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La tragedia venezolana. Migrar para sobrevivir, por Marianella Herrera-Cuenca

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Mucha gente se pregunta por qué la gente migra, asume riesgos impensables y por qué los venezolanos continuamos en un éxodo que parece no tener fin. Veamos algunas cifras, además de la terrible que ha reportado la Organización de Naciones Unidas al hacer pública la cifra de 7 millones de venezolanos fuera del país: según el Servicio de Migración de Panamá, en la primera mitad de 2022 han entrado al país unas 48,430 personas por la riesgosa vía de la selva del Darién, y de ellos el 15% son niños y adolescentes, pero además se reporta que el 58% de este número son venezolanos, a pesar de que se han registrado unas 50 nacionalidades.

En días pasados, tuve la oportunidad de conversar muy de cerca con personas que, desesperadas en la búsqueda de oportunidades y en circunstancias, tomaron la decisión de salir de Venezuela para atravesar quizás aún más penurias que las que enfrentaban en su tierra natal. Personas diversas: hombres, mujeres, niños, personas LGTBIQ, incluso adultos mayores, que atravesaron selvas, ríos, montañas, se encontraron con la muerte cara a cara al ver una cantidad importante de cadáveres en el camino, sortearon las dificultades al caer en manos de bandas de tráfico de personas, quienes aprovechándose de la vulnerabilidad de estos migrantes desprotegidos, hacen de las suyas y en total abuso de poder roban, violan, despojan de su dignidad a quienes en un acto quizás de gran ingenuidad y con la valentía del que no sabe lo que viene, han decidido dejarlo todo con tal de salir del lugar que los vio nacer, pero que los agobia en sus necesidades insatisfechas y los acorrala sin poder avanzar, frustrando la esperanza de un futuro mejor.

Las historias conmueven: madres que refieren pasos por peligrosos parajes selváticos en medio de ríos crecidos, con pérdida total de sus escasas pertenencias llegando a cuasi perder a sus niños por hipotermia. Mujeres que son violadas por gente inescrupulosa en la cadena de países que deben atravesar, refieren que no pueden pensar en otra cosa, sino que “si hubiesen sabido lo que les iba a pasar” no hubiesen salido del país. Gente que perdió a un familiar en el camino y tuvo que dejar el cadáver por miedo a morir también. Adolescentes que atraviesan el paso hacia la madurez en un túnel de varios meses, donde el que entra no es el mismo que sale. Es la inocencia perdida en la selva, en el tránsito a lo que no necesariamente será mejor, pero que una vez alcanzado indica las responsabilidades por asumir en el nuevo contexto.

Un contexto distinto, por supuesto con mayor estructura, pero que dependiendo del lugar de asentamiento será más acogedor que el otro, con más posibilidades a futuro que otros. ¿Pero a donde quieren llegar los venezolanos? Y como en el camino, los venezolanos se cruzan con mexicanos, hondureños, nicaragüenses, guatemaltecos, colombianos y muchos más uno vuelve a preguntarse ¿a dónde quieren llegar todos? Pues a Estados Unidos, responde una de las madres que he conocido para entender de cerca lo que ella ha pasado y por donde ha pasado.

Y me vuelvo a preguntar ¿caben todos en los Estados Unidos de América, caben todos los venezolanos, los mexicanos, hondureños, nicaragüenses y muchos más allí? ¿Caben todos en Europa? Las decisiones de migrar muchas veces se toman desde la reactividad de la desesperación, sin medir los riesgos y no tengo como juzgar, no me toca, no soy una juez. No tengo todas las respuestas que quisiera tener.

Se que hay un hermoso país, con esperanzas y futuro roto, sé que hay un país con niños con sonrisas quebradas, sé que hay niños con madres amorosas que quieren lo mejor para ellos, pero también sé que las oportunidades no abundan, que los sueños quedan atrapados en un laberinto de necesidades y que el día a día agobia entre la falta de alimentos, medicinas, agua, luz y gas. Pero también se han perdido vidas dentro y fuera de Venezuela y es difícil saber que hacer refiere una madre.

Y al final quedan tantas interrogantes sin respuestas. Y es que la tragedia es global. Será que es más cómodo no hablar de esos migrantes venezolanos, hondureños, nicaragüenses, guatemaltecos, cubanos, africanos y ahora ucranianos y rusos que ven como una salida el dejar su lugar de origen – se comprende – y cambiarlo todo por un mundo distinto, adaptarse, perderse en el camino, llegar y buscar otra vida e ir cargando con el dilema de ser de donde eres o de donde te reciban.

La redistribución de la población en el mundo necesita un dialogo, el efecto de las migraciones globales merece que entendamos que lo que sucede “aquí”, impacta a lo que sucede “allá” y que los lideres y las instituciones busquen armonizar las soluciones en el marco del respeto de los derechos humanos para todos, incluyendo el asumir que el primer derecho que tenemos es vivir en paz, con seguridad, con alegría de vivir en el hogar que tengamos.

Marianella Herrera Cuenca es Médico, Profesora UCV-CENDES-F Bengoa

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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