Una chama es una sociedad de crédito no convencional en la que el dinero de los miembros se pone en común para ser invertido. Muy populares entre las mujeres de clase media y baja, su buena gestión da pie a grandes proyectos

RAHAB GAKURU

FOTO..Mary Wambui y otra participante de su chama esperan al resto de miembros para su reunión anual, en la que decidirán el destino de su aportación económica mensual. RAHAB GAKURU

El deseo de mejorar la calidad de vida y el bienestar personal se convierte en tarea imposible cuando los ingresos no superan el coste de las necesidades básicas. Y en Kenia donde el 36% de los 2,6 millones de asalariados gana entre 20.000 y 29.900 chelines kenianos mensuales (de 150 a 230 euros) según la Oficina Nacional de Estadística (KNBS), esta tarea es una lucha contra los elementos.

Lo poco que queda después de atender a las necesidades fundamentales no basta para ninguna inversión. Por eso, en la década de 1990 se creó una herramienta a la que se llamó chama, una palabra que, en suajili, significa «grupo». Una chama es una sociedad de crédito no convencional en la que el dinero de los diferentes miembros se pone en común para ser invertido. En África oriental, y particularmente en Kenia, son muy populares entre las mujeres de clase media y baja cuyos ingresos no les permiten hacer inversiones significativas.

Al no ser una institución convencional, las chamas están diseñadas para adaptarse a sus miembros, que son quienes crean sus propias reglas. Originalmente se estableció que cada miembro aportaría una cantidad fija durante un periodo de tiempo determinado, que puede ser de un año. Por ejemplo, una formada por 12 mujeres puede utilizar este sistema para que cada una de ellas aporte 500 chelines kenianos al mes. Al final, los 6.000 chelines o 45 euros se entregan a una de las miembros designada de manera rotatoria en cada reunión. Los riesgos de esta manera de funcionar son altos, ya que las primeras en recibir el dinero en la entrega rotatoria tienen un aliciente para retirarse de la sociedad una vez les han pagado. No obstante, como en cualquier otra inversión, el riesgo de pérdidas existe siempre.

Lo bonito de las chamas es que no tienen límites. Adorable Moms es una de ellas y está formada por 12 mujeres. Según su secretaria, Mary Nwangi, su misión es visitar a los padres de las integrantes y llevarles regalos. «El segundo domingo de cada mes aportamos 2.000 chelines [15 euros] cada una, y visitamos a los padres de una de nosotras. Durante la visita, les entregamos el dinero y ellos nos dan su bendición. También celebramos la ocasión comiendo juntos», explica.

Esta chama, que nació en septiembre de 2019, ha establecido reglas muy estrictas. No asistir a las actividades sin autorización supone una multa de 1.000 chelines (7,5 euros), y el retraso en el pago de la aportación, una sanción de 500 (3,25 euros). «Cuando decidimos poner en marcha la chama no nos conocíamos mucho, así que las normas estrictas eran la manera de asegurar que las obligaciones se cumpliesen bien y a tiempo», añade.

Como la mayoría de sus miembros solo trabajan ocasionalmente, Adorable Moms tuvo que interrumpir sus actividades en marzo, cuando el Gobierno anunció la presencia de la covid-19 y las normas a seguir. «Nuestros padres están dentro del grupo de riesgo, y no vamos a poner en peligro su salud visitándolos. Además, algunas miembros han pasado una época difícil para conseguir trabajo. Por eso acordamos suspender la actividad hasta que mejore nuestra situación económica y no haya casos de covid en el país», explica Nwangi.

Las miembros de la chama Adorable Moms visita a la madre de una de ellas, en el condado keniano de Machakos, para entregarle una cantidad de dinero que entre todas juntas reúnen mensualmente. El mes siguiente, visitarán a otra familia.
Las miembros de la chama Adorable Moms visita a la madre de una de ellas, en el condado keniano de Machakos, para entregarle una cantidad de dinero que entre todas juntas reúnen mensualmente. El mes siguiente, visitarán a otra familia. ADORABLE MOMS

Según la secretaria de la sociedad, para las visitas se ponen un uniforme. La miembro a la que visitan decide la vestimenta que tienen que llevar. «Hemos recibido solicitudes de personas que querían unirse a nosotras, pero todavía tenemos que terminar la primera ronda. Estamos pensando en añadir más cuando la hayamos completado, pero también en excluir a algunas que no cumplen si no se las presiona», afirma.

Nwangi cuenta que la experiencia ha sido un proceso de aprendizaje. Cuando formaron el grupo eran unas desconocidas, y ahora ha hecho amigas. «También hemos desarrollado un vínculo más estrecho con nuestros padres. Mis padres estaban muy orgullosos de que haya vuelto para mostrarles mi agradecimiento por educarme y pedirles su bendición», añade.

Por último, advierte que, para poner en marcha una chama, hay que asegurarse de que todos sus miembros tienen un objetivo similar. Si no, el grupo acaba con grandes pérdidas de dinero y de amistades. «Actualmente formo parte de tres y he conseguido ahorrar bastante para mi futuro. De lo contrario, habría malgastado el dinero porque era demasiado poco para hacer algo tangible».

Una banca autogestionada

Otro aspecto más popular y reciente es la función de estas asociaciones como una banca comunitaria autogestionada. Los miembros del grupo se reúnen cada mes y ponen el dinero, literalmente, encima de la mesa. Este queda inmediatamente a disposición de quien lo necesite en forma de préstamos a muy bajo interés. De este modo se eliminan las comisiones bancarias, el tiempo de espera para la concesión del préstamo y muchos otros obstáculos a los que hay que enfrentarse cuando se necesita un crédito, pero no se tiene una nómina o un aval.

La chama Namunyak consta de cinco miembros, todas ellas mujeres. Namunyak es una palabra masái que significa «la afortunada». «Las cinco fuimos juntas al instituto. Cuando acabamos los estudios, quedábamos a menudo y nos poníamos al día. En esos encuentros decidimos poner en marcha esta chama con la misión de reforzar una amistad de 14 años. El objetivo secundario era invertir y prosperar juntas», cuenta Mary Wambui, secretaria de la sociedad.

Al no ser una institución convencional, los chamas están diseñados para adaptarse a sus miembros, que son quienes crean sus propias reglas

Cada mes, las integrantes de Namunyak se reúnen y aportan 1.500 chelines kenianos cada una. Cinco mil chelines se depositan en su cuenta de ahorro, mientras que los 2.500 restantes se entregan a una de las miembros de manera rotatoria. Wambui dice que «los ahorros les vienen muy bien a las socias que necesitan un préstamo rápido y sin avales para invertir».

Por sus préstamos, Namunyak cobra un 10% de interés sobre el capital principal y una penalización del 10% sobre los intereses por cada mes de retraso en la devolución. Para los préstamos inferiores a 100.000 chelines kenianos (75 euros) hay un periodo de gracia de un mes, y para los superiores a esa cantidad, de seis meses. Según la secretaria del grupo, otorgan préstamos exclusivamente a los miembros. Sin embargo, un miembro puede tomar un préstamo para su cónyuge o su familia inmediata mientras se haga responsable del mismo. «El nuestro es más bien un grupo de amigas. Las integrantes ya conocen la situación económica de las demás, por eso no castigamos por no cumplir las obligaciones durante el periodo de gracia», añade.

Al principio, Namunyak tenía seis miembros, pero al cabo de seis meses la sexta mujer quiso dejar el grupo. «Era mi amiga, pero para el resto de socias era una desconocida. Yo creía que había entendido que nuestro objetivo era a largo plazo. En cambio, ella quería algo a corto plazo, así que le devolvimos su aportación. Esa es la razón de que no aceptemos nuevos miembros aunque hayamos tenido varias solicitudes de personas que querían ingresar», explica Wambui.

Objetivo: una explotación agrícola

Namunyak está pensando en comprar una explotación agrícola. Su cartera actual está repartida entre el mercado de dinero, los ahorros y los préstamos. Entre sus asociadas, hay tres con préstamos por valor de 250.000 chelines, unos dos mil euros. «Una de ellas ha puesto en marcha un negocio de alquiler de casas, otra ha pagado las tasas universitarias de su hermano y la tercera ha tomado el préstamo también para su hermano. Si no tuviésemos esta herramienta, nuestras tres socias habrían sido incapaces de conseguir un crédito rápido y barato del banco», explica Wambui, y concluye: «Para mí, Namunyak es una plataforma de ahorro. Sé que tengo mi plan de jubilación en orden. También tengo una chama familiar».

Las instituciones financieras intentan por todos los medios ofrecer soluciones personalizadas para hacerse con estos grupos que funcionan al margen del sistema bancario. A partir de un plan de préstamos iniciado en el suburbio de Mathare, Faulu Microfinance Bank se ha convertido en una de las que más operaciones realizan con las chamas. El banco de microfinanzas, fundado por Food for the Hungry International (FHI), una organización humanitaria cristiana, ha logrado desarrollar una plataforma dirigida a integrar a estos colectivos en el sistema bancario convencional.

Edwin Thuo, director de banca comunitaria de Faulu, tiene la esperanza de que la plataforma ofrezca a los interesados la posibilidad de aprender dónde y cómo invertir.

Según Thuo, «la mayoría de las chamas del país no tienen ni idea de qué hacer con su dinero. Por eso estamos aquí. Queremos acompañar a los grupos en su camino de crecimiento. Por lo general, nuestro papel es el de un asesor. Si una de estas agrupaciones está de acuerdo en trabajar con nosotros, mandamos un profesor a una de sus reuniones. Les ayudamos guiándolos en el proceso de registro y les damos ideas sobre dónde invertir. También les ofrecemos servicios financieros en caso de que el proyecto en el que quieran embarcarse necesite más capital. Es difícil decir cuántas chamas hay en Kenia porque para poner en marcha una de estas sociedades no hace falta registrarla».

Dos representantes del banco de microfinanzas Faulu habla con dos miembros de una chama durante una feria de negocios en Nairobi, Kenia.
Dos representantes del banco de microfinanzas Faulu habla con dos miembros de una chama durante una feria de negocios en Nairobi, Kenia. RAHAB GAKURU

Se calcula que existen más de 300.000 chamas que, en conjunto, poseen una base patrimonial de más de 300.000 millones de chelines kenianos en activos (2.400 millones de euros aproximadamente). En 2016 se celebró la primera Chama Expo, una muestra anual cuya finalidad es salvar la brecha de irregularidad que separa a las chamas de las instituciones financieras y los grupos de inversión.

Aunque con menos frecuencia, los hombres han empezado a unirse a lo que antes eran grupos exclusivamente de mujeres.

Frederik, secretario de una chama de 20 miembros, prefiere no revelar su verdadero nombre: «Somos un grupo de amigos que ponemos en común nuestro dinero para invertirlo, porque invertir individualmente en Kenia es muy caro y casi imposible. Cada sábado aportamos 50 chelines kenianos por cabeza. El dinero se deposita en una cuenta en M-pesa [dinero móvil] custodiada por nuestro tesorero. Con los ahorros no concedemos préstamos».

La chama se creó en 2017, no está registrado y sus miembros no saben en qué invertir. Sin embargo, esperan asistir a una segunda Chama Expo después del coronavirus. «La primera vez que estuvimos fue una revelación. Nos ofrecieron posibilidades de inversión que iban desde terrenos y casas, participaciones en cooperativas de crédito y ahorro y proyectos agrícolas. Para el ocio había viajes de vacaciones. Los terrenos y las casas son atractivos, pero demasiado caros para el dinero que tenemos en la chama. Para todos nosotros esta inversión es muy importante, así que vamos a dedicar todo el tiempo que haga falta a elegir la mejor opción», remacha Frederik.

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