19 de abril, 5 de julio, 23 de enero. Son fechas históricas que pudieran recordarse quizá solo por obligación cívica, pero creo que todavía entre quienes las invocan no pocos manifiestan genuinas emociones o, si no fuera del todo así, cuando menos un legítimo interés.

De las tres fechas mencionadas, diría que la última –23 de enero de 1958– es la que sigue produciendo interrogantes. Palpita, quizá con mayor intensidad, posiblemente porque la interpretación de lo ocurrido siga dando lugar a controversias no adormecidas por el tiempo.

Esa más permanente longevidad no es prueba de importancia suprema, pero sí del interés agitado por pluralidad de opiniones, búsquedas aún despiertas y, en definitiva, deseo de rescatar experiencias que puedan ser muy valiosas todavía hoy.

Recordemos que la amplia corriente de los historiadores y autores críticos no cesa de revisar textos consagrados, lo que se ha traducido en actualizaciones y cambios de perspectiva en la ciencia y el arte de la historia. Basta con examinar la notable confluencia de protagonistas cuyo desempeño ha sido con frecuencia revalorizado.

El 23 de enero mismo fue precedido por una crisis electoral muy grave.

Con sangre muy fría, Laureano Vallenilla le presentó a Marcos Pérez Jiménez las fórmulas que cabría aplicar; la primera, la constitucional en estado puro, previa amnistía, regreso de exiliados y plena libertad de prensa. Por supuesto, fue rechazada. Vallenilla, entonces, mencionó el método gomecista de elección indirecta y, por último, el plebiscito. Según el ministro, esta última, la peor para su gusto, fue la mejor para el gusto del dictador.

De seguidas, el dueño de Miraflores le increpó a su ministro:

«Usted ha insistido en el diario El Heraldo que los partidos no valen nada, de modo que lo mejor sería prescindir de ellos. Así será, prescindiremos de ellos y llamaremos directamente al consumidor. ¡Hagamos a un lado las organizaciones políticas!»

Se impuso, pues, la opinión de Pérez Jiménez.

Yo sospecho que era lo buscado por Vallenilla, quien aspiraba a que le atribuyeran la primera de las fórmulas que –según expuso supra– le presentó a Pérez Jiménez. ¡Vana pretensión para alguien tan ferozmente asociado a la represión al igual que Pedro Estrada!

 

 

En su voluminosa obra ¿Quién derrocó a Pérez Jiménez?, el enjundioso economista Tomás Enrique Carrillo Batalla afirma que, tras el fraude plebiscitario, Pérez Jiménez solo se proponía gobernar cinco años más.

Sostiene Carrillo Batalla que así se lo habría asegurado a su ministro de Justicia “el Fraile” Urbaneja. (T. E. C. B. ¿Quién derrocó a Pérez Jiménez?, Caracas Venezuela 1998. Publicaciones de la Universidad Santa María)

El plebiscito no le gustó a nadie o a casi nadie. Muchos lo percibieron como un signo de derrota y, de hecho, el gobierno cayó en el descrédito. Políticamente había recibido una soberana derrota. El ánimo colectivo cobró inusitada fuerza y la reacción negativa fue universal. Los militares se fraccionaron. Las asonadas bélicas del 1 y 8 de enero iniciaban una marcha sin vuelta atrás y, sin embargo, Pérez Jiménez no admitió que algún uniformado le hubiese conminado a entregar el poder e irse del país. Alguna razón daba cierta verosimilitud a sus palabras, porque tanto el ataque aéreo del día 1 como el levantamiento militar dirigido por Hugo Trejo el 8, exhibieron fallas de liderazgo muy notorias. No obstante, en su conjunto no cabe la menor duda de que aquello había sido una importante insurrección cívico-militar que, con errores y sin ellos, culminó exitosamente.

Hay una coincidencia indudable y reforzada con el tiempo sobre la importancia del liderazgo civil y de los partidos políticos que, en su conjunto, proporcionaron una auténtica dirección en el momento decisivo, pero el factor –con mucho– más favorable al resultado fue la unidad.

En la crónica histórica de nuestra nación los grandes momentos de victoria transcurrieron precisamente cuando se materializaron grandes acuerdos unitarios.

La victoria que culminará el 23 de enero se envolvió desde el principio en un aura de unidad y de fraternidad.

Unidad vasta que no hacía sino crecer y fraternidad en tanto que espíritu de aquella unidad. Esa combinación de fuerza material y espiritual encendió la imaginación de los venezolanos cuya iniciativa se exacerbó proporcionando certezas de victoria.

Hubo momentos en que la unidad trabajó por sí sola, se formaban comités unitarios en forma espontánea y así se descubrió, desde el punto de vista material, que no había manera de detenerla. Es el secreto que explica el renovado interés en esta fecha estelar.

En la actualidad, estamos urgidos de unidad y de entendimiento y en los albores de 1958 tenemos el mejor de los tesoros de la experiencia unitaria venezolana que sería absurdo desestimar. En realidad, aquellos escarceos unitarios que comenzaron con el abrazo de tres grandes líderes en Nueva York y con la fuerte convicción que se corporeizó en la Junta Patriótica, el frente universitario y una miríada de estructuras unitarias espontáneas, son la fuente segura del acierto, del optimismo, de la esperanza.

Américo Martín es Abogado y Escritor.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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