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Los partidos y la banalización de la democracia interna, por Wilfredo Velásquez

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El desarrollo de las sociedades democráticas está inevitablemente ligados a la calidad de sus partidos políticos.

El objetivo de los partidos democrático es la conquista del poder mediante la utilización de los mecanismos electorales, por lo que internamente resulta imprescindible el empleo de las prácticas que contribuyan a la formación y el ejercicio democrático, en todos los ámbitos de desempeño del partido.

La democracia partidista, debe manifestarse en aspectos tan importantes como la definición de su doctrina y de los valores que rijan el desempeño de sus líderes y militancia, en su compendio estatutario, su caracterización política, en su modelo organizativo y funcional, en sus mecanismos administrativos, de toma de decisiones y de resolución de conflictos, en su forma de ocupación territorial, en la formación, desarrollo y evaluación de sus militancia, en sus mecanismos de captación y particularmente en la definición de su estructura jerárquica y la forma de ejercer y controlar la autoridad interna.

Los partidos por naturaleza son sujetos de derecho público sin fines de lucro, lo que implica el compromiso político, ideológico y vocacional de sus militantes, implica también cumplir con la responsabilidad social, exclusiva de los partidos, de nominar los mejores candidatos para ejercer funciones de gobierno.

Los partidos son los órganos de intermediación política para conformar la voluntad social, que mediante el voto decide los destinos del país.

Visto lo anterior, puede entenderse la importancia y el inmenso compromiso que tienen estas organizaciones políticas con el país y con la sociedad.

¿Pero cuáles son las características de los partidos que hacen vida política en la Venezuela actual?

¿Cómo es su desempeño y cual su compromiso real con el país?

El análisis de esta situación conduce a quien se atreva a explorarla, a un sitio de tormentas silenciosas, de tierras movedizas, a un terreno minado por las ambiciones personales, el caudillismo, el sectarismo, el carácter autocrático de los dirigentes, la volatilidad de las posturas ideológicas y en algunos casos, la desesperación económica.

La escasa democracia interna, parece ser la característica dominante de nuestros partidos, es frecuente encontrar en ellos, autoridades enquistadas en las direcciones que tienen un tiempo infinito ejerciendo el control autocrático, tanto que han llegado a convertirse en auténticas élites partidistas a las que la militancia se ha sometido dócilmente.

Las direcciones se han convertido en oligarquías partidistas, donde hasta sus familiares parecieran tener derecho al ejercicio arbitrario de la autoridad interna, algunos parecen parte del patrimonio conyugal de sus dirigentes.

Estas élites desvirtúan el sentido de los partidos, usufructúan los beneficios derivados de la actividad política, pervierten y corrompen sus organizaciones al dejar sin efecto los mecanismos de toma de decisiones y de control financiero, previstos en los estatutos, irrespetan la decisión del colectivo, tanto sobre las postulaciones a los cargos de dirección del partido, como a las nominaciones de los candidatos a los cargos políticos de elección popular.

Estas élites han devenido en dueños y señores de sus partidos, los han convertido en empresas particulares para sustentar su nivel de vida, que generalmente lucen ostentosos y sin recato alguno.

La situación de los partidos se ha pervertido de tal manera, que los tradicionales, que antes se dividían originando nuevas organizaciones, ahora, apoyados por los organismos electorales, se arrebatan, unos a otros la representación y los símbolos de los partidos, dejando a las mayorías sin representación y fuera de los mecanismos electorales.

Es como si el órgano electoral se hubiera convertido en un laboratorio de clonación de especímenes políticos, creados a la conveniencia del régimen.

Otros partidos solo existen en los archivos del CNE, son utilizados como franquicias que se venden, alquilan o se convierten en bienes de trueque por posiciones salidoras en las elecciones, es usual comprar unos de esos partidos, cambiarle la directiva, modificar los estatutos y después inscribir las candidaturas que deseen.

Son organizaciones que hibernan durante el periodo de gobierno, para despertar como preciadas mercancías en tiempos electorales.

El derecho a elegir y ser electo se ha venido eliminando en el seno de los partidos, es práctica común que los líderes designen arbitrariamente a los ocupantes de los cargos de dirección, según sus intereses y que las disidencias internas sean objeto de exclusión.

El ascenso interno dentro de esas organizaciones depende más de la cercanía a los dirigentes nacionales, que a las capacidades y al desempeño personal.

En cuanto a la doctrina de los partidos y los valores éticos de sus dirigentes, resultan absolutamente volubles. Lucen como organizaciones sin doctrina, dirigidas por líderes sin valores.

Los partidos pueden ser de doctrina socialistas, socialdemócratas, socialcristianos, verdes, ecológicos, laboristas, progresistas o de cualquier tendencia internacional, si estas tienen espacios para su representación en el país. Poco importa la doctrina que profesen los dueños de los partidos.

Buscan desesperadamente estas afiliaciones para conseguir financiamiento externo, los cuales sus dirigentes disponen libremente, sin que la militancia se entere, igual sucede con la distribución de los recursos en tiempos electorales, son enviados a las representaciones del interior, en su mayoría de carácter unipersonal, generalmente, no son aplicados en las campañas, cuestión que en muchos casos los organismos de disciplina interna, dejan pasar conscientemente, por la opacidad de los mecanismos de captación de dichos recursos.

Profundizar el análisis sobre el funcionamiento de los partidos en Venezuela, requiere tiempo y herramientas más efectivas que las utilizadas para un simple artículo de opinión, sin embargo, debo señalar que la corrección a estas distorsiones, que abarcan desde lo ético hasta el funcionamiento y el compromiso social de los partidos debe ser corregida, para poder enrumbar el país hacia una verdadera institucionalización.

Les corresponde a las direcciones medias de los partidos emprender la renovación de sus organizaciones, en todas sus áreas y especialmente en cuanto a la renovación de los liderazgos que lucen desgastados y sin rumbo, sostenidos solo por sus ambiciones personales.

Deben entender que las transgresiones patológicas de sus líderes a la democracia interna, los prepara para el ejercicio autocrático y corrupto de las funciones de gobierno.

Para quienes leemos entre líneas las lamentaciones progres, expresadas en las redes, creemos que el síndrome de Caldera permeó la personalidad de las nuevas dirigencias, prefieren destruir sus partidos que ejercer la democracia interna, tal como está sucediendo en Avanzada Progresista.

Verdugo no chilla.

Wilfredo Velásquez es poeta.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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