Son muchas las veces durante el largo calvario al cual ha sido sometido el pueblo venezolano que los analistas afirmaron que nuestro país atravesaba una «tormenta perfecta», una conjunción de males que no pueden ser mayores. Pasado el tiempo, la dura realidad nos va convenciendo de que estamos lejos del tope y las situaciones por venir pueden ser inmensamente más catastróficas.

Nadie pudo imaginar que viviríamos esta mezcla de «período especial» cubano con pandemia y mucho menos con trabajadores de un salario mínimo nacional, por decir un dato de una realidad infinitamente martirizante, 87 veces menor que los habitantes de aquel «mar de la felicidad» al que Chávez ofreció llevar a Venezuela. Y dicen que todavía tiene popularidad.

La supuesta «tormenta perfecta» resulta inacabada, muta y «se perfecciona» a cada instante, alcanza picos insospechados, tétricos, espantosos, cada vez más lacerantes y no da signos de amainar.

No hay prácticamente ningún campo de la vida nacional en el que el ciudadano común pueda encontrar un espacio, un mínimo recodo ni bálsamo para apaciguar el inmenso dolor que se siente por la patria destruida y por el futuro que se le está tronchando a las futuras generaciones.

 

 

Esta semana, a la luz del nuevo in crescendo que ha tomado la pandemia —prácticamente fuera de control si es que alguna vez lo tuvo entre nosotros—, estamos en uno de esos picos donde todo se vuelve incertidumbre. Nueve médicos murieron en cuestión de horas en distintos estados, nueve profesionales abnegados que se habían entregado al combate de la epidemia en un país donde la infraestructura hospitalaria está devastada y la mayoría trabaja por unos escasos dólares al mes.

Allí están en las redes con sus fotos y sus nombres: Aida Lara, ginecobstetra; Yelitza Castillo, internista-infectólogo; José Luis García Sainz, urólogo; Leonardo Ramírez, oftalmólogo; Dilcia Gudiño, foniatra; Luis Monserrat cirujano plástico; Gonzalo Fadul; Sergio Gudiño y el investigador Mario Sánchez Borges, alergólogo-inmunólogo, quien fuera presidente de la Organización Mundial de Alergias.

El boletín de la Academia Nacional de Medicina recogía para el pasado 17 de marzo 354 muertes en el personal de salud, de ellos 259 médicos, 62 enfermeras y otros 33 trabajadores del sector, lo que representaría el 25 % del total de muertes que admite el régimen. Solo en el Zulia han fallecido 78 médicos por covid-19.

Tratando de ver hacia el futuro uno no acierta a imaginar cómo tantos valiosos profesionales de la medicina fallecidos —a los que hay que agregar los arrojados por la diáspora de neto origen revolucionario— van a ser reemplazados, en un país de infraestructura universitaria devastada, con presupuestos reiteradamente exiguos por vil decisión de la cúpula dictatorial y con el personal docente en condiciones de miseria o simplemente ido hacia otras latitudes.

Es en medio de este escenario nacional de horror y zozobra indescriptibles, de presente destruido y de futuro dinamitado, de pandemia desatada donde el régimen de Nicolás Maduro ha anunciado que no aceptará la compra de 12 millones de dosis de vacunas que se adquirirían mediante la liberación de $12 millones, como primer pago, por la administración de Juan Guaidó, que reconocen tanto Europa como los Estados Unidos.

El pretexto ha sido los casos de secuelas, ínfimos por lo demás, presentados en inoculados con la vacuna AztraZeneca, por lo demás ya aclarados por la ciencia. Pero ha podido ser otro, desde el color de la etiqueta hasta la forma del envase. Ellos se asumen infalibles e invencibles. La celeridad que la extrema urgencia impone es postergada por un interminable ajuste de cuentas, mientras los venezolanos viven en desamparo y la más incierta cotidianidad, en la desesperación perpetua. La tormenta revolucionaria es sinónimo de genocidio.

Gregorio Salazar es Periodista. Exsecretario general del SNTP.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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