El nuevo líder de Estados Unidos afronta un mandato lastrado por históricos retos sanitarios, raciales, sociales y políticos. En caso de ser reelegido en 2024 enfrentará además la amenaza de ‘sorpasso’ de China como primera potencia económica mundial

A veces, uno casi preferiría no tener que hacer Historia. No sabemos si Joe Biden piensa eso. Pero no sería ilógico, dado los retos a los que se enfrenta. Cuando el miércoles Biden se convierta en presidente de Estados Unidos, asumirá la jefatura de Estado y de Gobierno -algo así como si en España fuera Rey y presidente al mismo tiempo- de un país que se enfrenta a su mayor crisis sanitaria en 101 años; a sus mayores disturbios raciales en 52; a su peor crisis económica en 90; y a su mayor crisis política en 160. En el supuesto de que Biden fuera reelegido en 2024, podría presidir sobre otro hito: en 2028, según el think tank británico Centre for Economic and Policy Research (CEPR), Estados Unidos dejará por primera vez en 110 ó 140 años (los expertos no están de acuerdo en la cifra exacta) de ser la mayor economía del mundo. China habrá ocupado ese lugar.

Vistas así las cosas, cabe preguntarse por qué quiere ser presidente.

En realidad, Biden ya ha hecho Historia, pero de segunda. El miércoles, se convertirá en el mandatario de más edad de la Historia de Estados Unidos. Su vicepresidenta, Kamala Harris, hija de inmigrantes jamaicano e india, será la primera mujer y, también, la primera persona que no es de raza blanca en ocupar el cargo.

Biden es, también, el primer vicepresidente en 231 años de Historia estadounidense que no llega a la jefatura del Estado inmediatamente después de haber ejercido el primero de esos cargos. Catorce de los 48 vicepresidentes del país han acabado siendo presidentes. Todos ellos sucedieron al presidente bajo el que habían servido. Hasta que llegó Biden, y fue capaz de ganar la Presidencia tras un periodo de cuatro años en parte de duelo, por la muerte de su hijo Beau por cáncer en 2015 y, también, porque en 2016 Barack Obama apostó por Hillary Clinton, al considerar a su vicepresidente un tonto de capirote al que dedicaba frases tan entrañables como: «¿Sabes quién no tiene lo que hace falta para ser presidente? Joe Biden» o «No infravalores la capacidad de Joe para joder las cosas».

Así que Biden, el que es incapaz de hablar sin meter la pata u ofender a alguien, ha ganado, en la era de la corrección política, gracias al apoyo de las minorías y de las mujeres. Biden, el gris, Joe el dormido (Sleepy Joe), como le llamó Donald Trump, derrotó al presidente que presumía de su cociente intelectual.

Biden, el viejo (aunque es solo tres años y medio mayor que Trump) fue capaz de crear una coalición de la izquierda joven que detesta a Trump y del centro maduro aterrado ante los estragos del Covid-19. Las elecciones de noviembre fueron un referéndum sobre Trump. Joe Biden logró que, aunque no le amara nadie, nadie le odiara. Y así ganó. Porque, posiblemente, era el único candidato que podía derrotar a Trump.

La cuestión ahora es ¿qué va a hacer Biden? La lista de crisis a las que se enfrenta es espeluznante. Éstos son los retos del presidente. Y las estrategias que ha indicado que va a llevar a cabo para afrontarlos.

COVID-19

Cuando Biden jure el cargo, los muertos por el coronavirus rondarán los 400.000. La cifra real -lo que los expertos llaman «exceso de mortandad»- superará el medio millón. EEUU ya tiene una tasa de fallecidos por mil habitantes superior a la de España. Y la pandemia no da signos de moderación. Antes al contrario: se están batiendo récords de muertos, positivos, e ingresados.

Biden, paradójicamente, le debe la Presidencia al Covid-19. «Hubiera bastado con que Trump hubiera hecho algún gesto de solidaridad con las víctimas para ganar las elecciones», explica a EL MUNDO uno de los mayores expertos en encuestas del Partido Republicano que prefiere no dar su nombre ante la delicada situación que vive su partido, dividido entre fuerzas pro y anti Trump. Así que va a centrar su Presidencia, al menos hasta el verano, en la lucha contra la pandemia.

Eso significa que todo lo demás va a pasar a un segundo plano. De hecho, Biden ya ha anunciado la expansión de la vacunación, incluyendo el despliegue de centros de inmunización de la Autoridad Federal de Emergencias (FEMA, según sus siglas en inglés), que es el equivalente de Protección Civil, por todo el país. El presidente entrante contará a su favor con el fracaso de la lucha contra el coronavirus bajo Trump.

Pero, en la práctica, todo indica que Biden no va a poder hacer mucho más que su predecesor. Así que lo que va a tener que hacer es gestionar las expectativas. Trump, por ejemplo, prometió 20 millones de inoculaciones de la primera dosis de la vacuna para el 31 de diciembre. Esa cifra, sin embargo, solo se ha alcanzado esta semana. Así que lo que el futuro presidente va a hacer es lo contrario de lo que el experto en encuestas antes mencionado achaca a Trump: demostrar que a él le preocupa el sufrimiento de la población. Entretanto, la vacuna de Johnson & Johnson podría empezar a distribuirse a finales de febrero, y la de Novavax, en marzo. Pero, como dijo Biden el viernes, «nos espera un invierno muy negro».

ECONOMÍA

«Nunca desperdicies una crisis». ¿De quién es esa frase? Muchos dicen que de Rahm Emanuel, ex alcalde de Chicago y ex jefe de gabinete de Barack Obama. En realidad, es más antigua. Churchill la mencionó durante la Segunda Guerra Mundial. Pero ya se usaba entonces en Reino Unido.

Sea de quien sea, puede explicar gran parte del debate político en este primer año de la Presidencia de Biden. La clave es hasta qué punto va a aprovechar la crisis económica desencadenada por el Covid para hacer girar a la economía estadounidense en una dirección diferente, sobre todo en materia de infraestructuras, transporte público, y energías renovables. En principio, ésa parece la opción más probable. Y, en algunos aspectos, Biden no va a tener que esforzarse demasiado. La transición energética ya está llevándose a cabo sola, por el efecto combinado del gas natural, que está expulsando del mercado al carbón, y de las políticas de los 50 estados que forman EEUU, que tienen una autonomía enorme a la hora de decidir su política industrial. Más difícil lo va a tener en materias como la subida del salario mínimo interprofesional, que lleva congelado la friolera de 11 años en los que ni siquiera se ha ajustado a la inflación (lo que es significativo es que el tope de las donaciones a los partidos y candidatos sí se actualiza año tras año, de modo que van subiendo).

La clave en esas áreas es el Senado, que está partido en dos, con 50 republicanos y 50 demócratas, con lo que Harris tendrá que ejercer una de las poquísimas funciones de la vicepresidencia, que es la de ejercer su derecho a votar cuando haya empates.

RAZA E IDENTIDAD

Sigamos con Emanuel. Ese político tenía atornillado el nombramiento como secretario de Transporte con Joe Biden. Hasta que le empezaron a sacar los presuntos casos de abusos de la policía de Chicago contra la población afroamericana de la ciudad. En especial el de Laquan McDonald, un joven de 17 años denunciado cuando estaba tratando de romper la cerradura de un coche con una navaja con un filo de siete centímetros.

Es cierto que, cuando llegó la policía, McDonald no solo no obedeció a las órdenes de los agentes de que dejara el arma y se entregara sino que, además, trató de pinchar la rueda de un coche patrulla y se puso a caminar haciendo eses por el medio de la calle. Pero no es menos cierto que la policía le pegó 16 tiros, nueve de ellos por la espalda. Si alguien quiere ver cómo una persona de 17 años muere de 16 tiros, solo tiene que buscar en YouTube el vídeo de la policía de Chicago.

El hecho de que Emanuel haya sido defenestrado de su carrera política por la cuestión racial pone de manifiesto la importancia que ésta tiene. Biden ha creado un gabinete de mujeres y minorías, y va a tener que seguir jugando esa delicada baza durante toda su Presidencia. Las minorías no van todas juntas en EEUU, como revela el hecho de que en noviembre Trump se convirtió en el segundo candidato republicano que ha obtenido más apoyo de los hispanos de la Historia de EEUU, solo por detrás de George W. Bush. Aunque Biden se llevó dos tercios de los apoyos en esa comunidad, es posible que los latinos fueran la clave para que el presidente ganara en el estado de Texas, el segundo más poblado del país y que, si pasa de los republicanos a los demócratas, condenará al ostracismo político al primero de esos partidos por los siglos de los siglos.

Así que Biden va a tener que hilar, también, fino en este terreno. Por de pronto, Emanuel se ha quedado sin cargo. El secretario de Transporte va a ser Pete Buttigieg, un demócrata de centro joven y tecnócrata y que, también, tiene un elemento identitario importante, porque es la primera persona homosexual en la carrera a la Presidencia de Estados Unidos.

DIPLOMACIA

Si el lector se ha cansado de Emanuel… se siente. Ahora vamos con el personaje al mes de febrero de 2017. Emanuel, que acababa de ser nombrado jefe de gabinete de Obama, se reunió con los embajadores de los países aliados de Europa, y, en su habitual lenguaje, exquisitamente trufado de tacos, les explicó, con unos modos similares a los de un mafioso de película, que el nuevo presidente tenía mucho trabajo dentro del país y que no esperaran que les hiciera el menor caso. Fue el inicio de un desencuentro entre Europa y Estados Unidos del que ahora todo el mundo se ha olvidado.

Biden quiere evitar eso. Su secretario de Estado y su consejero de Seguridad Nacional, Toni Blinken y Jake Sullivan, respectivamente, hablan francés perfectamente (Sullivan hasta chapurrea español), y lo primero que va a hacer el presidente es reintegrar a Estados Unidos en la OMS y en el Tratado de París contra el cambio climático. Pero eso no significa que el multilateralismo de Biden vaya a salir gratis. Todo parece indicar que los aranceles a China, por ejemplo, van a quedarse.

DIVISIÓN POLÍTICA

Aquí hay poco que añadir. EEUU está en su mayor crisis desde, posiblemente, la Guerra Civil que estalló hace 160 años. Trump se va a ir de la Casa Blanca sin admitir su derrota, y solo el viernes su vicepresidente, Mike Pence, llamó por teléfono a Harris para felicitarla. Impedir que esa herida siga infectándose va a ser, tras el Covid, el gran reto de Biden.

EL MUNDO DE ESPAÑA

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here