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La sombra de Hitler, por Mercedes Malavé

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Después de tanto dolor, resulta imposible que las proyecciones no se vean afectadas por la sombra del horror del siglo XX. Las reacciones de Europa, sobre todo Alemania, a la amenaza de Putin –más allá de la propaganda, que todo lo abarca– demuestran por una parte intenciones de asfixiar económicamente a una potencia bélica y nuclear, pero también manifiestan el terror de enviar seres humanos a una guerra que nadie sabe cómo va a terminar. Solo abundan, insisto, proyecciones asombradas por lo vivido en el siglo XX.

La situación de Venezuela es dramática porque los oráculos se han ido cumpliendo cabalmente. Ante la pregunta sobre qué le esperaba a Venezuela si ganaba Hugo Chávez, el expresidente Carlos Andrés Pérez pronosticó un «llegar hasta lo más bajo, trepidar en el fondo»: «Si gana Chávez, se avizora una dictadura y nosotros sabemos lo que es una dictadura. Aquí no habrá ley, derechos de expresión, las cárceles se abrirán para quienes no estén de acuerdo con ese Gobierno, no se le permitirá a nadie disentir y todos los problemas se harán más graves aún». Y el otro líder nacional de entonces, Eduardo Fernández predecía la ola de insurrecciones, golpes militares, llamados de invasión, violencia y confrontación estéril en sus palabras “los problemas de Venezuela se resuelven con votos y no con balas”.

Lo cierto es que nuestra nación peligra como siempre, esto es, como nunca. Desde el año 2015, Estados Unidos decidió incluir a Venezuela entre las amenazas inusuales a la seguridad norteamericana y, hasta nuestros días, una serie de medidas han sancionado y bloqueado las relaciones económicas públicas y privadas de nuestro país. Todo esto en medio de una caída abrupta de los precios del petróleo, de la producción nacional, del producto interno y un deterioro sin precedentes de la red de servicios públicos por corrupción, falta de mantenimiento y medidas económicas equivocadas adoptadas, con mayor énfasis, a partir del último boom petrolero.

La vulnerabilidad económica y social obligó al gobierno nacional a tomar medidas económicas contrarias a su naturaleza y a sus capacidades; de ahí las enormes contradicciones y dificultades para implementarlas. Los economistas hablan de una serie de cambios orientados hacia la liberalización de los sistemas de producción e importación; ajustes económicos y fiscales de gran magnitud para reducir el gasto público y acabar con la hiperinflación, cabe decir, sin financiamiento extranjero multilateral; y otorgar una serie de garantías y beneficios para atraer inversiones nacionales e internacionales, públicas y privadas, de la mano de una progresiva recuperación de la industria petrolera que también llegó a su mínimo histórico en producción de barriles diarios.

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La recuperación económica y social constituye una prioridad incuestionable. Ningún venezolano, por más diversas que sean sus posturas ideológicas y políticas, puede despreciar la urgencia de recuperar la calidad de vida de sus conciudadanos, el salario de los trabajadores, el retiro digno de jubilados y pensionados, el salario de maestros y profesores, unido a la recuperación de todo nuestro sistema de servicios públicos y asistencia social.

Por el contrario, quienes desprecian la necesaria recuperación socioeconómica de Venezuela demuestran su incapacidad para guiar los destinos de la nación.

Como dijimos, vivimos una tensión bélica que implementa sanciones económicas como mecanismos de disuasión nuclear y militar. Venezuela debería mantenerse al margen del conflicto geopolítico, no sólo para defender su seguridad territorial sino también para evitar que una nueva ola de sanciones y bloqueos recaigan sobre nuestra economía. No se trata de ignorar la situación mundial, tampoco de desconocer la influencia externa en una situación de polarización mundial. Se trata de impulsar la voz de los venezolanos así como los ucranianos elevaron la suya. No he visto a ningún líder de Ucrania hablando por la UE ni por EEUU. Hablan por los ucranianos. Aquí hace tiempo que eso ha dejado de ocurrir. Conviene ser tan categóricos condenando la invasión de Putin, como defendiendo la soberanía de Venezuela y la solución interna del conflicto político. Son las dos caras de la misma moneda.

Venezuela, el mundo, necesita de buenas acciones políticas y buenos actuantes en el más profundo y moral sentido de la bondad. Buenas acciones que quedan grabadas en el corazón universal de la humanidad. Todo lo demás pasa, diría Amado Nervo, “como las naves, como las nubes, como las sombras”.

Mercedes Malavé es político. Doctora en Comunicación Institucional (UCAB/PUSC) y profesora en la UMA.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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