No comen carnes rojas, aves, ni pescado. Mucho menos cerdo. Y cuando se les ofrece como alternativa una ensalada rusa que teníamos a mano se aseguran primero de que no tenga mayonesa, aunque sea hecha en casa. Le retiran luego la zanahoria por aquello del azúcar. Y van después a lavar la lechuga sobre la que está servida. Porque no confían en nuestra asepsia.

Al final, no se sabe si para incomodar, llamar la atención, diferenciarse porque sí del resto de los comensales, o porque en realidad no saben lo que quieren, sacan una gelatina transparente y una galleta integral de avena y se sientan a comer en posición de loto sobre un kilim turco mientras critican y desprecian –por impuros– los platos que los demás invitados consumen con placer sentados juntos en la mesa.

Así, palabras más, palabras menos, intento explicarle a mi vecino bogotano la manera como actúan dos tipologías de opositores que se han convertido en un lastre que poco aporta, pero mucho obstruye, a las iniciativas de las diversas fuerzas que intentan actuar juntas para poner fin al régimen militarista que ya destruyó la democracia y se prepara a terminar de hacerlo con el país.

 

 

No incluyo en estos grupos a los llamados “alacranes” que son otra cosa: una oposición pret-a-porter que se construyó el Gobierno rojo enhebrando los cadáveres insepultos de varios dirigentes en otro tiempo importantes de AD, Copei, el MAS y el “chiripero”. Dirigentes abandonados por la historia. Aquellos que, como no lograron hacerse escuchar por las nuevas generaciones, encontraron oxígeno en los respiraderos artificiales que el chavismo creó para políticos exitosos de la era democrática ahora en decadencia.

Incluyo sí a dos especies cuyo actuar público está marcada por ser la oposición de la oposición. Una oposición “parasitaria”. La que subsiste básicamente para deslindarse a como dé lugar, oponerse y descalificar las directrices de las que es vocero el presidente interino Juan Guaidó, a los partidos políticos agrupados en el G4 y ahora a las organizaciones de la sociedad civil que exitosamente convocaron la semana pasada la Consulta Popular.

Los divido en dos bandos. Primero, los “francotiradores”, aquellos que –como María Corina Machado, Antonio Ledezma y ahora Henrique Capriles– actúan cual ángeles caídos. No se retratan en grupo. Y andan como lobos solitarios por los tejados de la actividad política con un rifle telescópico disparando declaraciones venenosas, críticas en forma de dardos con curare, en contra de todo lo que haga la demás dirigencia política de la resistencia democrática. La que tiene más likes que ellos tres juntos.

En segundo lugar, están los “principistas”. Son aquellos –generalmente analistas políticos académicos a quienes acompañan desde el extranjero muchos periodistas subinformados– que siempre opinan en nombre de la fidelidad a la democracia. Y aunque cuestionan al régimen militarista y saben que las elecciones de Maduro son una farsa, exigen participar en cuanta consulta electoral se haga, no importa en qué condiciones, solo para ser fieles a un juego y una institucionalidad democrática que, es preciso recordárselos, solo existe en sus cabezas.

Son los que por razones de “vocación democrática” creen que es mejor sentarse a una partida de póker con un tahúr de cartas marcadas que negarse a hacerlos y exigir que se juegue limpiamente con otro mazo. Generalmente argumentan que “los espacios conquistados no se entregan”, que “es preferible salir derrotados que cederles el terreno sin pelear”, o que “hay que aprovechar las últimas rendijas del juego democrático”.

Actúan como aquellos generales de la primera guerra mundial a cuyas tropas estaban masacrando dentro de sus trincheras, pero ellos no se retiraban a tiempo por el principio de no ceder territorio. Y al final morían acribillados junto a los soldados. Como héroes. Pero, claro, héroes muertos.

“Francotiradores” y “principistas”, son por supuesto de una ética distinta a la de los llamados alacranes. Pero igual que ellos y que el gobierno militarista rojo, no son capaces de reconocer los éxitos estratégicos de la oposición reconocida como legítima por la comunidad democrática internacional. Y, en consecuencia, por estos días se han negado a darle valor a la Consulta Popular y a reconocer el éxito que ha significado su realización en medio de la impotencia en la que estamos sumidos ante el poder armado desde donde gobiernan los rojos.

No es solo un asunto cualitativo lo que hay que valorar: los casi siete millones de pronunciamientos ciudadanos y los tres millones que lo hicieron presencialmente, soportando muchos el hostigamiento de los grupos paramilitares oficialistas. Es también la capacidad demostrada por sus organizadores utilizando los propios archivos del Consejo Nacional Electoral y una plataforma digital que, si bien tuvo fallas, funcionó eficazmente haciéndonos recuperar por un instante la profunda satisfacción de emitir un voto. Aunque el gobierno de facto no lo reconozca.

Porque, y eso es lo más importante, nadie en su sano juicio cree que la operación es vinculante y mañana por la tarde Maduro, sus generales pretorianos narcos y los colectivos paramilitares saldrán huyendo por Maiquetía.

Lo que la consulta representa –no debemos olvidarlo– es una acción sustituta, compensatoria, de las elecciones libres que la cúpula oficialista se niega a convocar.

Es la opinión amordazada intentando hacerse escuchar. La posibilidad de que los millones de venezolanos que nos negamos a convalidar un acto ilegal, írrito, espurio, delictivo e inconstitucional pudiésemos ver nuestra opinión cuantificada y valorada como se hubiese hecho en condiciones realmente democráticas, más allá de la abstención.

Llámela usted como quiera, “acto simbólico”, “gesto sin consecuencias”, “decisión no vinculante”, pero esos siete millones de sí a las tres preguntas que nos llaman y llaman a la comunidad internacional a actuar contra el régimen, son la confirmación del talante democrático de una población que pese a todas las desventuras, el sufrimiento, las desgracias, los desencantos, las traiciones y los delirios egoístas de cierta dirigencia onanista, sigue manteniendo su capacidad de lucha y su voluntad de expresarse democráticamente. Lo demás es el vacío. O la guerra. Para la que no estamos preparados y la que nadie va a hacer por nosotros.

Pregúntele usted a los “francotiradores” cuál es el otro camino y se encontrará con las declaraciones madrugadoras, el lunes por la mañana, del exalcalde Antonio Ledezma. Un hombre valiente y comprometido, un dirigente con voz propia que, sin embargo, como tantos otros no ha logrado encontrar una perspectiva razonable en esta batalla.

El 14 de diciembre, El Nacional reseñó el balance de Ledezma: “Ni fraude, ni consulta popular: ¡Hay que salir de Maduro!” declaró. Entendido. Pero provoca decirle a Ledezma, con cierto cariño, desparpajo y un golpecito en el hombro: “Está bien amigo, pasemos por alto que nos irrespetes poniendo en el mismo nivel la acción fraudulenta del Gobierno con el esfuerzo honesto de los millones de opositores que participamos. Pero, ¿esa es la conclusión?, ¿es ese tu aporte? ¿tu máximo esfuerzo conceptual?, ¿tu hallazgo de imaginación política después de una larga noche de reflexión sobre el significado de la Consulta Popular?”. Terminaríamos despidiéndonos, ya casi con saludo de Navidad: “Apreciado Antonio, gracias por la iluminación, entendemos la profundidad y contundencia de tu mensaje: sí, hay que salir de Maduro, pero, ¿antes de que llegue el 2021 tendrías la cortesía de informarnos cómo?”.

TAL CUAL

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