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Los compromisos y la democracia, por Américo Martín

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La aspiración de desarrollar un programa de gobierno de importante calado es legítima y comprensible pero la hegemonía de un partido, por muy popular que sea, por muy buenas que sean sus ejecutorias, puede restringir el alcance de la democracia y con ello incrementar los obstáculos interpuestos a una gestión eficiente.

La fuerza de la democracia reside en los compromisos contraídos en el marco del pluralismo. Es un singular rasgo íntimamente vinculado a los principios de la democracia pero también al éxito de los gobiernos no autocráticos. Un partido eternizado en el poder por la voluntad de los electores se hace víctima propicia de los factores de corrupción. Y adicionalmente levanta resistencias muy poderosas al logro de sus propias ofertas.

En cambio, un partido capaz de aprovechar las energías de las demás fuerzas al comprometerlas total o parcialmente en sus actividades de gobierno, puede mantener relaciones civilizadas y constructivas con todo el país, más allá de separaciones banderizas.

Leyendo España Invertebrada y La Rebelión de las Masas de Ortega y Gasset encontré una apropiada reflexión del gran pensador español. Esas obras fueron publicadas en fechas tan lejanas como 1921 y 1929 y siguientes. Están escritas en un tono muy pesimista. España se disgrega desde la periferia hacia el centro. Se expande la esperanza “salvacionista” en jefes militares victoriosos. Los políticos y sobre todo los parlamentarios, con sus eternas negociaciones, son mirados con desprecio si no burla. Levantándose sobre ese clima de negaciones, Ortega vierte opiniones hechas mías desde tiempos inmemoriales.

En su criterio la causa de la mala prensa de los políticos y los parlamentarios, en contraste con el prestigio de los jefes militares, se debe a su propensión a negociar acuerdos en nombre de los cuales se obligan a deponer parte de sus ofertas para salvar el avance unitario de los países. Los hegemones militares alientan en cambio el retroceso al intentar imponer su sola voluntad.

Era una época de guerras continuas y de generales galardonados. Cuando esos militares llegaban al poder no negociaban con nadie, imponían la totalidad de su pensamiento. Semejante abominación pasaba por “fidelidad a los principios”. En cambio los políticos en sus interminables intercambios podían entenderse con sus enemigos de ayer y arriar en consecuencia algunas de sus banderas tradicionales. Esa supuesta deserción pasaba por cobardía, falta de firmeza y oportunismo.

El problema es perfectamente lógico y claro. Querámoslo o no las sociedades son plurales, no idénticas a sí mismas Hay un océano de opiniones y un lago de teorías de gobierno. Así es la realidad, hostil en el fondo a quienes quieren dictar órdenes voluntariosas contra comunidades con el fin de “disciplinarlas” y someterlas.

El supremo objetivo de los partidos democráticos es desarrollar sus programas sin desarbolar a los demás, sin reducirlos al silencio, oyéndolos y aceptando sus aportes. No es dable ni justo gobernar para una secta homogénea. Obviamente, la gestión de gobierno deberá deponer algunas de sus ofertas para gobernar para todos.

¿Qué hacer entonces? ¿Aniquilar a quienes no piensan como uno para poner toda la carga a marchar sobre un riel de acero? O por el contrario entender la obligación de recibir y darle respuesta a la pluralidad de criterios, lo cual no puede lograrse sino mediante el diálogo y la negociación tan reprochados los políticos.

El diálogo por cierto se justifica más cuando se trata de adversarios o enemigos. En otras palabras: el diálogo no es un ornamento, no es una concesión graciosa; es parte esencial de la gobernabilidad, forma de eliminar peligros, manera de avanzar en lo posible con toda la sociedad y no contra ella.

La imposición de una sola corriente de pensamiento tiende en cierto momento a darle rango a la fuerza del militarismo, la autocracia o la dictadura; y en cambio las negociaciones aproximan democráticamente pensamientos, aprovechan las energías de muchos, todo lo cual permite hacer avances efectivos, así puedan no ser deslumbrantes.

Citando esta parte del pensamiento orteguiano, me he permitido recordar un archiprobado resultado: la humanidad debe mucho más a los acuerdos y compromisos políticos que a las hazañas de militares impacientes y hostiles al pluralismo.

La Historia es curiosa, graciosa y misteriosa. Los temas de la preocupación de Ortega desde los años 1920, del mundo en la Segunda Guerra Mundial y de Latinoamérica militarizada a lo largo de la década de los años 1950, desaparecieron drásticamente en los siguientes 40 años, al punto de ser evocados ocasionalmente como simples curiosidades sepultadas en un lejano pasado. Y sin embargo, para escándalo colectivo, reaparecieron con fuerza inesperada durante la primera década y varios años adicionales del nuevo milenio. Por desgracia en el nuevo milenio los milagrosos hallazgos de la revolución informática-comunicacional y de la navegación espacial parecen volver a convivir con las malas costumbres de nuestras antiguas autocracias militaristas.

Sin ideas claras ni conciencia demasiado despierta, impactado por el antimilitarismo y con una formación doméstica y vecinal contraria a las dictaduras, entraré a la década de los años 1950. Ni imaginaba cómo habría de afectarme. En los primeros de esos años seré arrastrado a la política, a la bronca política donde reinarán otra vez militares y autócratas.

No imaginé jamás las duras experiencias político-personales que me tocaría vivir. Tenía vagos prejuicios antipolíticos, combinados con la admiración por líderes históricos y por ambientes de creatividad y humor populares. Tomaré mis pasos iniciales por el oficio como un juego transitorio, una especie de pasantía o –dicho en términos beisboleros– como una “clínica” para ampliar mi formación cívica.

¡Ah! Si hubiera sabido lo que me esperaba…

Américo Martín es abogado y escritor.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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