Mostrando los estragos de sus once días de padecimiento de la covid-19, el segundo de abordo reapareció el 3 de setiembre poniendo el acento en una de las metas que Chávez, chalado por la rancia ideología castrista y en medio de los delirios que le ocasionaba la borrachera del rentismo petrolero, llamó “el punto de no retorno”.

Si usted está familiarizado con la nomenclatura que los golpistas del 4-F han volcado como emesis durante las últimas dos décadas sobre el pueblo venezolano, recordará que “el punto de no retorno” sería aquel en el que la revolución, alcanzado un estado de inmarcesibles éxitos, luego de invencibilidad y atornillamiento, sería irreversible, incambiable e invariable hasta el final de los tiempos.

Ese ansiado umbral del “no retorno” tiene cotidianamente una expresión más desembozada, por no decir desfachatada: “¡No volverán!”, a despecho de que los ubique en sentido diametralmente opuesto al comportamiento institucional del resto del continente, inclusive en aquellos países que han sido gobernados por quienes con la mirada en la chequera del “comandante galáctico” se proclamaban seguidores del llamado Socialismo del Siglo XXI.

En efecto, en la Argentina de los Kirchner, en el Brasil de Lula, en el Uruguay de Tabaré Vásquez y Pepe Mujica la oposición recibió el gobierno en estricto respeto a la alternabilidad en el poder que garantiza el texto constitucional.

Evo Morales trató de salirse de esa ruta y hoy deambula por Buenos Aires acusado de terrorismo y pedofilia. Sólo los gobiernos de Cuba y Nicaragua, además de la Venezuela chavista, se mantienen como pústulas abiertas en el cuerpo de la democracia continental.

La tesis del punto de no retorno, reavivado por el jerarca sobreviviente de la covid-19, en simples palabras representa la aspiración a que en Venezuela no sea posible, para nunca jamás, la sucesión regular de los gobernantes y en los poderes del estado, sometiendo los cargos a elecciones democráticas y periódicas, como en toda sociedad democrática.

Si esa línea de “no retorno” supone la voluntad de preservar supuestos logros políticos, económicos y sociales que la élite revolucionaria está decidida a defender a todo trance el objetivo se vuelve absurdo, inasible e inexplicable, pues estarían defendiendo una obra que es la nada en la que han convertido a Venezuela.

 

 

En una posterior aparición, el jerarca rojo explicó que la constituyente (espuria) que preside no va a presentar un proyecto de constitución porque eso era sólo “una premisa” (!) atada a la idea de “refundar el Estado”. Si el propósito ha sido desechado, pudiéramos elementalmente deducir que han concluido en que el estado venezolano ya no necesita ningún cambio o transformación. Estarían aterrizando nuevamente en la defensa de la intraspasable nada.

Todo el mundo sabe que no iban a presentar un proyecto de nueva carta magna que los pusiera en la obligación constitucional de convocar un referéndum, que evidenciaría que por la vía del referéndum, es decir del voto, la línea de no retorno hace tiempo que es punto menos que imposible de alcanzar.

Mientras eso ha dicho el número dos (¿o ahora el tres?), Maduro marcha en paralelo (la ambigüedad es una arma) solicitando la presencia de observadores de la Unión Europea para las elecciones legislativas y jurando por un puñado de cruces que va a prescindir en las legislativas de los nefandos “puntos rojos” con su abominable “carrusel del voto”, ese en el que el ciudadano bajo control de la dictadura no vota, sino que deposita la boleta del que le antecedió y entrega la suya en el punto de control.

El viernes se conoció la respuesta de la Unión Europea, cuyos observadores se topan con la dificultad de supervisar en tan poco tiempo un tipo de proceso electoral que hasta ahora ha sido manipulado, de una u otra forma, meses antes, durante y después de la fecha electoral, esto último desconociendo el resultado de los comicios, repitiendo inconstitucionalmente referéndums fracasados, obstruyendo otros y usurpando o eliminando cargos perdidos (Alcaldía Mayor) o colocando por encima de ellos fichas de la dictadura (protectores).

Se afirma que la participación de los candidatos de Capriles dependía de esa observación europea. El ex gobernador sostiene que lo fundamental no es quedarse en el votar o no votar de hoy, sino luchar o no luchar por condiciones a futuro. No es descocado pensar en que hay que trabajar desde ya para conseguir, como mínimo, unas condiciones idóneas de cara a unas muy próximas elecciones de gobernadores y más tarde el ineludible referéndum revocatorio. El balón quedó en su campo.

Por su parte, Guaidó está en la defensa del interinato, que le garantiza el control de los activos en el exterior y el mantenimiento de sanciones, presiones y aislamiento internacional del régimen que le abran paso a una intervención foránea. Así al menos lo imagina una parte importante del pueblo opositor.

La opción de la intervención extranjera, por la que se ha batido con denuedo María Corina Machado, carece obviamente de factibilidad aún cuando Trump, cuyos voceros dicen ahora que es surrealismo puro, permaneciera en el poder. Negado también luce si nos atuviéramos tan sólo al escenario de pandemia del 2020. Y ni decirlo en el 2021, donde con suerte se pudiera iniciar la ruta de la recuperación global de la economía y del empleo. ¿Y en 2022? Ah, ese es casualmente el año de un referéndum revocatorio, frente al cual no se puede tirar la toalla desde ya.

TAL CUAL

 

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