Con coraje milenario, Pablo plantea la explosiva tesis de que los no circuncisos que cumplían la Ley también eran judíos y abre las puertas con gran perturbación de radicales judaizantes y judeocristianos, sacudidos por decisión heterodoxa y divergente…

Un hervidero económico, étnico, político, cultural era Roma, la Nueva York del siglo I. En el fragor y la vitalidad esplendorosa de la urbe, pululaban cientos de credos de todos los rincones del imperio y pequeños grupúsculos fastidiaban a los paseantes con la inminente llegada del mesías, que cada secta simbolizaba distinto. “¡El mesías viene!”. Para el humor de Terry Gilliam, la rama de un árbol, una hoja, apero de labranza o roca, representaban la fe de cada una.

Abrumados como los demás, un puñado de judíos gritaban “¡el mesías vino!” y levantaban una cruz. Era el ambiente de aquella megalópolis de un millón de habitantes que sólo alcanza Londres en 1800. Y una pregunta pertinente: ¿cómo logró la cuadrilla de la cruz en tres siglos devenir timón espiritual del imperio y hasta hoy de Occidente? Bibliotecas de teología, historia, chismes, biografías, viviseccionan la Iglesia, pero no dan relieve a la política.
Weber, Sombart, Spengler, Schumpeter, Pijoan, Kautsky, la estudian desde muchos ángulos esenciales, pero no se plantean la pregunta. “El emperador se hizo cristiano” suele ser respuesta convencional, fenoménica, que no penetra en por qué y cómo pudo llegar a la habitación de Constantino. Relatan hechos, protagonistas, pero no el profundo viraje intelectual y estratégico que hombres de valor se jugaron, a contracorriente de los errores, para lograr aceptación masiva.
Libros y mentes brillantes
La Iglesia Católica, Apostólica, Romana, enraizada en la palabra de Jesús y epicentro de nuestra civilización, es la mayor hazaña política de occidente. El grupo de hombres conducido por uno excepcional Pablo, se arriesga a fondo, toma decisiones valientes y geniales para impedir que el mensaje de Cristo se apagara en el torrente humano. Lo llevó a lejanos rincones y lo encaminó a la cima del mundo. Un teólogo actual anotó que “…los mayores gigantes de la civilización, Jesús, Buda y Sócrates, no escribieron una página”.
Cristo era líder de masas, comunicador de poderosas y seductoras parábolas. Atraía torrentes que arredraban a los romanos y al Sanedrín, pese a predicar paz y amor a la humanidad. Saulo nació en Tarso (hoy Turquía) ciudad culturalmente griega. Fariseo ortodoxo de la diáspora, es doctor en la Torá, de alta jerarquía académica, que aprendió la Ley de Moisés con Gamaliel Ben Simón, de los rabinos más insignes. Como ser discípulo de Karl Popper, Bertrand Russel o Safransky Conocía el latín por ser ciudadano romano. Un hombre global.
Cazador implacable de judeocristianos, judíos que creían en Cristo, erudito, brillante polemista de pequeños grupos, ver a Cristo resurrecto lo transforma, dijo, de ciego en clarividente. Desgarrado, arrepentido de sus crímenes contra El, decide llamarse Pablo, pequeño, se va al desierto y más tarde a Damasco a predicar en las sinagogas a muchos judíos que creían en Jesús. Luego recorre quince mil km. a pie, en barco y mula, como quien dice de Nueva York a Pekín.
El nuevo modo de ser
Activista febril, un “cuadro”, también eminente pensador praxistico, descubrió por qué el “bloqueo” social a su gente, que frenaba la marcha de la fe. Su teoría para la acción trazó el nuevo perfil y moldeó la iglesia en el magma de una apasionada y creadora polémica entre judaizantes y judeocristianos. El mensaje de esas escuelas atraía, pero su manera de actuar rechazaba. Comprende y ataca la razón de ese rechazo.
La imagen de Jesús se universaliza con el Nuevo Testamento, cuyo canon lo decide Ireneo de Lyon en 177 (+ -) a ciento cuarenta y cuatro años de la crucifixión y ciento siete de la muerte de Pablo. Ireneo afirma que escogió los evangelios que se iluminaron entre doscientos que colocó sobre una mesa. De los 27 libros que integran el Nuevo Testamento, catorce son las Cartas de Pablo, y de sus ideas se elaboran tres de los cuatro que resplandecieron por el talento de su autor e inspirador. El cristianismo pasa a ser un corpus, no una trifulca.
Predica en las sinagogas y por eso se resiste a romper con el judaísmo, tronco de la naciente rama y público cautivo al que debía ganar para la fe en Jesús, mientras también daba entrada a los gentiles, la gente común. En Damasco lo busca Bernabé y salen en un largo viaje (39-42 d. C) También Timoteo, su amigo íntimo, a quien Pablo circuncida personalmente para evitar habladurías, viaja con él para enfrentar la rigidez judeocristiana que ahuyentaba a los gentiles En hechos cotidianos comprende un elemento clave que trasformó la historia.
Reto al destino
Observó que en las primeras filas de las sinagogas se sentaban judíos de tradición, y en las del centro, los llamados prosélitos de justicia, hijos de madre no judía. Cerca de la salida, los prosélitos de la puerta, denominados también temerosos de Dios. Estos eran gentiles que compartían los valores, la ley de Moisés. Se sentían atraídos, pero no se convertían por pánico a la dolorosa y peligrosísima circuncisión con piedras afiladas, que a menudo causaba infecciones y muertes.
Con coraje milenario, Pablo plantea la explosiva tesis de que los no circuncisos que cumplían la Ley también eran judíos y abre las puertas con gran perturbación de radicales judaizantes judeocristianos, sacudidos por decisión tan heterodoxa y divergente. Ante la gravedad del caso, las autoridades religiosas convocan el primer Concilio en Jerusalén (50) y lo conminan a presentarse. Allí Pablo y Bernabé explican: si no se revoluciona la relación con la gente común, seguirían siendo un pequeño grupo cerrado. Pablo no cede.
Santiago el Menor dramáticamente inclina la votación a favor de Pablo. Se relaja la Ley de Moisés y comienza la de Jesús y el cristianismo, aunque solo a fines del siglo II se consuma el deslinde. El politeísmo romano contaba sugerentes leyendas de diosas demasiado humanas. Por supuesto, la apertura paulista no trae nuevas deidades, pero si santas (y santos), el culto a la Virgen, necesarios componentes femeninos, y la Santísima Trinidad. El feroz e innombrable Javhée, ojo aterrador del universo, da paso al Corazón de Jesús, al Cordero que se sometió al horror para salvarnos. El camino conducía a Roma.
EL UNIVERSAL

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