Leo en el Breve diccionario etimológico de Gómez de Silva los significados de manifestación. Uno alude a la acción de revelar, descubrir lo ignorado, mostrar sentidos ocultos como hace la epifanía cristiana en relación a la divinidad. En sentido cívico, manifestación es la reunión, generalmente al aire libre, para expresar un interés común, reclamar un derecho o hacer pública una protesta.

Un proceso electoral es la manifestación del pueblo, constitucionalmente definido como el soberano. Así que su voluntad expresa una autoridad que está por encima del gobierno, sea democrático o dictatorial. Pero la existencia o no de democracia es determinante para abordar diferenciadamente el tema de los derechos.

En las democracias la unidad, básica y activa, de la selección competitiva de los gobernantes es el voto. En una dictadura, la fuerza. La democracia es deliberación, consensos y control de los ciudadanos sobre el Estado, la dictadura impone un proceso inverso.

Es casi inexplicable que con un 80 % de rechazo el oficialismo, la oposición mayoritaria en la Asamblea Nacional haya desistido de luchar unidos por transformar ese rechazo en una rebelión electoral. El G4 realiza una fuerte campaña abstencionista que en vez de apuntar a la derrota del régimen propicia convertir la elección parlamentaria en la validación de una estrategia para derrocar a Maduro sin votos y sin balas.

Lo que la actual politología denomina “hegemonía” es abiertamente una situación brutal de dominio opresivo y excluyente de la mayoría por parte de una minoría que asalta y monopoliza el aparato del Estado. El régimen afinca su orden represivo en idiotizar a los ciudadanos, echarlos del foro político, sacarlos de la participación en los asuntos públicos y sojuzgarlos a placer.

En tal aplastamiento de la sociedad es un contrasentido llamar a un pueblo a renunciar al poder que reside en sus manos. No existe otra manera de elegir a los gobernantes, constitucional y democráticamente, que no sea mediante el sufragio. La abstención entrega ese derecho, anula las fuentes que originan la existencia de la democracia, concede al bloque autocrático una ventaja para perpetuarse con el consentimiento tácito de una mayoría que renuncia a protestarlo, rechazarlo y castigarlo con el voto.

En el caso de Venezuela es una renuncia demencial, un fraude a la conciencia cívica y lo peor, estimula una guerra entre una oposición fragmentada y atrincherada en posiciones irreconciliables.

Dejar de hacer la crítica real de los votos para dedicarse a la crítica virtual, al boxeo de sombras de los tuits, a la narcisista adicción al videíto crea la falsa conciencia de que se está en algo y proporciona la tranquilizadora ilusión que desde la pasividad se puede mover el cambio.

La pista desde donde despega la abstención es una estrategia agujereada por fracasos y derrotas. Sus aterrizajes no pueden ser peores: poner como final de la salida un gobierno en el exilio exterior (el inxilio, con la gente, ya lo sufre) y dejar a quienes se quedan en el país a merced de la frustración, la desesperanza o la sensación de impotencia. Todos sabemos que a la vuelta del 6D nos espera un duplicado agravado de la abstención del 2005.

Pero no estamos condenados al carrusel de las desdichas. Los estudiantes en la calle no dejan de manifestar porque una barrera policial les impida avanzar. ¿Vamos a dejar la manifestación electoral porque las restricciones y ventajismos oficialistas nos quitan garantías democráticas?

Para salir de la desgastada “nuestra misión histórica”, apelemos a la ética weberiana de la responsabilidad: votar como paso inicial para asumir el retorno a la gente, la defensa de la democracia como bien cotidiano y la organización de un movimiento donde todas las franjas opositoras tengan espacio. Es un imperativo construir nuevas coincidencias para que evitemos que buscando la transición a la democracia, recalemos en la del autoritarismo al totalitarismo.

Simón García es Analista Político. Cofundador del MAS.

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