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La lucha clandestina, por Américo Martín

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En enero de 1953 se concreta mi ingreso a la juventud de AD, a través, lógicamente, de Rómulo Henríquez. Los asesinatos de líderes de AD, la persecución intensificada, el miedo y el deprimente pesimismo causado por el desconocimiento de la voluntad popular en las elecciones para la Constituyente, se conjugan para minar la conciencia colectiva y provocar un reflujo casi total. AD está extremadamente golpeada. El PCV también, aunque conserva indemne su dirección política clandestina. El intocable e incansable Pompeyo Márquez es cada vez más conocido y respetado, incluso por quienes, no obstante oponerse a la dictadura, rechazan el comunismo.

Salimos del liceo hacia el parque Carabobo. Las incorporaciones de nuevos militantes son muy selectivas y por cuenta gotas. La dolorosa experiencia de las infiltraciones impone una cautela que por el momento frena el crecimiento acelerado de la organización. Sentados frente y junto a mí están Rómulo tal vez Frank Peñaloza y algún otro que no recuerdo.

Me darán una charla estimulante de iniciación, dada mi condición de recién llegado, y el responsable de hacerlo es Jaime Pagés, un estudiante de Ingeniería en la Universidad Central. Me da la bienvenida y me explica reposada y ampliamente la importancia del compromiso que estoy adquiriendo. De seguidas me hace una serie de recomendaciones bastante apreciables en ese momento, aunque con los años las he olvidado. Jaime es un hombre serio, sin aspavientos ni hipérboles. Me gusta eso.

Después de la ceremonia me asignan mi primera responsabilidad. Militaré en una célula liceísta dirigida por Rómulo. Para completar el número tres, Nerio Oquendo. Observo la extensión del repliegue de la política de AD desde la era expansiva de Leonardo y su esperanza de un rápido retorno al poder. Todavía quedan recuerdos. En varias paredes leo: “AD volverá”. Rómulo aprovecha para ilustrarme sobre el imperativo de la unidad de la resistencia.

-Esa consigna es sectaria. Impide la unidad, tarea que debemos enfatizar.

A mí no me disgusta del todo el lema “AD volverá” Me parecía una manera valiente de responderle al gobierno y de demostrar perseverancia, pero comprendo los motivos que inducen al cambio.

Poco después me llega una nueva convocatoria por la vía de Frank. Nos reunimos cerca del parque Los Caobos. Es una nueva troika, esta vez Frank, Omar Zamora y yo. El personaje invitado es Juan Pablo Peñaloza, hermano mayor de Frank. Es la encarnación de un perseguido político. Acepta esa condición con una serenidad impresionante. La Seguridad Nacional le sigue los pasos y dada la precariedad de medios en que se encuentra sumido el partido por haberse secado el entusiasmo de muchos colaboradores, no hay donde esconder a Juan Pablo. ¿Resultado? Se le ha autorizado a tomar el camino del exilio.

-La juventud y el partido, comienza Juan Pablo con gran aplomo, están muy maltrechos. En San Agustín nos estamos recuperando y eso ha sido posible por el esfuerzo de Frank y Rómulo. Esta reunión es para seguir haciéndolo. Ustedes tres constituirán la dirección parroquial. Frank será el responsable, Omar el jefe de propaganda y tú Américo, el de finanzas.

-Quisiera encargarme de la propaganda y Zamora que asuma las Finanzas, me animo a contraproponer.

Omar acepta el cambio y yo me retiro con emociones nuevas, embriagado de atmósferas clandestinas. Cada uno se ha puesto un seudónimo. El de Frank es Eduardo Angarita. Lo recuerdo por un incidente que ocurrirá unos meses después. Mi nombre de guerra y el de Omar los he olvidado. Entretanto en el liceo jugábamos a los enmascarados.

Los jóvenes adecos y comunistas confirmaban los temores del régimen. Se congregaban en grupos extrapolíticos para cobrar visibilidad y usaban con frecuencia nombres de escritores o líderes muertos o exiliados.

Leticia Bruzual, militante de la juventud comunista, me invita a escribir de literatura en una cartelera de su organización. Los temas políticos abiertos no pueden abordarse directamente. A través de la literatura algo más puede obtenerse.

El asedio a los líderes de AD y la detención de mis tíos maternos me impulsan a asumir la política con ciega pasión. En el caso de un joven sin muchas experiencias vitales ese espíritu se identificaba con la resistencia y el supremo sacrificio. Entré de lleno en la vorágine y en ella permanecí en medio de los virajes impuestos por la realidad. Al llegar a los 7O años no tuve más remedio que tomarme las cosas con más calma y distancia. Razones físicas, sí, pero también un cansancio mental difuso. Esa historia la contaré cerca del fin de estas Memorias aunque, en rigor como todas ellas, no tengan fin.

*Lea también: ¿Hasta cuándo pagan nuestros niños?, por Griselda Reyes

El último acto presenciado por mí desde la cercanía pero todavía no desde la militancia, fue la elección de la Asamblea Nacional Constituyente el 30 de noviembre de 1952. Al igual que más tarde lo hará en Colombia el general Gustavo Rojas Pinilla, Pérez Jiménez pretendía legalizar el golpe a través de un órgano de soberanía originaria como ese y hacerse elegir presidente constitucional. Eran tantas y tan visibles las sombras acechantes de fraude electoral que Betancourt y Leonardo cometen el error de firmar en conjunto un llamado a la abstención.

Es de imaginar lo obligante que sería para los militantes de AD el llamado suscrito por sus dos más respetados líderes. No faltará quien defina el acto de votar como una traición a la imagen ensangrentada de Leonardo. Y sin embargo, la realidad fue demasiado poderosa; acercándose el minuto final la militancia, en su mayoría, decidió concurrir a votar. El mismo Betancourt dio marcha atrás: sin desdecirse abiertamente, dejó hacer.

Américo Martín es abogado y escritor.

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