En el año 2015, la oposición venezolana alcanzó un notable victoria electoral en las elecciones para diputados a la Asamblea Nacional; victoria que en mi opinión se debió más a un voto castigo para el gobierno por parte del pueblo,  que por convicción alguna en los candidatos. Recuerdo que particularmente cuestioné que se le prometiera al elector (entre otras cosas) que las colas para comprar alimentos, medicinas, etc. se iban a terminar si la oposición se hacía de la mayoría en el Parlamento, lo que en efecto logró para sorpresa de propios y extraños. Pero las colas no se terminaron, es más la situación empeoró y el pueblo sufrió un nuevo desencanto en su lucha por cambiar lo que se ha convertido desde hace veinte años en una calamidad para la mayoría de los venezolanos. Pues bien, aparte de haber prometido soluciones etéreas para renglones que no son de su competencia, esta mayoría de oposición que despertó tantas expectativas, se despide de sus curules con más pena que gloria, con más errores que aciertos en una gestión que dilapidó un capital político que pudo haberlo  consolidado solamente con cumplir una agenda de visitas para darse a conocer por esos electores a quienes le debieron su triunfo. Tal acción política era necesaria para fortalecer la unidad  realista que se necesitaba y se necesita hoy más que nunca para transitar hacia una salida pacífica, electoral y constitucional de este momento tan negro para la democracia venezolana. Sin embargo, las organizaciones políticas protagonistas de la “hazaña” del 2015, decidieron dar un giro de 360 grados al negarse a participar en las elecciones que constitucionalmente corresponde celebrar en el presente año, argumentando que lo que se convoca es un “fraude electoral” por una serie de razones que el amable lector debe conocer y que no comentaré porque ya lo han hecho con profundidad reconocidos analistas políticos tanto nacionales como internacionales. El hecho cierto es que en momentos cuando el país atraviesa la crisis más pavorosa de su historia, los llamados “líderes de la verdadera oposición” cuelgan los guantes,” “botan tierrita y no juegan más”. Más absurdo, imposible; el gobierno en su prontuario tiene el mayor rechazo desde su llegada al poder, y no se ha podido (¿O querido?) construir una alianza política con cuyo liderazgo y empuje se  hagan sentir esos millones de venezolanos que sufren día tras día, pero que  aún conservan la esperanza de ejercer el derecho que la Democracia les ha confiado para su propia definición de vida: El voto.

Jesús Salvador Rodríguez G

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