El conflicto de intereses que resume el proceso electoral norteamericano pone a prueba la fuerza de cohesión resolutiva de sus instituciones y la vigencia de valores que permitan defender derechos sin desconocer los de otros. A pesar del choque al borde de la riña en una disputa que se está decidiendo por menos de un punto en cuatro estados, se está imponiendo la superioridad de la democracia para mantener la unidad de una nación. Sus líderes tienen pensamiento institucional.

El dictamen de la voluntad popular y la necesaria verificación de la transparencia en la emisión y conteo de votos dará un ganador incuestionable. La fuerza del voto, medio fundacional del acto democrático, alejará el temor de que por trastiendas se reponga un capítulo de Castillo de naipes.

Junto con mirar el escenario principal, donde suceden los acontecimientos reales, hay percepciones sobrepuestas que se reflejan en nuestra aldea. En esta percepción sobrevenida destaca una polarización en las redes, como si estuviéramos contando votos en el condado de Baldwin. Algunos encarnan la manía criolla de suponernos jueces del mundo, como Pablo Medina que, al no encontrar fondo en su espumosa pompa, levanta sus manos para comunicar el extravío de un fanatismo por Trump. En el otro lado de una mesa, donde unas opciones están desapareciendo, otros apostadores se cruzan de brazos y se niegan a considerar que es la oportunidad para cambiar de barajas.

Es difícil imaginar hoy que el fracaso catastrófico del modelo impuesto autoritariamente por Maduro ocasione una rectificación en la cúpula oficialista. Pero la destrucción del país y las calamidades sociales están despertando descontento y rechazo en la base y franjas intermedias del chavismo. Hay pequeños indicios de rebelión en la granja que pueden presionar a reabrir el esfuerzo de Oslo.

En la oposición, aún mayoritaria por su presencia en la AN, está surgiendo un debate que llama a realizar ajustes y reorientar la estrategia. Solicitud que solo ha hecho pública Juan Carlos Caldera de PJ. Un paso interruptus ya había dado Capriles respecto al plan de Trump sobre la transición en Venezuela.

Un nuevo gobierno en EEUU pondrá a la oposición ante el dilema de cambiar o menguar. Además del triunfo demócrata, existen razones de país y objetivos no alcanzados que hablan de la urgencia de reasumir fuertemente una combinación de movilización pacífica a pequeña escala, rediseños organizativos y comunicacionales con decidida participación electoral. Biden es un estímulo a despedir las aventuras de una invasión o la fractura violenta de la FANB.

Después de la desmoralización y la frustración que se producirá con una segunda entrega de la AN, que pintará de rojo rojito el mapa de Venezuela, no quedará más opción que recomponer la oposición con una estrategia pacífica y electoral. Si el liderazgo actual no promueve ese viraje, surgirán nuevos actores y movimientos.

El primer paso es quitarle oxígeno a la candela emocional que polariza los cerebros. El miedo, los prejuicios, la indiferencia por la verdad no puede seguir sosteniendo una visión autoritaria y conservadora de la transición. El autoritarismo en la oposición es el peor modo de combatir al autoritarismo revolucionario.

Hay que contener la importación de polarización que proviene de un mal espíritu del mundo que induce a guerras ideológicas, nacionalismos estrechos, fanatismos religiosos y rupturas emocionales con quienes nos acompañan o difieren de nuestras luchas. La reconquista de la democracia es reconstrucción permanente de equilibrios y despolarización, no una cruzada para imponer una opción excluyente, sin debate y sin consensos.

Simón García es Analista Político. Cofundador del MAS.

TAL CUAL

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here