En la primera línea del segundo de los nueve ensayos que integran el libro El alma común de la Américas, el maestro José Manuel Briceño Guerrero, dice:  «El lenguaje ejerce un poderoso  influjo sobre el pensamiento».

Parece ratificarlo el vigor con el que hablan contra sí mismas las distintas fracciones de nuestra oposición y el encono con el se dispersan sus partes. Se puede intuir que el fracaso es el big bang de esta realidad.

La caótica separación opositora está llegando al límite en el cual el abismo nos impele a lanzarnos hasta su fondo o dejar de mirarlo. La división es la derrota definitiva de una oposición cuya eficacia conjunta tiende a cero.

Si nos mantenemos —hundidos y estúpidamente complacidos— en nuestras diferencias jamás saldremos del hoyo.

Cuesta abajo en la rodada tardaremos en comprender que, separados, tendemos a operar como soportes de la perpetuación del régimen. Podemos ignorarlo, pero la simple reyerta sobre por qué denominar régimen a lo que debemos designar como dictadura, mostrará una evidencia de nuestra genética predisposición a evitar estar unidos.

Tenemos años despreciando la unidad, habilitando argumentos para enfrentar a los que quieren votar con los que quieren elegir; a los que dicen luchar contra la dictadura con los que dicen luchar contra la autocracia; a los que colaboran con Maduro por acción con los que lo ayudan a obtener victorias por omisión. En fin, demócratas puros contra impuros, reduciendo a juicios morales una contienda que se basa en la relación de fuerzas.

Es imposible continuar lacerando la unidad.

La comunidad internacional nos manda a parar este debilitamiento y pide que nos concentremos en negociar con Maduro una transición. Nos llaman a generar la presión interna necesaria para acordar una elección presidencial libre, justa y cuyos resultados sean verificables. Es obvio que no podemos repetir el error estratégico de comenzar por el final, sencillamente porque la parte que tiene la sartén por el mango no lo aceptaría.

Hay que bajar la lucha por la palabra condiciones de su pedestal abstracto, desmenuzar de qué se trata y aplicar abiertamente el regreso al voto.  Buscar las mayores garantías posibles para el ejercicio de ese derecho es la circunstancia indispensable para que haya acuerdo. Las condiciones no pueden ser enarboladas como un pretexto para decir después que no, o como me dijera una vez Henry Ramos en su oficina del CEN de AD: elaborarse como una lista de mercado.

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Hay dos clases de condiciones. Las que hay que negociar entre gobierno y oposición para participar en las elecciones de gobernadores y alcaldes, en cuyo resultado es decisivo lo que al régimen le convenga ceder; y las que hay que negociar entre las fracciones de la oposición, para compartir objetivos, rehacer la credibilidad en el voto, fortalecer la conciencia democrática, reunir fuerzas y proponer soluciones a las crisis y problemas que están acabando con la gente.

Los dos primeros consensos internos son compartir la estrategia y lograr un mecanismo de dirección colectiva para ejecutarla eficazmente.

El tiempo obliga a resolver el dilema entre la política hablada como lo real maravilloso y la política como arte para abrir rutas viables para todos.

Hay tres condiciones inevitables: 1) Existencia de un árbitro confiable para todos, 2) Solución democrática a las decisiones judiciales sobre cambios de directiva y despojos de tarjetas en los partidos, 3) Observación imparcial, 4) Compromisos y facilitación internacional del proceso.

Es una propuesta de agenda para crear una mesa de decisiones en la que la oposición se siente junta a concertar con la representación del gobierno. ¿Qué dicen?

Simón García es analista político. Cofundador del MAS.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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