En un instante que unía y separaba pasado de futuro, Pilatos decidió la muerte de Jesús. El lavado de sus manos no simbolizó omisión porque la ejecutaron sus soldados. Filón de Alejandría, cronista contemporáneo, describió al quinto prefecto de Judea como un gobernante caracterizado por «… su violencia, sus robos, su conducta abusiva, sus frecuentes ejecuciones de prisioneros que no habían sido juzgados…». El poder suele ser feroz, cruel y criminal.

Personaje a la sombra de otra historia, Pilatos echó a andar un cambio del mundo. Se habla de una carta suya a uno de sus amigos en Roma (aunque la historiadora Ann Wroe afirma que no existe este tipo de evidencias) en la que se queja de su aburrimiento en aquel perdido territorio de encuentro y conflicto entre culturas.

El poder compartido, el real de Pilatos como el simbólico de Caifás, suele disminuir el papel de ambos en cambios trascendentes que están por ocurrir.

No resulta extraño que en nuestro martirizado país, fuerzas, grupos e instituciones que ejercen su dominación autoritaria, no vean la destrucción que ocasionan. La pandemia revela el contraste entre las cifras de muerte y las víctimas que aumentan en la cercanía de amigos y familiares, así como la inadmisible diferencia entre la burbuja de los bodegones llenos de lujo y el hambre creciendo en las barrigas vacías.

 

 

A esta sociedad despedazada, controlada y desmovilizada hay que abrirle una salida antes de que se anule en la pérdida absoluta de su futuro. Hace aguas en su fracaso porque encalla en un choque de fuerzas donde los de abajo no tienen energía para cambiar y los de arriba siguen sin enterarse que ellos también son pasajeros del Titanic.

No tenemos cañones para imponer un final de violencia con el que nos equivocaríamos de nuevo. El poder no cederá  condiciones sin que paguemos nuestro costo. El desplazamiento del autoritarismo ya no puede eludir un pacto entre los rivales de hoy para volver a habitar juntos en la democracia de mañana.

Resulta suicida estimular batallas dentro de la oposición. La demanda prioritaria de cambiar la estrategia es posible sin cambiar a los dirigentes.

Guiadó, ampliando la presencia de la diversa oposición débilmente existente, puede comandar la atención a los problemas que sufre la gente, el retorno al voto y una estrategia que aumente la presión interna con base en organización, reconstrucción de conciencia cívica y confianza en el voto, comunicación alternativa, inteligencia para crear espacios de libertad dentro del encierro y fortalecimiento desde procesos electorales aún minados por trampas, provocaciones y desventajas. Pero, si no es él serán otros.

La renovación de las políticas opositoras es necesaria y posible porque el poder no puede mantenerse contra un país que no se doblega. Su cúpula tiene cada vez menos margen de maniobra, pierde más base social y se paraliza en la disputa de sus bloques para no ser los perdedores ante la reducción de sus ingresos y su gobernabilidad.

El éxito del país pasa por la voluntad de la oposición para reunir a todas sus partes, aprobar rectificaciones estratégicas y ofrecer un nuevo rumbo.

Los dirigentes de las tres o cuatro fracciones opositoras tienen que probar a las minorías que los siguen y al inmenso país que no lo hace que no van a continuar lavándose las manos y no van a seguir enviándonos informes sobre su ceguera.

Simón García es analista político. Cofundador del MAS.

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