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Los cachorros de Putin, por Gregorio Salazar

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La historia siempre dejará espacio para el asombro, para la incredulidad, para apercibirse de que no se ha despertado de la pesadilla, sino dentro de ella para vivirla por un tiempo indefinido. Avasallados por ese desconcierto lo deben estar padeciendo los ciudadanos de Ucrania, millares de ellos hoy refugiados en fríos sótanos y en los túneles del metro de Kiev mientras su país agoniza humeante, aplastado por las tropas rusas de Vladimir Putin.

Apretujados, ateridos y hambrientos en las instalaciones subterráneas con sus bebés, sus ancianos y sus mascotas, rotas todas sus rutinas vitales y su visión del futuro los ucranianos saben que por heroicos que sean sus valerosos soldados no hay opción de triunfo frente a la gigantesca incursión militar lanzada por Rusia desde aire, mar y tierra. Su país está siendo inmolado, clamando en soledad, en el altar de los delirios nostálgicos de Vladimir Putin en los que se mezclan la antigua arrogancia del imperio zarista y el poderío mundial que sucumbió con la URSS.

La sangre fría con la que ha actuado Putin abre páginas de nuevas y crueles lecciones para la humanidad. ¿De modo que es posible hacerse socio económico de otros Estados, desarrollar conjuntamente proyectos de inversiones colosales para el bienestar de los ciudadanos de los países, tenerlos como mercado, usar su sistema financiero y un buen día amenazarlos con hacerlos “sufrir unas consecuencias como nunca las experimentó en su historia” sin osara interferir en sus planes abiertamente anexionistas?

¿Y cuáles son esas consecuencias que no ha experimentado un continente que en el siglo pasado atravesó dos guerras mundiales? Las que ocasionan obviamente las armas nucleares que, por paradójico que parezca, en esta especial coyuntura y frente a tan desafiante enemigo tienen para los otros gobiernos un efecto paralizante. La perspectiva de una masacre universal.

Con el mismo cálculo demencial con el que alardea de poder “sorprender gratamente” al mundo con sus armas hipersónicas, no le ha importado que la humanidad no haya superado los estragos de la pandemia, ni que su acción militar arrasará con los asomos de recuperación que experimentaba la economía mundial. Sabe que por devastadoras que sean las sanciones que aíslen y estremezcan los pilares de la economía rusa estas no se pondrán aplicar sin que tengan un efecto boomerang e incalculablemente pernicioso sobre quienes las apliquen.

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Imposible que el planeta y sus balances no confronte profundos cambios en los próximos años, que aparejado a los replanteos económicos no vengan también un rearme de Europa, sobre todo cuando no se sabe cuál será el nuevo antojo imperialista de Putin, cuál de los territorios de la vieja URSS recibirá un día el mismo trato vejatorio que Ucrania, acusado de no ser un estado genuino y de copiar esquemas ajenos e Intereses egoístas contrarios a sus pueblos.

Antes de su aventura hitleriana, un emisario de Putin vino a América Latina para reafirmar la presencia pro Rusa en este continente a través de Cuba, Nicaragua y Venezuela, sus incondicionales cachorros, los que por lo visto avalarían ciegamente cualquier atrocidad que lleve al mundo a un nuevo holocausto.

No se encontrará en ellos razonamiento ni consideración a los niveles de coherencia de México, que en la voz de su Canciller Marcelo Ebrard fijó la posición de su país diciendo que “por historia y tradición, por nuestra formación como nación tenemos que rechazar y condenar enérgicamente la invasión de un país como Ucrania de parte de una potencia como Rusia”.

Tras la condena de la gran mayoría de los gobiernos latinoamericanos, incluyendo los de izquierda, la aventura nazista del mando ruso también nos deja una radiografía de los enclaves que pretenden emular la autocracia de ese pretendido zar de nuevo cuño que es Vladimir Putin. Un importante contraste que la Venezuela que aspira vivir con los valores plenos de la democracia no puede perder de vista.

Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.

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