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La tragedia de la clase media venezolana, por Griselda Reyes

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Los venezolanos despertamos esta semana con una noticia pavorosa: dos profesores universitarios fueron rescatados por los bomberos de la Universidad de los Andes (ULA), tras denuncias de vecinos que escucharon la petición de auxilio que salía de uno de los apartamentos del edificio Los Sauces, en el Paseo de la Feria, en Mérida.

Pocos daban crédito a lo que sus ojos veían. El cuerpo inerte, sin vida, de Isbelia Hernández, yacía al lado de su esposo Pedro Salinas, hallado en preocupantes condiciones de salud y con un pronóstico reservado por su avanzado estado de desnutrición y deshidratación.

En Venezuela, aquel país que una vez fue próspero y pujante, hoy muere gente de inanición. Y aunque no es la primera vez que las redes sociales y los medios de comunicación tradicionales se hacen eco de una situación que denota el talante perverso de quienes, estando en el poder, ignoran la situación socio-económica que viven millones de venezolanos que no tienen recursos para satisfacer sus necesidades más básicas, la conmoción es mayor cuando descubres que en este caso, ambos son profesionales y además docentes universitarios con currículos que muchos desearían tener.

¿Cómo una pareja de profesores universitarios pudo caer en un severo estado de desnutrición? Isbelia era bioanalista, abogada y profesora jubilada de la Facultad de Medicina de la ULA en Mérida. Mientras que su esposo es ingeniero agrónomo, investigador, con máster en ciencias, doctorado en filosofía y también profesor titular de la Facultad de Ciencias Forestales y Ambientales y de la Facultad de Medicina de la misma casa de estudios.

Miles de preguntas vienen a la cabeza, pero todas tienen una respuesta en común: los responsables de esta crisis llevan 23 años en el poder, y en ese lapso lo único que han sabido hacer es repartir miseria y muerte, hambre y necesidad, desesperanzada y derrota entre los venezolanos.

Este cuadro dantesco que vimos en Mérida es el vivo reflejo de lo que afronta lo que queda de nuestra clase media. Hasta hace poco pujante, hoy se encuentra en un gran limbo de pobreza producto de la profunda desigualdad social generalizada en el país como consecuencia de las erradas, por no decir premeditadas, políticas económicas impuestas por quienes detentan el poder.

La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) que anualmente llevan a cabo tres prestigiosas universidades venezolanas, reveló en su estudio más reciente que año tras año aumenta de manera aterradora la pobreza extrema en Venezuela. 76,6% de la población de nuestro país vive con menos de 1,2 dólares al día. Me pregunto: ¿Quién duda de estos números?

La situación que atraviesan los docentes, los jubilados y pensionados del país es simplemente dramática. Hay un problema social muy complejo y profundo que los gobernantes no quieren ver, o prefieren ignorar, haciendo creer al mundo que en Venezuela hay un repunte económico y un crecimiento que no es tal.

Esa realidad la recojo a diario en el sector salud, en el cual me he desempeñado por años. Pacientes que no tienen recursos siquiera para trasladarse a un hospital y mucho menos para financiar los exámenes y tratamientos que deben cumplir.

Pero además, en el trabajo social de calle que hago la situación es mucho peor. Vecinos de urbanizaciones de la otrora clase media, hoy no tienen ni con qué hacer un mercado. Ni pensar en atender otro tipo de gastos como ropa, mantenimiento de vehículos, educación, distracciones o recreaciones. Es más, muchísimos no cuentan con el dinero necesario para hacerle frente a los onerosos gastos de condominio, hoy dolarizados.

Sé que son millones de venezolanos los que a diario enfrentan situaciones similares, profundizadas por la pandemia de covid-19 y por la migración que ha dejado a tantos padres y abuelos en una situación de precariedad indecible. Y es que, lastimosamente, muchos hijos, nietos, hermanos, tíos, no pueden enviar remesas a sus familias porque sencillamente también están sobreviviendo en países totalmente distintos al nuestro.

Otro caso que viene a mi memoria es el de los hermanos Silvia y Rafael Sandoval, ambos septuagenarios, cuyos cadáveres en avanzado estado de descomposición, fueron encontrados en su residencia en Puente Hierro, en Caracas, hace poco más de un año. Murieron de hambre. Y a diario me llegan cuadros, menos complicados, de personas enfermas y desnutridas provenientes de los municipios Chacao, Baruta y El Hatillo.

No podemos normalizar que los venezolanos coman por la caridad de vecinos, por gestiones de la empresa privada o por el trabajo de organizaciones no gubernamentales de asistencia humanitaria. Es obligación del Estado venezolano proveer a su población las herramientas para su formación; para que puedan trabajar y devengar salarios dignos, que tengan poder adquisitivo; que les permita cubrir todas sus necesidades básicas; que puedan acceder a salud y educación, a recreación y esparcimiento.

Venezuela no puede seguir siendo un compendio de estadísticas negativas. Hay que revertir e

sta realidad de ver a hombres y mujeres honestos que dieron toda su vida al servicio del país recibiendo míseras pensiones y bonos que no rebasan los $10. Venezuela duele en el alma. Nuestros adultos mayores, jubilados y pensionados no deben seguir siendo las víctimas silentes de una dolarización de facto y desordenada como la que vivimos.

Quienes están aferrados no tienen excusas para actuar. Según ellos, lograron la estabilidad política nacional. Entonces es hora que prioricen la agenda social y económica con políticas serias, coherentes. Ni lavan ni prestan la batea.

Ningún ciudadano merece seguir naufragando en medio de este mar de pobreza. Estamos a la par de naciones devastadas como Haití y los países más pobres de África.

La improvisación no puede seguir siendo deporte olímpico en el Ejecutivo. Hay una verdad del tamaño de un templo: ni el salario mínimo, y mucho menos los fulanos bonos gubernamentales, alcanzan para comprar un kilo de queso o algo de carne. Ni hablar de las medicinas. Hay que sincerar, de una vez por todas, el tema macroeconómico. Venezuela ni se está arreglando ni se arreglará mientras haya educadores, enfermeras u obreros muriendo de desnutrición en sus casas.

Queremos que este espacio deje de ser una línea de tiempo de tragedias por la negligencia, la omisión, la desatención de un gobierno que ha demostrado lo peor del ser humano. Lo he dicho, lo digo y lo diré siempre: Venezuela merece más.

griseldareyes@gmail.com

www.griseldareyes.com

Grisela Reyes es empresaria. Miembro verificado de Mujeres Líderes de las Américas.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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