La crisis política en Venezuela tiene inexplicables vueltas. Es un laberinto cuyas paredes se adornan con elementos que se mueven al revés o componentes que se reproducen incongruentemente. Una enrevesada caricatura de egos y pequeñas ambiciones.

Un primer ejemplo de ello son las inversiones en la misión de los partidos y las deformaciones en la conciencia democrática de la sociedad. Cuando se requiere defender el voto como conquista (la elección directa de gobernadores y alcaldes se logró en Venezuela en 1989 y el voto femenino y de los analfabetas se estableció en 1947) lo que se produce es una lluvia de argumentos para desacreditar y rodear de dudas el voto.

El dilema de votar sin democracia es viejo y se dilucidó, en el siglo pasado, a favor de la participación, aún con dirigentes presos, partidos ilegalizados y el conteo de votos en manos de la trampa.

En Venezuela se resolvió ese debate en 1952, pero en este tiempo los partidos decretaron recurrentemente el abandono del escenario electoral y, en el 2020, la clase media, desesperada por el plan gubernamental para liquidarla, se adentró en la ciénaga de la abstención. La dignidad se confundió con la renuncia a un derecho.

Es sorprendente que frente a un Estado autocrático, cuya misión es desmantelar la democracia formal, acabar con los  procesos electorales competitivos e instaurar un régimen de partido único, se responda con la abstención y se renuncie a traducir el descomunal descontento en voto castigo a los responsables de la destrucción del país.

 

 

En vez de promover el valor del voto, le quitan esa herramienta de lucha a los ciudadanos; en vez de movilizar y organizarlos se llama a la cuarentena comicial;  lejos de  exigir garantías democráticas y pelear por la vigencia de la Constitución se entrega la Asamblea Nacional y se le saca la silla al gobierno interino. La comunidad internacional mantiene su compromiso con la causa democrática, aunque se atragantó con la tesis inconstitucional de la continuidad administrativa.

Jorge Luis Borges, en uno de sus prólogos a la Historia Universal de la infamia, se refiere al barroco como “la etapa final de todo arte,  cuando éste exhibe y dilapida sus medios”.

No hay duda de que, en vez de incrementar las energías de cambio, las hemos dilapidado. El inmenso capital que en el 2015 la sociedad depositó con esperanza y determinación, lo hemos malgastado. Una estrategia equivocada llega a su etapa final.

La oposición debe dejar el regodeo sobre sí misma y reconectarse con la gente. Sacudirse la derrota, admitirla, analizar sus causas y acordar su retorno a la vía electoral. Salir de la reticencia a los medios democráticos, de la justificación del mantra fracasado, de fantasear con invasiones y entrompes insurreccionales, de recaer en polémicas viciadas y conductas insidiosas. Debe abrir un nuevo capítulo para eludir el marasmo.

Hay que conformar una alianza, a partir de las  regiones,  con participación activa y autónoma de actores no directamente políticos, instituciones y liderazgos partidistas capaces de construir coincidencias políticas. Pensar en la gente y formular una oferta de reconstrucción de la sociedad, la economía y el bienestar desde cada Estado.

Las fuerzas cívicas deben ir, una y otra vez, a la contienda por la democracia y organizar una resistencia firme al propósito de cerrar la sociedad libre.

Hay que asumir los costos del cambio de estrategia y dedicarse a recomponer las fuerzas opositoras para volver a la cancha dominada por el contrario. Mañana puede ser tarde.

Simón García es Analista Político. Cofundador del MAS.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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