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La democracia primero, por Gregorio Salazar

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Con el pasar de los días se van disipando los estertores de las multitudinarias movilizaciones de partidarios de Jair Bolsonaro exigiendo, por presunto fraude, la nulidad de los resultados electorales de la segunda vuelta en la que Lula Da Silva alcanzó más de 60 millones de votos y una diferencia de apenas 1,8 % sobre el presidente en ejercicio.

El objetivo de las movilizaciones iba mucho más lejos. Apostadas frente a las instalaciones militares, exigían hasta con arranques de histerismo, la intervención de las fuerzas armadas para impedir el regreso a la presidencia del izquierdista moderado Da Silva. Imágenes difíciles de concebir en tiempos modernos en una democracia hasta ahora estable y de un país de la importancia continental y mundial del Brasil.

La última intentona por desconocer esos resultados, que destacados aliados de Bolsonaro –incluso algunos electos a las gobernaciones de los más importantes estados del Brasil– han reconocido, fue el pedido de la coalición oficialista al ente electoral para que se procediera a revisar la totalización, por supuestos fallos o errores, en unas 280 mil urnas electrónicas.

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Fue la continuación por la vía administrativa de todos los intentos que venía haciendo Bolsonaro, desde meses antes de los comicios y al mejor estilo de Donald Trump, por sembrar sombras de dudas sobre la idoneidad y transparencia del sistema electoral brasilero, lo que inevitablemente redunda en la deslegitimación, a los ojos de un vasto sector de la población, del nuevo mandatario a la par que el socavamiento del propio sistema democrático.

La respuesta del Tribunal Superior Electoral (STE), cuya labor de escrutinio pudo ser seguido en tiempo real por la población, no ha podido ser más contundente. Multó por un monto superior a los 4 millones de dólares a los demandantes, por considerar que sus argumentos, a los que calificó de falsos, ofensivos y de mala fe, y sobre todo por «carecer de pruebas y circunstancias que justificaran una verificación extraordinaria».

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Lo que no deja de conturbarnos en nuestro suelo es ver a legiones de ciudadanos, opositores para ser más exactos, multiplicando por las redes las delirantes exigencias de golpe de las huestes bolsonaristas, como expresión del anhelo del éxito de esos despropósitos.

Obnubilados como estamos por la polarización que inmoviliza nuestro país pareciéramos impedidos de apreciar los matices que no convierten a otras expresiones de la izquierda continental en una réplica de la maquinaria de autoritarismo, abuso de poder, ventajismo electoral, ineptitud y corrupción que ha representado el chavismo en Venezuela, arropado en consignas y en íconos de la izquierda no democrática.

Por supuesto, a esa línea también nos arroja la actitud ambigua, a veces complaciente, indefinida, en la que se mueven jefes de estado de tendencia de izquierda que no sólo apuntalan el paradigma cubano –que a su vez es cómplice y aprovechador del régimen venezolano—sino que su condescendencia abona en el estado de confort en la impunidad, sobre todo en materia de violación derechos humanos, a la que aspira por la autoritaria cúpula criolla.

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Se repudia, como es lógico, la conducta depredadora del ambiente del régimen venezolano, pero no captamos la política devastadora que Bolsonaro ha impulsado en la amazonia. Rechazamos la destrucción de las instituciones durante los 22 años de chavismo, pero no encontramos similitud con el socavamiento que Bolsonaro ocasiona a la democracia con su discurso populista, demagógico, sectario minando la propia fe sobre un sistema electoral que nada tiene que ver con las ejecutorias del órgano electoral de aquí, hoy con más equilibrio, pero en deuda.

Y lo mismo puede decirse respecto a Trump, erigido años atrás en el eventual rompedor de cadenas en nuestro patio, mientras en su país fue capaz de intentar un golpe de estado para revertir los resultados electorales que llevaron a la presidencia a Joe Biden. Comprendamos que no todo se puede valer en la búsqueda del poder, que es la democracia lo que debe prevalecer y que el golpismo no ha conducido sino al reinado de los déspotas.

Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.

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