La actual crisis es una oportunidad generacional para crear economías y sociedades más inclusivas y sin conflictos. Central debe ser el esfuerzo por desmilitarizar nuestro mundo, con un alto el fuego global y una completa reevaluación de cómo asignamos los recursos

PHUMZILE MLAMBO-NGCUKA

FOTO..Una mujer pasa junto a su hijo ante un cartel sobre el proceso de paz en el departamento de Cauca, Colombia.LUIS ROBAYO (AFP)

Durante la pandemia de la covid-19, la vida pública se ha llegado a paralizar en la mayor parte del mundo. Sin embargo, para los dos mil millones de personas que habitan países afectados por conflictos, no ha habido ninguna pausa en la violencia y la agitación. Durante la crisis, algunos de estos conflictos se han reavivado o han empeorado, con devastadoras consecuencias para la infraestructura y los sistemas de salud que apenas se estaban comenzando a reconstruir. En todo el planeta, tendemos a invertir muchísimo más en herramientas para la guerra que a construir los cimientos de la paz.

Por supuesto, hay gente que trabaja por la paz. El 23 de marzo, mientras recién comenzaba la pandemia, el Secretario General de las Naciones Unidas António Guterres llamó a un alto el fuego mundial para que los países se pudieran centrar en la crisis sanitaria y se lograra llegar a poblaciones vulnerables. Más de 100 organizaciones de mujeres de Irak, Palestina, Siria y Yemen se sumaron rápidamente al llamamiento con una declaración conjunta que pedía una tregua amplia por la pandemia, que a su vez pudiera sentar las bases de una paz duradera.

No debería sorprender el que las mujeres fueran de las primeras en apoyarlo. La semana pasada, gobiernos y sociedad civil se reunieron para conmemorar los 20 años transcurridos desde que la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU reconociera el papel crucial de las mujeres al frente de iniciativas de paz.

Son las mujeres adultas, y también las jóvenes, quienes realizan gran parte del fatigoso y largo trabajo que sostiene los acuerdos formales de alto perfil, a menudo alcanzados en conversaciones que las excluyen. En Siria, por ejemplo, las mujeres han negociado el cese temporal de hostilidades para permitir el paso de ayuda humanitaria; las hay que han trabajado en escuelas y hospitales de campaña, y las que han documentado violaciones a los derechos humanos. En Sudán del Sur, las mujeres han mediado y resuelto disputas tribales para evitar que los conflictos se volvieran abiertamente violentos.

Ellas son también las que impulsan el trabajo fundamental de implementar campañas por la paz, lo que incluye programas educacionales que enseñan a los jóvenes que los conflictos nunca son inevitables. Las organizaciones feministas han llamado desde hace mucho al desarme nuclear, al control del armamento y a la reasignación de fondos desde las fuerzas armadas hacia inversiones en el ámbito social.

Son llamamientos esenciales que todavía no tienen respuesta. Tampoco la tuvo el de la ONU a un alto el fuego: según el Consejo Noruego de Refugiados, en los dos meses siguientes, los conflictos armados en 19 países desplazaron al menos a 661.000 personas. La devastación seguirá, a menos que escuchemos a las mujeres y traspasemos nuestras inversiones desde la guerra hacia la paz.

Desde marzo, los conflictos armados en 19 países desplazaron al menos a 661.000 personas. La devastación seguirá, a menos que escuchemos a las mujeres y traspasemos nuestras inversiones desde la guerra hacia la paz

El año pasado, el gasto militar global llegó a los 1,9 billones de dólares (1,55 mil millones de euros), el mayor aumento anual en una década. En los últimos 25 años, desde que la notable Declaración y Plataforma de Acción de Beijing llamara a los Gobiernos a “reconocer y enfrentar los peligros del conflicto armado para la sociedad y el efecto negativo del exceso de costes militares”, el gasto de defensa se ha duplicado.

Más armas y soldados representan menos recursos para el 55% de la población global –incluidos cerca de dos tercios de los niños del mundo– que carecen de toda protección social y quedan expuestos a las brutales consecuencias sociales y económicas de la pandemia. El poderío militar no ayudará a los entre 83 y 132 millones de personas que la covid-19 añadió a la cifra global de desnutridos en 2020.

La activista y Premio Nobel de la Paz liberiana Leymah Gbowee lo ha expresado acertadamente: “La paz no es la ausencia de guerra, sino la plena expresión de la dignidad humana”. Es “un ambiente en el que se pueden satisfacer las necesidades humanas. Significa educación para nuestros niños, sistemas de sanidad que funcionan, un sistema judicial justo e imparcial, comida en la mesa de cada hogar, una comunidad de mujeres empoderadas, reconocidas, apreciadas y mucho más”.

No deberíamos destinar nuestro dinero a herramientas de destrucción, sino a un tipo de “paz feminista” que garantice todos los derechos básicos económicos y sociales, en una protección social amplia que asegure servicios vitales, como atención de salud, cuidados infantiles y educación. Se ha demostrado que el acceso a estos servicios reduce la desigualdad que subyace a los conflictos.

No deberíamos destinar nuestro dinero a herramientas de destrucción, sino a un tipo de “paz feminista” que garantice todos los derechos básicos económicos y sociales, en una protección social amplia que asegure servicios vitales, como atención de salud, cuidados infantiles y educación

La pandemia ha subrayado la importancia crítica de otros servicios. Por ejemplo, ha aumentado muchísimo la demanda de refugios para las víctimas de violencia de género durante los confinamientos, y se necesitan más recursos para satisfacerla. Además, los gobiernos deberían asegurarse de contar con niveles adecuados de insumos de protección personal y médica, que a menudo se han agotado durante la crisis sanitaria, incluso en los países más ricos.

La paz feminista también significa que se escuchen todas las voces, con la inclusión plena de todos los grupos en la toma de las decisiones que los afecten. Aquí las organizaciones de mujeres tienen un papel vital que cumplir, ayudando a mujeres y otros grupos marginados a obtener acceso a los espacios de toma de decisiones y dotarles de los recursos y la confianza para participar en ellos.

Sin embargo, otra vez se necesitan más recursos. La ayuda bilateral a las organizaciones de mujeres en países frágiles o afectados por conflictos promedió 96 millones de dólares al año en 2017/18, apenas un 0,005% del gasto militar global.

A pesar de la devastación que ha causado, la actual crisis también representa una oportunidad generacional para ir dando forma a economías y sociedades más inclusivas, libres del azote de los conflictos violentos. Un lugar central en esta visión debe ser un esfuerzo concertado por desmilitarizar nuestro mundo y desarrollar una paz feminista, partiendo con un alto el fuego global y prosiguiendo por una completa reevaluación de cómo asignamos nuestros recursos.

Phumzile Mlambo-Ngcuka es Directora Ejecutiva de ONU Mujeres.

EL PAIS DE ESPAÑA

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