalló paso a paso cómo superaría a sus cuatro adversarios. Si conserva tan singular realismo, ayudará sin duda al candidato de la unidad democrática en las próximas elecciones.

Que Gustavo Petro dispute con el expresidente Uribe el favoritismo de Colombia fortalecería el juego democrático.

Sería de lógica elemental que la corriente socialista no agitara trapos de violencia mientras se dirime el resultado comicial. Pero bueno, damos por entendido dos cosas: primero, un conocimiento compartido de lo que signifique «lógica elemental» y, segundo, que los mandatarios puedan mantener agarrados de la mano a los enfebrecidos irregulares.

Las fracturas que supuestamente los habrían debilitado no surtieron ese efecto porque el robusto músculo financiero del narcotráfico opera como fuerte estímulo para impulsar nuevas organizaciones que van básicamente a lo mismo, empoderarse política y económicamente y extender su influencia en el aparato estatal, los regionales y locales. Comprar legisladores, parlamentarios, magistrados y jueces, o simplemente practicar alianzas que se traduzcan en candidaturas narco financiadas.

Ojalá que nuestra querida tierra hermana colombiana, liberada de irregulares, paramilitares y mitigados los efectos de la pandemia, consolidara su tradicional estabilidad institucional y saliera bien librada de este proceso electoral.

Américo Martín es abogado y escritor.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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