El equipo de Luis Enrique, con cuatro debutantes, entre ellos Ansu Fati, termina empatando en el añadido con un gol de Gayá

España está verde. Muy verde. Recitar su alineación en el final del partido (Óscar Rodríguez, Ansu Fati, Ferrán Torres, Mikel Merino, Pau Torres…) remite a una revolución en marcha, pero hasta las revoluciones, vertiginosas por definición, necesitan un mínimo de tiempo. Y la de Luis Enrique acaba de empezar. El gol de Gayá, producto del coraje y de un empujón final con más sudor que fútbol, da para matizar el análisis, pues empatar con Alemania, un señor equipo, en su casa, es un buen resultado, pero más allá del resultado, la noche de Stuttgart deja en el ambiente una sensación muy real: que España, esta España, todavía no está para competir con los mejores equipos del mundo. No es uno de ellos. Aunque lo pueda llegar a ser.

Pocas cosas definen a Luis Enrique como su capacidad para modificar sus propias opiniones. En el último partido del asturiano en el banquillo (frente a Noruega en Mestalla, el 23 marzo de 2019) Jesús Navas fue el lateral derecho titular, y aunque entre otras cosas lo fue porque Carvajal estaba lesionado, su buena actuación esa noche generó incertidumbre en un lugar del campo que parecía tener dueño fijo en el madridista. Pues bien, con Carvajal sin competir desde hace un mes y con Navas en racha ganando una final europea el día 22, el lateral derecho fue para el jugador blanco y al sevillista lo colocó como extremo en su clásico, eso sí es innegociable de momento, sistema 4-3-3.

Navas duró tres cuartos de hora en el campo dejando su sitio a Ansu Fati, un chico llamado a hacer historia y que se puso a ello siendo el segundo más joven en debutar con España. Pero lo de Navas fue una de las pinceladas llamativas que dejó Lucho en su regreso, casi año y medio después. ¿Otras? Pues por ejemplo la renovación de su apuesta por David de Gea. El portero del Manchester United está siempre bajo el foco, pero el técnico asturiano considera que es el mejor y le volvió a poner en el sitio que Robert Moreno le quitó (para poner a Kepa). Por cierto, fue dueño de una noche estupenda y fue quien mantuvo vivo al equipo durante toda la noche. ¿Más pinceladas? Pues la de poner a Pau Torres, el central del Villarreal, en su perfil natural, desplazando a Ramos al perfil donde menos le gusta jugar, el derecho. ¿Alguna cosa más? Sí, la insistencia del técnico en Busquets, de nuevo difuminado en el ritmo al que juegan la mayoría de los rivales hasta que, tras el 1-0, dejó su sitio a otro debutante, Mikel Merino. El mediocentro del Barça, junto a Ramos, sube la media de edad de una selección que, de momento, conviene insistir, está muy verde.

ZARPAZO DE WERNER Y BARULLO FINAL

Alemania, con algunas ausencias importantes, tiene el mismo seleccionador desde hace 14 años, por un lado, y un montón de buenos jugadores, por otro. Con tres centrales, dos laterales muy abiertos, Kroos Gündogan a los mandos y el vértigo de DraxlerSané Werner, dio la impresión de estar muy por encima de España. Más seguro en sus acciones, más fiable en su idea, la selección de Löw tardó una parte en demostrar esa superioridad, pero al final lo hizo. Durante el primer tiempo la cosa anduvo más o menos igualada, aunque siempre con esa sensación de estar por debajo del rival. Un par de buenas manos de De Gea dejaron el marcador como estaba, pues las otras manos, las de Trapp, no hizo falta que apareciesen.

Nada más volver de la caseta, de descansar, sin tiempo para ver el asentamiento de Ansu Fati, Timo Werner culminó, ya sí, otra jugada a tres toques de Alemania, que toca cuando tiene que tocar, pero sobre todo corre cuando tiene que correr. Ya con el marcador a favor, los alemanes dieron un pasito atrás buscando arroparse un poquito. Fue algo deliberado, le dejó la pelota a España, que hizo lo que pudo con ella. Sin mecanismos asimilados, sin engranajes a los que agarrarse, la selección manoseó el balón y hasta dispuso de alguna opción, como un disparo de Rodrigo y otro de Thiago, que por fin se pareció al del Bayern.

Sin embargo, daban más sensación de peligro los robos de los alemanes que todos los pases, mayoritariamente horizontales, de los españoles. Luis Enrique, entre tanto, seguía haciendo debutar a gente, acaso buscando ver si la inspiración de lo desconocido permitía remontar el partido. Nada. Sin un sólo jugador capaz de romper una línea, fuera con un pase, fuera con un regate, España, eso sí, no bajó los brazos y, por las bravas, con esfuerzo y balones al área, logró el empate en un barullo final. Ese acierto gana tiempo para la revolución. Que está en marcha, sí. Pero está verde, también.

EL MUNDO DE ESPAÑA

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