La ciudad de la música, silenciada ahora por la pandemia, es el inicio de un periplo por las huellas de la cultura negra en Estados Unidos en plena movilización antirracista. Los músicos jóvenes ayudan a los viejos en esta nueva crisis. Ellos les enseñaron a tocar

FOTO..Manifestantes en Minneapolis protestan en contra de la reapertura forzada de la ciudad, en una zona conocida como George Floyd Square, en homenaje al hombre afroamericano asfixiado por un policía el pasado 20 de mayo.BRANDON BELL / GETTY IMAGES

Un cartel con reconocimiento especial al Pueblo de Qatar da la bienvenida al barrio más peculiar de Nueva Orleans, uno de nuevo cuño, que se llama la Villa de los Músicos y es el hogar de muchos músicos que aún lo son pero apenas ejercen, viejos trompetistas y pianistas, jazzistas y carnavaleros, antiguas glorias locales depositarias de mil relatos, reales y apócrifos, que perdieron sus casas con el huracán Katrina. Un grupo de entidades ayudadas de dinero catarí construyó esta urbanización de palmeras y casas homogéneas, pintadas en distintos colores de tono pastel, que pide a gritos que alguien la alborote con un balón o un patín.

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Uno de sus habitantes más ilustres es Alvin Lee Johnson, que nació en 1939, y aprendió a tocar la trompeta casi al mismo tiempo que a caminar, pero acabó ganándose el pan con el piano. Se lo ganó, aunque no logró mucho dinero. Una historia más del mundo de la música, otra historia típica de Nueva Orleans: en 1960 compuso el que sería el éxito de su vida, Carnival Time. Cuando el tema empezó a sonar por todas partes, lo llamaron a filas. Al regresar de Fort Bliss (Texas) en 1964 la canción ya era un himno del Mardi Gras, pero se tuvo que enredar en una larga batalla legal por el cobro de derechos. Eso sí, ató la canción a su nombre para siempre.

Al Carnival Time Johnson vive ahora en una de esas casas obra y gracia del pueblo de Qatar. Apenas hay coches aparcados en la acera y ningún niño juega en la calle. La villa de los músicos, menudo nombre para un lugar tan callado, tan vacío. De repente, el sonido de un instrumento de viento se escapa a través de una de las puertas. Imposible adivinar cuál. Son apenas dos notas y, de nuevo, silencio.

“¿Al Johnson? ¡Al Johnson es una leyenda! Es una gran persona”, dijo al hablarle de la cita el músico Troy Andrews, alias Trombone Shorty, una celebridad de la ciudad que alcanzó fama internacional con la serie Tremé, David Simon.

A los pocos instantes de llamar a la puerta, el último martes de julio, la leyenda abrió. Llevaba una gorra de piel marrón, una mascarilla negra y una camiseta blanca de una clínica de músicos de Nueva Orleans. La mesa del comedor, a mano derecha, estaba repleta de medicamentos. Tiene 81 años y una casa llena de fotografías y cachivaches que lo atestiguan. Al Johnson con su ídolo, Fats Domino; Al Johnson tocando en el Mardi Gras; Al Johnson en la Casa Blanca, con el presidente Barack Obama y Michelle, la primera dama; Al Johnson en el último festival. Junto al piano, una guitarra. ¿También la toca? “Me hice con ella en 2005, a raíz del Katrina, porque me quedé sin piano, pero no es lo mío”.

El músico Al 'Carnival Time' Johnson, de 81 años, tocando el piano en su casa, en la Villa de los Músicos, en Nueva Orleans.
El músico Al ‘Carnival Time’ Johnson, de 81 años, tocando el piano en su casa, en la Villa de los Músicos, en Nueva Orleans.AMANDA MARS

En el quince aniversario del huracán más cruento de su historia, Nueva Orleans vive atravesada por el coronavirus. La pandemia ha apagado el sonido en una ciudad que no se entiende sin sus clubes, sus pasacalles, sin la juerga permanente en Bourbon o Frenchmen Street, y muchos artistas que viven al día han quedado desamparados.

Devin de Wulf, fundador de la entidad sin ánimo de lucro Read Beans, ha recaudado fondos para que jóvenes músicos hagan la compra de supermercado a los músicos viejos, como Al Carnival Johnson, de forma que no tengan que salir de casa y eviten el riesgo de contagio. “Es una forma de ayudar desde varios puntos de vista, contratamos a músicos jóvenes para que lo hagan y los mayores reciben, además de la comida gratis, una visita, alguien con quien hablar un rato, algo que agradecen mucho”.

“Es un lagniappe… Me gustaría enseñarle esta palabra”, continúa De Wulf sentado en el porche de su casa, “es una palabra francesa adaptada del quechua que los españoles criollos trajeron a Nueva Orleans y significa un regalo, un extra gratuito con el que obsequian, por ejemplo, en un restaurante. Esta gente se ha pasado la vida enriqueciendo esta ciudad y es una forma de dar algo a cambio”.

En Nueva Orleans muere y se desparrama el Mississippi, el río que recorre Estados Unidos de arriba a abajo, que sirvió para transportar a esclavos que llegaban al puerto y también para que estos escaparan. EL PAÍS inicia una serie sobre el pasado y presente de los negros americanos que empieza en este singular trozo de América y termina en Minneapolis, donde la muerte hace tres meses de un afroamericano llamado George Floyd en un arresto brutal provocó la mayor ola de movilizaciones contra el racismo en medio siglo.

Francesa, africana e hispana, Nueva Orleans alumbró el primer barrio negro de todo el país, Tremé, inventó una cocina insólita y propia, una música nueva. Todo es doloroso y vivaz al mismo tiempo. La plaza Congo, donde se compraba y vendía a personas negras, era también el lugar donde de vez en cuando los amos los dejaban tiempo libre para departir y danzar. Hoy se encuentra dentro de un parque cuyo nombre homenajea a un hombre también afroamericano, que aprendió a tocar la trompeta en un correccional a principios del siglo XX, cuando era un adolescente, y se convirtió en una estrella eterna: Louis Armstrong.

“Ocurre algo con esta ciudad y es que muchas de las cosas que la hacen especial llegaron por algo horrible como es la esclavitud”, resumió Jordan Bridges, tomando café en la terraza de un nuevo local de Tremé, Old Road Coffee. Bridges, de 32 años, padeció el Katrina siendo un adolescente. Tuvo que salir por piernas con su madre y sus hermanos mientras su padre, Joe, se quedaba en la ciudad construyendo otra casa. Pasó unos meses en la ciudad de Washington, donde a su madre, que cursaba Derecho, le dieron una beca para afectados por el huracán para seguir con sus estudios y también una casa para vivir. Ahora trabaja en una organización social y es músico. Había quedado con él para que me contara cómo le iba en la vida, cómo veía la ciudad. Me dio a escuchar la canción que grabó justo antes de la pandemia, Tell me, y sonaba bien. La letra decía “¿No hemos visto suficiente? Esto no son ilusiones…”

La banda de música Bon bon Vivant, que desde la pandemia hacen conciertos domingos en su casa y los transmiten en directo en redes sociales.
La banda de música Bon bon Vivant, que desde la pandemia hacen conciertos domingos en su casa y los transmiten en directo en redes sociales.AMANDA MARS

Un rato después, una casa del barrio de Marigny acogía una especie de concierto privado. Desde la pandemia, la banda de Jeremy Kelley, Bon bon vivant, actúa cada domingo por la tarde desde su casa y lo transmiten en directo por redes sociales. Tocan una curiosa música Indie Gypsy, Cabaret Nouveau y pasan la gorra virtual a través de Venmo, una aplicación de pago entre particulares. No hay aplausos, claro, y la apoteosis final, aunque hace retumbar las sartenes colgadas de la pared de la cocina, resulta anticlimática.

“Es curioso, de esta forma podemos saber muchas cosas de quienes nos siguen: cuándo se conectan, cuándo se desconectan, desde dónde… Pero sin verles las caras eso es muy difícil de interpretar, es como no saber nada de ellos”, dice Kelley, de 42 años, mientras se toma un bourbon tras el show. Se mudó hace pocos años desde California junto a su esposa, Abigail Cossio, desde 38, y su hermana Glory, de 39. ¿Por qué deja uno la costa Oeste por Luisiana? “Porque este es un sitio con una cultura musical y una tradición que no existe en otras partes. Aquí, cuando acaba un concierto, un músico viejo viene a hablarte y te da consejos, y se crean relaciones así”, explicó tomando . “Se te pone malo alguien y enseguida alguien te ayuda”.

Shorty, el famoso músico de Tremé, asegura que esa es una seña de identidad de la ciudad: “Totalmente espontáneo y genuino, así es como crecí yo. Es una tradición de la que se habla poco, pero a mí hoy en día aún me ocurre, es algo mágico el modo en que los músicos de Nueva Orleans nos tratamos como una familia”. Lagniappe, como decía Devin de Wulf, la gran palabra inventada por Nueva Orleans.

Al salir, otra banda estaba tocando en medio de una glorieta cercana a la casa de Jeremy. A falta de bares, los músicos se las arreglan para actuar por cualquier lado, como cuando el agua reclama su sitio en las ciudad. El huracán Katrina se llevó por delante 2.000 vidas y destruyó el 60% del parque de viviendas, pero los músicos se pusieron a trabajar de nuevo muy pronto, no había otro remedio. No hubo tregua en la calle Bourbon o Frenchmen. El show debe continuar siempre en Nueva Orleans.

Frenchment Street, una zona muy popular de clubes en Nueva Orleans, vacía por la pandemía.
Frenchment Street, una zona muy popular de clubes en Nueva Orleans, vacía por la pandemía.AMANDA MARS

El distrito francés, French Quarter, el de la música, el turismo y el alboroto, se recuperó relativamente rápido y la gentrificación ha renovado completamente buena parte del histórico barrio negro. Las heridas del huracán, sin embargo, son aún visibles en el Lower Ninth Ward en forma de solares donde nadie volvió a construir nada, por falta de dinero o por temor a otro desastre. Michelle Williams, de 44 años, hace de guía improvisada por la zona. “Allí estaba la casa de mis padres”, dice, señalando una maleza al final de la calle Flood, nombre que parece una broma de mala leche porque significa riada. Entonces, como ahora con la covid-19, la crisis ha exhibido la brecha entre negros y blancos, entre pobres y ricos.

“Yo creo que puedo decir que he disfrutado mucho con la música, no he ganado mucho dinero, pero tengo bastante para vivir. Anoche escuché unas de mis grabaciones, Lower Ninth Ward Blues, y creo que era buena. He disfrutado mucho tocando y creo que lo he hecho bien”, dijo Al Johnson desde la Villa de los músicos. El mundo era aún un lugar injusto, dijo, cuando la conversación llevó a George Floyd.

Al Johnson viajó muchos años en autobuses donde unos letreros indicaban dónde se podían sentar los negros. “Mis padres me enseñaron a ser amable en un mundo malvado. Tuvimos que ser buenos en un mundo malo”, añadió. Años después acabaría en la Casa Blanca posando junto al primer presidente afroamericano de la historia.

Cuando terminó la entrevista, levantó la mano: “Espere un momento, voy a tocar algo para usted”. Se sentó con aire solemne al piano e interpretó Blueberry Hill, de Fats Domino. Lo hizo muy serio, concentrado, como si estuviese en un escenario. El lagniappe del día, el segundo concierto privado que me regalaba la ciudad. Sonaba fuerte, probablemente se oyó en toda la calle, y aquella fue por fin la Villa de los Músicos.

La siguiente parada será Birmingham, Alabama, conocida como Bombingham por los hachazos del Ku Klux Klan, la cuna de Angela Davis y unas antiguas barberías que parecen museos de los Derechos Civiles y, además de cortar el pelo, te registran para votar.

EL PAIS DE ESPAÑA

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